era
— Hay mucho viento.
— Y está nublado, pero es lindo este clima. En mi opinión.
— Aunque no hay gente por acá.
— Hay poca, por eso me gusta.
— ¿Te gusta la playa nublada, ventosa y sin gente?
— La adoro, me encanta. Tampoco muy ventosa, que me vuela el pelo, pero sin gente sí.
— ¿Por?
— Una playa vacía es un lugar de paz. Es un lugar que te hace sentir dueño, que te da la ilusión de existir sólo para vos, aunque en el fondo sepas que no es así. Además la gente me molesta, entonces su ausencia es un punto a favor.
— ¿Qué te molesta de la gente?
— Muchas cosas: Los perros. Los boludos que van con carpa y se quedan a vivir en la playa pero en realidad no salen más que para buscar agua para el mate; los que van de a veinte y se ocupan media playa; los niños que gritan, patalean y rompen los huevos; los que van a hacer facha a mostrar los músculos; las boludas que van de a 3 o 4 a mostrar el culo y después se van como si fueran divas; los padres de familia que van a mostrar la buzarda y quedar bien negros; las viejas que van a sentarse y están siempre en el medio del paso; los pelotudos que no pueden vivir sin hacer una improvisada canchita de tenis sobre la orilla que es donde más joden y donde más hace falta que el camino esté libre para pasar; los que hacen surf y te hacen mierda con la tabla si entrás al mar y tenés la desgracia de que una ola los haya volteado y los revolee en tu dirección; las promotoras que están para calentar a los hombres y no darles bola al tiempo que les venden algo; los vendedores; el heladero con pinta de roñoso que grita “palito, bombón heladoooo!”… En fin. La gente. Me dan asco. Todos y cada uno me molestan. Y podría ser más específico pero no le veo el sentido.
— Dale, te morís de ganas por serlo.
— Ok, tenés razón.
Me molesta su presencia, me molesta su repetitiva música caribeña o cumbianchera cuando esto no es el caribe sino una simple playa a la orilla de una ciudad metropolitana que de caribeña tiene poco y nada, me molesta la evidente falta de gusto que tienen para vestir, y por último me molestan sus sonidos y sus olores. Son una masa amorfa de borregos bronceados. Me repugnan y es a es la razón por la cual adoro una playa vacía o casi vacía, donde puedo ir con el iPod, escuchar lo que quiero, dónde quiero, cómo quiero. No tengo que tolerar los carprichos de los demás. Puedo estirarme sin chocar a nadie. Puedo ver el horizonte del mar fundido con el cielo mientras escucho una canción que ya tenía lista para la ocasión. Puedo echarme tranquilamente y mirar el cielo gracias al hecho de que las nubes cubren el Sol y el muy mierda no me da en la cara cuando miro para arriba. Es decir, tengo absoluto control sobre la experiencia. Eso es lo que me gusta. Y cuando tengo el placer de disfrutarlo exactamente como se me canta a mí, es hermoso.
— Bueno, bueno, pero si vas a una playa sin gente no vas a encontrar ninguna chica.
— ¿Y?
— Y… que te vas a quedar solo.
— Sí, bueh. Sobre eso tengo algo que decirte.
—¿Qué será?
— Lo más probable es que me quede solo de todas formas, así que a esta altura de mi vida ya no me guío por eso.
— ¿Qué altura de tu vida? ¡Tenés 20!
— Sí. 21 en 5 meses. ¿Pero quién lleva la cuenta? Quiero decir, ¿a quién le importa la edad?
— Sos muy joven para pensar así.
— Quizá lo sea. Pero tengo la cuasi-certeza de que nunca voy a encontrar a la mujer que quiero.
— ¿Cómo podrías saberlo?
— Usando la lógica.
— ¿Mmm?
— Todos sabemos que no soporto las matemáticas. A pesar de que me han resultado mínimamente interesantes en ciertos aspectos como la simetría y esas cosas de diseño. Pero eso no viene al caso. A lo que voy es que con un simple cálculo te puedo hacer ver que casi seguro nunca encontraré a la mujer que busco. O buscaba, bah.
— ¿Cómo hacés?
— Bueno, primero vamos a abstraernos un poco. En el mundo hay unos… ¿cuántos? ¿seis mil millones de seres humanos? Bueno, ponele que son seis mil millones. De esas personas vamos a asumir que más o menos la mitad son mujeres. No creo que el porcentaje sea equitativo, pero por el momento pensemos que sí. ¿Ok?
— Bueno, está bien. ¿Y ahora?
— Bueno, ahora de esas mujeres nos quedamos sólo con las que habitan en Argentina. O sea, alrededor de veinte millones, algunas más algunas menos. No importa por ahora.
— Son muchas.
