


Eran las 3:30 cuando enchufé el iPod al USB y le cargué las canciones de 4 y 5 estrellas, mientras me iba vistiendo. Salí de casa a eso de las 4 menos veinte. El colectivo me llevaría hasta el shopping, donde esperaba ver una película, todavía sin saber cuál. El viaje fue largo y aburrido, pero escuchar música en medio del quilombo imperante es toda la diferencia. El hecho de poder quedarte sentado ignorando todo el mundo a tu alrededor mientras te apoyás en la ventana, debe ser bárbaro. Debe ser. Yo no lo se. Siempre me quedo del lado del pasillo, porque no dependo de otro para pasar. Claro que eso tiene un precio: cada 5 minutos la persona que tengo al lado suelta un temido "permiso", y tengo que correrme o estrujarme donde estoy, para dejarla pasar. Aunque igual prefiero pagar ese precio para tener el control sobre mi viaje, gracias. De cualquier forma, la música la disfruto igual. Con o sin ventana. La diferencia no es tan grande, ¡es un colectivo, no un tupper! Me bajé del bondi a las 4 menos cinco, caminé una cuadra, y un chico pateó una pelota hacía mi. Se la patee de vuelta, pensé: "y este fue el momento deportivo de hoy..." y continué mi marcha hacia el shopping que quedaba a una cuadra. Esquivando la marabunta de chicos, mujeres con cochecitos [¿de dónde salen tantas? ¿se pondrán de acuerdo?], tipos "cool", chicas de shopping, y algún que otro gato loco, me abrí paso hasta la escalera mecánica, que trepé caminando mientras me iba subiendo. Nunca hago esto, pero aproveché porque estaba harto de esquivar tanta gente y necesitaba descargarme. Llegué al primer piso, y me dirigí al cine, donde estaban los volantes con el horario de c/película. Estuve viendo un rato el papel hasta que me decidí. La verdad no había mucho para elegir. Entre la secuela del zorro, una de Tim Burton, alguna que otra mediocre producción yanqui pochoclera, y El Aura, la decisión fue clara, sino obvia. De nuevo, más escaleras mecánicas. Otra vez estaban vacías, y aprovechando, las subí caminando mientras me subían. Alcancé a la pareja que estaba antes, pero al llegar arriba, me esperaba un cuello de botella. Todos esperaban que una chica les cortara las entradas y los dejara pasar. "¿Para qué me apuré? La próxima vez subo tranquilo", pensé. Claro que nunca cumplo esto, porque me sigue pasando. A esta altura ni yo me la creo Llegué hasta donde estaba "la chica corta-entradas" y recibí mi mitad junto con un siempre necesario "SALA 7" [a ver si me pierdo todavía...], y un "gracias", que denotaba un completo desinterés por la tarea. ¿Alguien podía culparla? ¿A quién se le ocurre que te va a importar a vos que ella te diga gracias? Bueno, al dueño del cine sí. Francamente, me resultaría más realista que me dijera: "Cortate la entrada vos y no me jodas, que tengo que vender pochoclo porque me pagan peor que en McDonald's". Pero esa es una opinión personal. Una cruda opinión personal. Crucé el pasillo alfombrado, sin entender por qué los cines están alfombrados. ¿Es por el ruido? ¡Pero la sala es a prueba de sonido! No se. Encontré el baño completamente deshabitado, y en mi paranoia casual pensé "ahora seguro me matan o me quedo atrapado en el cubículo. Bueno, hay que morir de algo..." Mientras me secaba las manos en esos aparatos automáticos que NUNCA se activan cuando querés, y te obligan a mover las manos como desgraciado por debajo hasta que se prenden, entró un tipo con su hijo. "Bueno, si me matan ahora, me los llevo al infierno conmigo", pensé. [me pregunto qué tomé esa mañana, por Dios...] Volví caminando hacia la sala 7, que obviamente no podía estar en otro lugar excepto el opuesto a donde estaba el baño, obligándome a caminar todo el pasillo de vuelta, y esquivar toda la gente pochoclera en el camino. De repente, una oleada de ponjas se me cruzó, uno tras otro, en todas formas y medidas: parejas, grupos de adolescentes, solitarios, y demás. Pero faltó el espécimen ponja más raro: el ponja de pelo largo. Son rarísimos de encontrar. [parece que hablara de un loro o algo así, perdón si el comentario ofendió a alguien]. Empujé la puerta de la sala y lentamente bajé esa pseudo-escalera del cine [tiene unos escalones de 1cm de altura, más o menos. Parece una rampa más que una escalera...] hasta alcanzar una fila del medio. Ya sabrán donde me senté, sobre el pasillo. "Hoy no me van a joder, por lo menos", pensé, al ver que la fila sólo tenía unas pocas personas, y estaban más distribuidas hacia el lado opuesto al mío. Ja!, craso error. La película empezó de golpe. O mejor dicho, los 30' de: la grilla interactiva que pone preguntas que a nadie le importan ["¿qué director trabajó en Memento?", ¡No sé! ¡Pongan la película!], y el constante murmullo de gente abriendo infinitos caramelos, y comiendo infinitos baldes de interminable pochoclo. ¿Cuántas toneladas de pochoclo pueden comer? ¡no hay premio por kilo al salir! Tal vez esté influenciado por la "cultura anoréxica" de los '90, pero inflarse de pochoclo como piñata humana no es mi idea de diversión. Ah! como olvidar los 15' de publicidades, desde las previews de próximos estrenos ["el era un tipo normal hasta que la fortuna se le rió en la cara, y perdió todo. 