


Lunes a la tarde, y yo tenía que ir a buscar el saco para la entrega de diplomas. Sigo sin entender por qué no podían darme el título sin tanta alharaca ceremonial, para dejarme continuar mi vida; pero en fin, el tema es que una vez más me encontré en Florida, ese lugar que yo simplemente denomino "el centro", obviando toda la cantidad de lugares que podrían caber en la misma categoría. Para mi el centro es sólo Florida, paren de contar. [Claro que yo veo a toda calle medio chica con veredas anoréxicas como "Florida", derivando en el mismo resultado]
Bueno, en realidad yo no iba a buscarlo, sino que acompañaba a mi omnipresente madre en su lucha por el traje, bah... saco, porque siempre me meto cuando alguien se va para allá, y lo acompaño, aunque sea el portero del edificio [que por cierto creo que me odia. Bueno, la verdad él tampoco me cae bien...].
Tomamos el 70 cerca de casa, que para variar llegó rápido a la parada, y luego bajamos en Florida [léase "el centro"], sorteando la ya familiar protesta piquetera de turno. De hecho, estoy tan acostumbrado a ver piqueteros cortando las calles, que los considero parte del folklore nacional. Son como el mate y el dulce de leche. [Qué analogía]
Apenas arribamos en ese matadero urbano nos dirigimos al local de ropa a retirar el saco. Y no me malentiendan: me encanta el centro, pero es insoportable recorrerlo en horas pico cuando todos están con cara de enajenados mentales y expresión de "mi jefe no me paga el aguinaldo y tampoco me da las vacaciones, correte o te paso por encima". O sea, está bien, comprendo la locura de salir del trabajo, pero tampoco tanta exageración, después de todo, ¡mañana tienen que volver! [pero no se lo digamos a esta gente porque nos mata].
Cuando estoy en el centro tengo la necesidad de encontrar una v ía de escape, esto es: llegar a la esquina donde la multitud está esperando que corte el semáforo para cruzar, y pasarlos por el costado para llegar al otro lado sin sentirme llevado por esa urbe desquiciada.
Precisamente, sorteando el sinfín de borregos sin rumbo, [suena algo despectivo, ya sé... ¿qué? ¿qué pasa? ¿acaso debo fingir que soy tolerante? Ah, no... falsedades no] me encontré con el show de siempre, el espectáculo que nos ofrece Florida en cada ocasión: por un lado tenemos a los que piden una ayuda, ya sea porque son discapacitados o tienen algún problemita de todo tipo y tamaño; los que reparten esos inagotables volantes; y los que hacen esas poses sobreactuadas, o sea las "estatuas vivientes", los "imitadores de Gardel" y otros grandes de la actuación. Con las "estatuas vivientes" tengo un tema particular: siempre estoy tentado de contarles un chiste para joderles la actuación. Esta vez había una pareja que fingía ser arrastrada por un viento fuerte, y ayudados por la ropa deformada para tal fin, lo hacían bastante bien. Yo creo que son la evolución de los mimos. Son mimos con dignidad. [¿Estoy algo racista hoy? Avisen, eh? Lo que pasa es que no soporto a los mimos. No se por qué. Me resulta estúpido un tipo que ni siquiera es un payaso pero se pinta la cara de blanco para jugar con el aire. Si por lo menos fuera un yosapa, bueh... pero ni eso]
Para completar el cuadro había un personaje nuevo en la fauna del centro: ¡"el profeta mal vestido"! Se trataba de un pobre hombre que sostenía un cartel con esta elaborada y elocuente profecía: "EL PUCHO MATA PERO DIOS DA VIDA". [?????] Ajá... y? No tiene mucho que ver, no? Es como decir: "EL MATE PRODUCE ACIDEZ PERO LA VIDA ES BELLA". "Bueno, gracias..", pensé.
Luego de la caminata hacia la trajería, y agarrando un ejemplar de La Razón que me dieron sin costo [la verdad no doy ni un mango por ese diarucho venido a menos. De hecho, lo dejé sutilmente al lado de un tipo distraído que ni me vio], hicimos la típica parada de madre en todo negocio de ropa. "Aquí vamos", pensé.
Lo mejor de esta parte del recorrido es que siempre hay alguna cosa que resalta por su ridiculez. En este caso fue que mi compañera de viaje le dijo a la vendedora "¿no tendrá una con fondo negro?" [refiriéndose a una blusa] y la respuesta simplista fue: "No, no... no tengo. Esas de allá y estas de acá nada más, pero todas en blanco". Si, querida, obviamente que son blancas ¡eso vimos todos!, precisamente por eso te lo preguntamos, para saber si tal vez había algo de otro color en el depósito u otro lugarcito dentro de este antro al que me vi forzado a entrar. [Ahh, vendedores]
De alguna manera, no me pregunten cómo, me encontré esperando durante 5 minutos hasta que nos fuimos, bajo la frase terminante: "no, no me gustó...". En ese tiempo, se cruzaron dos mujeres, y una, con cara de jolgorio decía por lo bajo: "qué cosas lindas que tienen". Noté que este tipo de comentario lo dicen específicamente las mujeres. Porque nosotros siempre tenemos motivo de queja o simplemente sentimos una increíble apatía por lo que el negociante vende. Es como si ellas admiraran un Picasso: "mirá el color, la textura...", y nosotros: "cuánto? es un robo a mano armada...".
