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Segundo round: ¡ropa!

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a Wallmart.
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Y así se iniciaba mi periplo hasta el susodicho super. O mejor dicho "hiper". Mi vieja me convenció y al cabo de media hora estábamos en Wallmart, buscando unas donas [por lo menos esa era MI motivación para ir...]. Yo también hago "la gran Homero Simpson" y voy para abastecerme de donas que serán víctimas de mi excéntrico gusto por lo dulce, con un café. Porque las únicas donas verdaderas, o lo más cercano que tenemos en esta vida, son las de Wallmart. [no, no me están pagando para decir esto, si es lo que pensabas...]

Apenas entramos me di cuenta de que me había olvidado de agarrar el changuito [algunos le dicen "carrito", pero no hay una postura oficial]. Odio ser uno de los que revolotean por todo el super con las cositas en la mano y cuando llegan a la caja parece que están haciendo malabarismos para que no se les caigan todos los bártulos. Apenas iba a volver sobre mis pasos, cuando mi vieja me dice: "ahí hay uno, al lado del guardia". Claro, si, como haber, había. Ahora, que sea un changuito decente... eso es otra cosa. El rejunte de metal con ruedas que me vi forzado a arrastrar de acá para allá por 3 horas, tenía un vaso y una cuchara de plástico tirados adentro, y para completar la decoración, lo adornaba una bolsita de verdulería, que estaba atada a uno de los barrotes de metal. No sabemos para qué estaba eso, así que pensé: "bueno... alguien es excéntrico para decorar, y no soy yo...".

Pasamos por esas puertitas automáticas que están dentro, para separar al sector de góndolas del pasillo de salida, e hice lo de siempre: me apuré con el changuito para chocar esa puertita de cuarta, porque siempre tarda en abrirse y me molesta tener que estar pasando puertas cuando ya entré en el lugar, encima a dos por hora. Fuimos hacia la izquierda, donde estaba la sección de facturas/donas, y no podían faltar los enfermos de siempre. En particular, se trataba de una pareja que rondaba los 50 y pico, y estaban como locos agarrando cuanta dona veían, llenando cajas y bolsitas, haciendo un inventario, acaparando las pinzas para agarrar facturas; en fin... estaban excitados por el azúcar del lugar, supongo.

Igual, con o sin los "salvajes de las donas", no había mucha variedad que digamos. Las rellenas estaban prófugas. [Bah... "rellenas". Si dos mezquinas gotas de dulce de leche ya hacen que la dona pase a la categoría de "rellena", mejor ni hablar...] "Ha llegado el día que tanto temí... me dejaron sin las rellenas!!!", el miedo me helaba. Bueno, el miedo no duró mucho, debo decir, porque las donas se gastaban como cigarrillos en una cárcel, y no pensaba dejar que los salvajes de las donas se llevaran las que quedaban. Rápidamente encontré una de las "pinzas factureras" escondidas por ahí, agarré un par de bolsitas, y las llené lo mejor que pude. Sin hacer todo ese escándalo que el animal que tenía al lado estaba haciendo, puse las bolsas en el changuito y seguimos el recorrido. El tipo estaba tan desesperado que ya agarraba las donas con la mano, y con locura las tiraba dentro de las cajas y bolsas, lejos de esa "finura fingida" que quería demostrar antes. Su desesperación era tal, que parecía un estadounidense atrapado en un país sin donas, o algo por el estilo...

 

SEGUNDO ROUND: ¡ROPA!

Mientras íbamos hacia la parte de ropa, paramos en una góndola que tenía los sartenes y todo eso, y después de quejarnos un rato por la falta de los cartelitos de precio, le digo a mi vieja: "mirá para arriba". Estaba el precio escrito en un cartel gigantesco, al que para ser más llamativo, sólo le faltaban las luces de neón, y los fuegos artificiales. Lo cómico fue el escándalo que estábamos haciendo minutos antes: "¿Dónde está el precio? ¿qué pasó? ¿dónde lo escondieron? ¿pero por qué no está acá? Ahh, ahí está... Uhh, 'ta caro, bueno... a ver aquello..."