— Recién empiezo, corazón. Aguantame un poco.
— De ese grupo de veinte millones vamos a filtrar las que viven dentro de la povincia de Buenos Aires. Solamente con hacer eso, ¿cuántas quedaron ya? Algunos millones quizá. Probablemente menos de diez millones.
— No está mal.
— No creas, todavía no me puse a hilar fino. Tomemos la franja de edad que va de los 14 a los 20 años inclusive. ¿Cuántas chicas quedan? Pocos millones. Estimo que serán tres o cuatro millones. No tengo idea, estoy especulando. Además, saquemos a las lesbianas —por obvias razones— y también a las enfermas terminales que morirán ahora o en estos meses y nunca conoceré. Se van unas cuantas, pero dudo que lleguen a ser un millón. Ponele que algunos diez miles se van.
— Siguen siendo un montón las que quedan.
— ¿Ah, sí? Bueno. Ahora sacá a las pelotudas, borrá a las que no son femeninas, quitá a las trolas y restá además las que no tienen estilo.
— Uh, quedan pocas.
— Sí, no creo que lleguen a un millón. Vamos a redondear en ochocientas mil chicas. Y no terminé.
— ¿Qué más?
— Quedémonos con las de mayor atractivo físico. Lindas y hermosas. Ya está. Menos de cuatrocientas mil seguro. Quizá no lleguen ni a cien mil. Ponele que haya trescientas mil chicas lindas o hermosas dentro de la provincia de Buenos Aires que tengan estilo, no sean trolas, se comporten de manera femenina y no sean pelotudas. No creo que lleguen a la docena, pero bueno, soñemos con que son trescientas mil, aunque sea por el bien de mi argumento.
— ¿Y cómo seguimos? ¿Qué falta sacar?
— De esas solamente quiero a las morochas o las castañas. De color natural. Nada de tinte. Déjenlo en casa, por favor. Ahora sí, ponele que te quedan ciento ochenta mil, entre las rubias, teñidas y las coloradas que fuimos sacando. Pero acá viene lo bueno.
— ¿Ahora vas a describir qué querés en una mujer?
— Exacto. Nos quedamos solo con las que no sean frías, delgadas pero no anoréxicas y con cuerpo de dónde agarrar, que no sean fanáticas ni interesadas por el fútbol, que sean sensibles, que no se pasen todo el día con las amigas y que su vida no termine si las pierden o ellas se van a hacer su vida. Ya con eso solo deben quedar menos de sesenta mil. Repito: estoy adivinando, no tengo los números reales.
— ¿Y cómo seguimos ahora?
— Podríamos pedir que tenga personalidad propia, aunque eso ya está medio cumplido si no se la pasa con las amigas. Es más probable que tenga ideas propias. Además sumale que no tenga corte de pelo super corto como si fuera un pibe. Luego pidamos que tenga ojos marrones –cualquier tonalidad-- o verdes. Que sepa entender el humor cínico o el sarcasmo. Que no sea una monja miedosa del sexo. ¡Ojo! Tampoco una trola, ya lo establecimos antes. Ni un extremo ni el otro. Que no se guarde las cosas que le joden y se anime a decirlas. Que sea una verdadera compañera de vida y no una boludita para matar el rato. Ah,y fundamental: que le otorgue más importancia a la pareja que a las amistades. Y que si algo está mal lo diga pronto en vez de querer cortar la relación porque todo no fue maravilloso al primer intento. (¡Hola Cynthia! ¡Hola Paula! ¿Cómo les va, chicas?)
—Uh, no quedó ni el loro.
— Totalmente. Y ese es el problema, ¿ves? Yo creo que minas así debe haber. Deben existir. Habrá menos de cincuenta con esas características. Pero faltarían unos detalles más.
— ¿Qué? ¿Qué te falta?
— Y, falta lo obvio. Dentro de ese reducido grupo tenemos que ver cuáles de ellas se interesarían en mí.
— ¿Cuántas quedan entonces?
— Ni idea.
— Ah, claro, ahora te hacés el boludo. ¿Dale, cuántas quedan?
— Me hacés quedar mal si te respondo.
— ¿Por qué?
— Porque si te digo “algunas” me estoy tirando abajo. Y si te digo “la mayoría” quedo como un creído de mierda. Que lo soy, pero no quiero andar haciéndolo tan evidente.
— Está bien, me parece justo. Pero entonces contame algunas de tus características para que si alguna de ellas esté leyendo esto se de una idea de vos. Empecemos por lo más fácil. ¿Cuánto medís vos?
— Bueno, es curioso, hace años me medí en una de esas balanzas que te calculan la altura y era 1,81 mts. Hace unos meses lo hice de vuelta y decía exactamente lo mismo, a pesar de que evidentemente crecí. No sé. Ponele que sea 1,81, pero por ahí es uno o dos centímetros más. No interesa.