'Retrato de un loser'. No te la pierdas!"], pasando por esas ridículas propagandas de aerolíneas que se muestran como tus amigos de toda la vida ["te queremos mucho, crecimos con vos, te llevamos a todos lados... ah, si.. viajá con LanChile"], hasta llegar a la parte que te avisa que no pagaste por nada y la película sí va a empezar. Es la parte en la que hay una presentación donde la gaseosa conoce al pochoclo [??????] y van a ver una película. Ahora, yo digo algo: si la gaseosa se va al cine con el pochoclo... ¿qué sigue después? ¿las bolsas de Coto y los comestibles van a hacer las compras? ¿las hamburguesas se dan una vuelta por Burguer King? ¿las tarjetas de subtepass viajan en la línea A? Y otra cosa... ¿qué se supone que van a comer en el cine una gaseosa y un pochoclo? [?????] Al fin la película empezó, y fue altamente disfrutable, aunque extrañamente silenciosa. De hecho, El Aura es la película más calmada que vi en mi vida. [Suerte que el piso del pasillo de afuera estaba alfombrado, que sino...] Inevitablemente, un tipo de la mitad de la fila venía hacia mí, luchando para caminar entre la fila de butacas, que denotaban un espacio reducido. Yo ya lo había notado: tuve que cruzar las piernas para no ponerlas sobre el asiento de adelante. Así de apretado era. [Estos son los dramas diarios de tener 1,85 mts, que nadie te cuenta ni te va a contar. Y la gente baja con paraguas es otro drama muy común...] Sin necesitar el temido "permiso", me fui enfrunshuñando [me encanta esa palabra, creo que es italiana o es del lunfardo...] para dejar pasar al tipo. "Gracias", y se perdió en la pseudo-escalera, buscando el baño, supongo. Pasaron más de dos horas, algunos calambres, continuos cruces de piernas y un paquete de chicles, hasta que la película llegó a ese punto donde todos estamos al acecho para ver cuándo nos levantamos y salimos de ahí, para continuar con nuestras vidas. Es el efecto "esto termina pronto pero no se cuándo". Yo ya tenía los audífonos a mano, y el iPod prendido. La pantalla se puso en negro, y me levanté tan rápido que podría jurar que fui el primero en todo el cine. No di tiempo a los créditos a trepar por la pantalla [¿alguien los lee?]. Tenía los audífonos colocados, y "Ya está bien así" de Nek, sonando; cuando abrí la puerta del cine y empecé a caminar por el pasillo, justo al tiempo que aparecía otra chica del cine que iba hasta donde estaba para abrir todo. Era "la chica abre puertas". Recorrí el desértico pasillo, donde un guardia había abierto las puertas que dirigirían al rebaño, que todavía se estaba despabilando, hacia el shopping. Miré al guardia con una sonrisa de "gracias... ¿para mí? No te hubieras molestado..." y empecé a bajar muy cómodamente por la práctica rampa blanca hasta el primer piso donde encontré una escalera mecánica que, entre locos, apurados, chicos y gente perdida, me llevó hasta la salida más próxima. Empujé la puerta de vidrio y salí, casi feliz de no desperdiciar otro minuto en ese antro. Ok, estaba algo enojado y cansado, como podrán ver. Tenía las piernas acalambradas y la visión de la patota amorfa que imperaba en el shopping, tampoco era muy motivante que digamos. Así que espero me entiendan. De nuevo había pseudo-escalones de 1cm para llegar a la altura de la calle, pero esta vez los bajé despacio. El problema era que había que bajarlos tan despacio que me sentía como si estuviera desfilando. Faltaban la música electrónica y Giordano, para completar la imagen. Llegué a la parada e hice "la gran Leo". Vinieron dos colectivos: dejé pasar al primero, que estaba más lleno que el autito del circo donde se suben todos los payasos hasta que no queda lugar, y paré el segundo. Completamente vacío, excepto por una chica que estaba parada al lado del chofer. "80", le dije. "¿me dijiste 80?", me preguntó el tipo. "Si", le dije y me senté en un individual paralelo a la puerta. A la escena del colectivero con la chica le dediqué unos 5 minutos, mientras pensaba "miralo al chofer, picarón!", y luego hice "la gran tipo melancólico" y me apoyé en la ventana. Quiero aclarar algo: nadie apoya la cabeza en la ventana porque le pesa o porque está triste... ¡es porque nos gusta la pose! Bueno, al fin llegué, me bajé y caminé un par de cuadras, hasta que pude olvidarme de todo, excepto de la película, una excelente película en mi opinión. Sobre todo el final. No se preocupen, no lo voy a contar, odio cuando alguien hace eso. Simplemente voy a decir que no podía haber terminado de otra forma más acorde al protagonista, y eso hace que sea realista. Justo lo que siempre busco, y casi nunca encuentro. Al menos no fue tiempo perdido, como cuando le compro al chino Ricardo en el super. Sí, tengo un chino Ricardo en mi barrio. Pero esa es una historia para otro momento. -L.D. |
Sábado. Vamos al cine,