No podía faltar la locura navideña imperante, [Cada año es peor, recién estamos en noviembre y ya empezamos con la navidad. Dentro de poco, dejamos toda la decoración, y listo... queda para diciembre del 2006], con esos slogans tipo "navidad es reencuentro", y demás, que todos sacan de la galera para estas fechas. Volviendo al tema del bazar: ¿por qué casi todas las cosas de ese sector son hechas en Italia o Japón? ¿No hay otros países del mundo que vendan unas míseras ollas? ¿Es mucho pedir? ¿Si no las hace un tano las ollas no te las compran, don Wallmart? Mientras pensaba en eso, sonaba la voz en off de la mujer que habla por los parlantes, para decir esas frases en código que me matan: "kzzzz... Carmen? A perfumería.. Carmen... perfumería.....kzzz". Nótese que la segunda vez la frase es todavía más corta. En Coto, [yo te conozco!!! Pero vos a mi no...] es todavía peor porque te cortan la música para poner la voz en off de la mujer, y encima se escucha que cortan un teléfono, seguido del sonido de "ocupado" de la línea. Siempre tan pintoresco Coto...

De casualidad encontré el vaso de trago largo que uso y que siempre se rompe en casa. Por sexta vez lo compré [en realidad yo me hice el dolobu y lo puse en el changuito...], con la esperanza de que la historia sea distinta esta vez. Es curioso cómo la gente mira como con miedo o haciendo "la gran Colón" cuando se acercan a la góndola en la que vos estás. Si lo que buscan está donde estás vos parado, te miran con expresión de "mirá, un nativo del lugar... parece que hay vida en esta góndola... uauuuu", agarran lo que quieren y se las toman.

Luego de todo ese show, al fin alcanzamos la parte de vestimenta, donde el slogan de la ropa interior femenina era, muy graciosamente: "REGALÁ SUERTE". Eso fue infinitamente cómico, y tuve que hacer todo un esfuerzo para disimularlo mientras esperaba que mi vieja saliera del probador. Antes de entrar, me había dicho que le tuviera todos los bártulos, con la advertencia: "mirá que tengo plata ahí..." -"Y? yo tengo miopía y acá estamos...", respondí. Mientras esperaba, noté que una señora puteaba al padre de un chico que le había dicho "vieja". Frases como: "¿Por qué me agrede, señora? -Porque sos una basura...", quedaron en el recuerdo. Lo mejor fue cuando la señora se fue, y el tipo se lo contó a su mujer, que estaba en otra parte: "nada, no pasa nah..., nos peleamos con una VIEJA!!!". A todo esto, yo fingía magistralmente un "yo no vi ni oí nada", y seguía esperando, mientras presenciaba el espectáculo.

Al fin, mi madre salió, y siguió eligiendo ropa de por ahí, con el procedimiento que noté en muchas mujeres: primero tomó una prenda de un talle cualquiera, digamos "medium", y después agarró otra del mismo talle y la puso encima para comparar el tamaño. "¿Pero no son del mismo talle las dos?", dije. Instantáneamente me callé al ver que ¡no eran iguales las dos prendas "medium"! Increíble. Secreto de mujer, supongo. Esto es lo que pasa cuando hay miles de fabricantes textiles que no se ponen de acuerdo en qué quieren establecer como "medium", "small", "large", y "extra large". Me recuerdan a los partidos políticos de izquierda. Me crucé con unos paraguas, todos en negro o con las distintas combinaciones de texturas y formas, que yo etiqueto como "carnavalesco cocoliche". Mi sueño del paraguas plateado sigue siendo un sueño. Y otra cosa: como diseñador, me gusta ver que las empresas cambien sus logos, pero el nuevo logo de Motor Oil [la marca de medias] es un asco con "A" capital.

Llegamos a la parte de ropa de baño, que anticipa el frenesí veraniego que se avecina cada fin de año, y vi todas las mallas con los infaltables motivos floridos. ¿Por qué esa necesidad de ponerle flores a todo? ¿Hay flores en la playa? Bueno, en las mallas, si. Viendo algunos números de zapatillas, creo, había uno que se mostraba como "8", pero no llegaba ahí ni con toda la furia del mundo. "Si eso es un ocho, yo soy Estela Rabal", pensé. Y mientras lo pensaba, noté las sillas para probarse el calzado, que parecían bastante cómodas. Lo eran. Apenas me senté, mi espalda me agradecía por ese excelente asiento. Era una silla de plástico negro, con una curva hacia adentro en el respaldo, que obligaba a sentarse bien y se sentía más cómoda que cualquier cosa en la que me haya sentado hasta ese momento.