— ¿Peso?
— 67 y pico. O 68, creo. Teniendo en cuenta que no hago un carajo de deporte salvo ciclismo, no estoy mal. De hecho yo debería pesar 70 por mi complexión física. O al menos eso me dijeron.
— Así que estás en forma.
— Sí, según eso sí. Pero no sé a qué se le llama realmente “estar en forma”. Si estar en forma es ser delgado entonces estoy en forma. Si además es tener todos los músculos marcados, entonces no estoy en forma. Depende de tu definición de “estar en forma”.
— No vas al gimnasio.
— No, no tengo ganas. Ni laburo para pagarlo, ni paciencia para mirar a otra gente mal vestida haciendo actividad física. Además tendría que usar ropa deportiva. Ja! Por favor. Yo no hago esas cosas, dulzura.
— ¿Y qué intereses tenés?
— El diseño, la lectura, el arte aunque no sé nada sobre la teoría del arte ni me interesa demasiado aprenderla. Es decir, me interesa más lo práctico. Mirar un cuadro y decir “sí, ese es de Dalí. Qué lindo cómo usó los colores. Bueno, vamos a ver ese otro de allá” y listo. No me vuelvo loco haciendo debates sobre qué quiso expresar el tipo y tampoco me interesa lo que defendía o no defendía o su orientación sexual o cualquiera de esas boludeces que salen a la luz cada vez que un tipo pinta algo. Yo quiero ver el cuadro y chau. Lo demás es superfluo.
— Pero vos no estudías nada de eso.
— No, sigo la carrera de Contador en la UBA.
— ¿Por?
— Dije que lo haría hace años. Además ya empecé y no planeo tirar a la basura todo lo que hice hasta ahora solo porque no me encanta. No me tiene que encantar, con que no lo odie está bien. Y no odio la contabilidad. Así que estoy bien. Por ahí en un lustro me recibo y tengo un lindo laburo como el contador que escribe sus aventuras, diseña su sitio web y disfruta del arte y la música mientras se plantea por qué carajo existe en el universo.
— O sea que no tenés drama en ser contador.
— Para nada. No entiendo a la gente que no logra aceptar la idea de que uno puede hacer algo que no le encanta y estar completamente bien al respecto.
— Creo que quedó claro. ¿Qué cosas no te gusta hacer?
— Comprar ropa no es algo que me enloquezca. Más que nada por los vendedores que me quieren asesorar y no lo soporto. Además de la gente que pulula en los shoppings. Por eso cuando compro ropa voy a la mañana un sábado o domingo que no hay nadie, como documenté en la historia Ropa para desayunar.
— ¿Eso es todo? ¿No te gusta comprar ropa a menos que sea como vos querés?
— Y… seeh. ¿Qué esperabas que te dijera? Me gusta escuchar y trato de darle espacio a mi pareja, pero tiendo a ser algo posesivo, sin llegar a ser hincha pelotas, porque considero dos cosas. Primero, que la pareja es lo más importante, y segundo, que la mina es también una persona. Así que no quiero estarle encima todo el tiempo porque no quiero que piense que soy un pesado. Lo que sí soy es celoso, pero al mismo tiempo odio estar mendigando afecto. Si veo que no se me da bola me voy. No me pongo a lloriquear “ámame, ámame”, simplemente me voy y te vas a la puta madre que te parió.
— ¿Eso lo decís por las amigas de tu pareja?
— Sí, la verdad que sí. Hay muchas personas, que de hecho son la mayoría, hombres y mujeres, que ven a los amigos como estos entes maravillosos a los que se les perdona todo y se los “ama” por encima de todos los demás, incluida la pareja. Yo no lo veo así. Nunca lo ví así. Y pretendo que la mina que esté conmigo lo vea de esta forma porque sino va a haber seguramente algún problema. Y no me refiero a que no tenga amigas ni nada de eso. A lo que voy es que si quedaste en hacer algo conmigo no podés cancelarme para salir con tus amigas a último momento. Que saquen número y hagan la fila como todo el mundo.
— ¿Y qué tan celoso sos?
— No tanto, ya te digo, no ando persiguiendo a nadie. Solamente quiero que se me dé el mismo lugar que yo le doy al otro. Si ya veo que la mina tiene más miedo de perder a las amigas que a mí, listo, ya la doy por perdida. Que sea feliz en su utópico mundo de amistad. Cuando las amigas se vayan yendo a estudiar a otro lado o tengan novio o decidan laburar o simplemente pierdan el interés verá que todo no era tan hermoso como la frase “amigas para siempre” le pudo hacer creer.
— Uh, alguien está de malas.