Noté algo bastante curioso: mi vieja dejó de probarse un calzado porque tenía el plástico de seguridad que impide que la gente se robe las cosas, al sonar en los sensores de plástico gris que están al pasar las cajas [se llaman Sensomatic...]. Qué mal puesto estaba, que lo habían clavado a mitad del calzado, y nadie se lo podía probar. Consecuencia: mi vieja no lo llevó, y dudo que alguien lo hiciera. [Eso es lo que yo llamo "marketing a la que te criaste"] Pasó una patrulla "estoy para ayudarlo" de Wallmart, que se dirigía rápidamente hacia las cajas. Son chistosas esas pandillas de atención al cliente. Actúan como la Guardia Urbana de la ciudad de Buenos Aires, pero están en un super!!! [Nota para los navegantes ajenos a esta ciudad: la Guardia Urbana son un montón de gatos locos que patrullan las calles en grupitos de 2 o 3, donde hay turismo, para hacerles creer a los turistas que la ciudad es segura, y éstos se lo cuenten al mundo...]

Mientras mi vieja seguía debatiendo entre la ropa, reflexioné sobre mis métodos para comprar, y llegué a la conclusión de que tengo estas reglas muy simples: 1. es lindo? si 2. combina con las zapatillas? si. Listo, lo llevo... Ya está, no me hago mucho problema por el resto. A todo esto, había una venta de pantalones arrugados,  [es una tela rara que nunca voy a entender] y me pregunté lo siguiente: ¿por qué hacemos tanto drama por la ropa arrugada si después vemos que se vende ropa con tela que ya es arrugada? [???]

Pasaron las horas y los episodios de locura textil, tipo "están todos los números menos el 43...", y llegamos al momento que estaba esperando: la "cuasi hora de salir". Es ese momento que defino como algo extraño, porque en realidad no es que vamos a la caja y hacemos la fila. No. Terminamos de "comprar lo interesante", y pasamos a un estado de "bueno... vamos a recorrer un poco...", donde parece que vagáramos sin rumbo por un desierto de compras y góndolas. Muchas cosas encontré en esta parte del recorrido.

Primero vi unos peluches gigantescos para chicos de 2 o 3 años, que pesaban como 2 kilos! "Con qué los alimentarán si pueden levantar eso a los 2 años...", pensé. Luego me encontré en la sección de papelería y había unos mapamundi bastante chicos, casi inútiles. Pero claro, después me dije: ¿no son todos los mapamundi inútiles? ¿alguna vez alguien vio a una persona decir "menos mal que tenía el mapamundi para salir de esa..."? Y dos cosas más: anotadores que son obras de arte en la tapa, y cuando los abrís y ves las hojas pensás: "¿es todo? ¿y el arte?"; y unos cassettes de audio, de gente que nadie conoce y salen más baratos que un cassette virgen. Al fin, alcanzamos una caja donde el tipo se estaba yendo, y guardaba la temida tarjeta de crédito en su billetera. Odio cuando pagan con tarjeta, se tardan la vida con eso. [Mi vida, por desgracia...]. Al salir le preguntamos a la cajera dónde estaban los baños, y descubrimos que "los de damas en Atención al Cliente, los de caballeros al lado del locutorio". Increíble. No sólo que hubiera un locutorio en un super, sino que el baño oficial de Wallmart fuera ése. Encima la cajera se quedó debatiendo con mi vieja sobre una pregunta existencial "¿Por qué no hay baños dentro del supermercado?". Mientras lo descifraban, yo iba cargando el changuito con las bolsas. Cada vez menos bolsas a comparación con años anteriores, por cierto. [El "tres a uno" duele más que un enema cuando vas de compras...]

En 30' estábamos de vuelta, y mientras mi vieja le contaba todo esto a mi viejo, que había salido, yo estaba probando mis donas y el vaso Munich de trago largo [$ 2,58. un ofertón!!!], con la esperanza de que no se rompiera por sexta vez, y las donas no fueran de ayer.

-L.D.

 

Sábado. Bueno, está bien, te acompaño