— No, no estoy de malas, pero me pasó exactamente eso.
— ¿Cómo fue?
— Bueno, ella siempre puso a las amigas en un hermoso pedestal y cuando llegó fin de año se quiso morir de la angustia cuando se dio cuenta que una de las amigas se fue con un pibe, y otras seguían sus carreras e intereses propios.
— Exactamente lo que vos dijiste.
— Ajá. Yo sabía que eso iba a pasarle. Pero ella, al igual que la mayoría, parecen no tener la capacidad de prever las situaciones futuras. Que vos tengas un gran amigo no significa que lo tenés garantizado para toda la vida. O que no te vaya a cagar por plata (Hola Nahuel!) o que no sea envidioso o competitivo (Hola Matías!) o sólo viva para pedirte favores y no agradezca nada (Hola Agustín!).
— Veo que has tenido experiencias poco gratas.
— Me han enseñado mucho esas experiencias. La gruesa mayoría de la gente no vale dos carajos. Los amigos te cagan. El amor existe pero no dura. El sexo está sobre estimado y no tiene importancia. Todos se acercan porque te necesitan para algo y cuando ya no es así te dejan o te patean. Los chabones usan a las minas. Las minas usan a los chabones. Son todos un asco. Bah, no todos. Sé que hay gente rescatable en medio de tanta basura. O quizá sea que quiero creer que la hay.
— ¿En qué creés vos?
— En mí.
— ¿Listo? ¿Dios, Buda y todo eso?
— Cuando era chico. Ahora ya no creo en nada. Y no juzgo a quienes crean o dejen de creer. Que cada cual haga de su culo un pito, no voy a perder el sueño por eso. Creo que hay gente que necesita creer en algo para que su vida tenga sentido. Y no me río de eso. Lo comprendo perfectamente. Es solo que prefiero creer en mí por razones prácticas. En el acá y el ahora no tengo a nadie más que a mí mismo, así que no puedo creer en nada más. Además siempre me interesó la ciencia y cuando se me cruza algo que depende de la fe o la esperanza para sostenerse ya me cae mal de entrada. Pero, ya te digo, no juzgo a los demás por creer en lo que quieran creer. Es igual, nos vamos a morir todos, así que carece de importancia.
—¿Creés en el destino?
— No. No creo que haya una persona destinada para nadie y tampoco creo que cada cuál tiene una “misión” para cumplir en la vida. Creo que simplemente cada cuál puede hacer lo que se le canta. Esto lo pensé al leer el final del libro “La insoportable levedad del ser”, que me recomendó una amiga que vive en Chile y me conoció por leer las cosas que escribo. En fin, en un momento del libro la mujer le pide perdón al marido porque según ella “le cagó la vida” porque lo alejó de su “misión” de ser médico cuando se fueron a vivir al campo. Y el tipo le dice que no le cagó la vida. Que él era feliz con ella y que en realidad nadie tiene ninguna misión en la vida. Cada cuál puede o no hacer lo que quiera. No hay destino. No hay un camino marcado. No hay nada.
— Es un poco crudo.
— Sí, supongo que para alguien que quiere creer que hay algo debe ser chocante. Yo solía pensar que mi destino sería ser diseñador web, encontrar a la mujer de mi vida y ser felices juntos.
— ¿Y ahora qué pensás?
— Que eso es una pelotudés.
— ¿Por?
— Primero porque no existe una mujer ideal, me puedo enamorar de cualquier chica linda si me resulta interesante y cumple con la mayoría de las condiciones que tengo para mi mujer ideal. Y por lo demás, el tema del diseño web, ya no me interesa.
— Cierto que vas a ser contador.
— Lo intentaré. Faltan muchos años.
— Por lo que decís suena como si la vida no tuviera mucho sentido.
— Para mí no lo tiene. Nacemos, morimos. Y todo lo que pasa en el medio es basura, al menos en lo que concierne al universo o al tiempo. Aunque seas famoso y te recuerden, dentro de miles de millones de años cuando ya no esté más el planeta no habrá nadie que te recuerde. Estará todo muerto y nada de lo que hagamos podrá cambiarlo. Por eso te digo, vivir es tragicómico. No tiene ningún sentido, pero lo hacemos porque sino la alternativa sería sentarse a esperar la muerte. Y, admitámoslo, es muy aburrido. Es mejor matar el tiempo haciendo cosas. Escribiendo, leyendo, haciendo el amor, casándose, bebiendo, trayendo más bebés al mundo para que luego ellos se pregunten para qué mierda existen y así, por los siglos de los siglos. Sin razón alguna, por pura inercia. Viva la vida.
— ¿No es un buen día hoy, no?
— Lo es. Soy cínico, eso es todo.
— Ah, bueno. Eso lo explica todo.
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