Salimos, sorteando calles atestadas y paradas de colectivo que se ocupan la ya de por sí anoréxica vereda completamente, obligándome a bajar a la calle, donde los colectivos nos apuntan a matar. Es como el "Juego de la vida", pero onda reality show. Yo estaba harto, y cuando la horda de pobres desgraciados se abalanzó sobre el primer colectivo que veía, aunque atrás había otro vacío [si leyeron otras historias, ya saben lo que yo hago en estas situaciones...], no me pude aguantar y grité: "TE MATAN POR UN BONDI... TE MATAN!!!".
Alguno que otro se dio vuelta, pero en general todos iban como moscas a la luz, hacia el transporte más próximo. A veces pareciera que ni siquiera vieran el número de línea, sino que se subieran a lo primero que los sacara de ese infierno repleto de trajes y piqueteros. Pero eso si: toda la onda con Florida, eh? [Mientras sea sábado, domingo o feriado]
Después de ese kilombo, la parada de turno en un café era casi obligatoria. A propósito de esto, creo que encontré El Café. Y lo digo así porque ese lugar pasa al puesto #1 en mi ranking de cafés preferidos [morite de envidia Havanna, nunca lo vas a lograr...]. Se trata de un lugar ubicado sobre la esquina de una de las diagonales que están a una o dos cuadras del Cabildo, casi enfrente de la salida del subte. Bueno, este lugar me gustó de entrada por ofrecer 2 pisos. Al ingresar me daría cuenta que eran 3, pero ¿a quién le importaba?, yo quería la ventana casi panorámica del último piso que me ofrecía una vista completa de las diagonales y la ya antes mencionada salida de subte, decorado con el gentío masificado que se entrecruzaba alocadamente.
Apenas nos sentamos en una de las sillas más cómodas que probé en mi vida [noté que siempre digo esto de las sillas. A esta altura deben pensar que no tengo sillas en casa o duermo en el piso], lo primero que me saltó a la vista fue que el típico papelito de "ofertones cafeteros con medialunas" sobre la mesa, estaba en italiano. "Listo, este lugar me encanta", fue el pensamiento. [Me gusta todo lo tano, y ya verán que cierto conocimiento del idioma me serviría luego]
La chica nos atendió muy rápido, y sin ningún problema nos trajo todo, incluyendo mi café especial. Esto amerita un paréntesis debido a mi neurosis con el café: para mi no es café si no tiene alcohol y crema. Particularmente, me resulta interesante que cada cafetería tiene un nombre rebuscado para vender esos cafés especiales. Al margen, también tienen el café de la casa, con el mismo nombre que el establecimiento. Y es precisamente ése el café más loco, raro, o experimental. No acá. Este, el Segafredo, era el más simple: café / crema / granos de cacao. [Noches de insomnio habrán pasado para pensar en esa combinación tan ingeniosa y exuberante de ingredientes]
En cambio pedí uno con limonchello, cognac, crema y los infaltables granos de cacao. [Si el café con un tipo de alcohol es bueno, imaginen con dos] Se trataba del nunca escuchado Sorrento. "¿De dónde sacarán los nombres rebuscados de novela mexicana para los cafés?", me pregunté. Son esos nombres que suenan a valentía, coraje, pasión, emoción, virilidad, aventura, jolgorio desenfrenado... para un cafecito.
ECHANDO UNA MIRADA.
La paranoia familiar no se hizo esperar, y mi madre enseguida se apuró a decir: "andá a saber cuántos nos estarán viendo ahora", esto era por la tremenda ventana que nos mostraba la calle, al mismo tiempo que permitía a los edificios de enfrente tener una visión directa de todos nosotros. "-¿Y? ¿Son parientes tuyos? ¿Son conocidos? ¿Son amigos? -No. -¿Entonces qué importa que miren?" [Noten que siempre sale a relucir mi lado "práctico/individualista" en estas situaciones]
Esto vino a relucir porque un tipo con binoculares salió al balcón de enfrente, y miraba hacia la cafetería, donde el dueño contaba fajos de dólares. "Esto parece una de espías", pensé. Antes de saber que era el dueño, yo estaba pensando "¿en qué país vive el 'loco cuenta dólares'? Con esos billetines no parece de acá".
Pero dejando la paranoia de lado, me concentré en recorrer el lugar con la vista. El vidrio de la ventana tenía una ondulación que, al moverme apenas de posición, distorsionaba la imagen de las calles y los edificios. Tazas colgadas de las paredes, junto a una foto gigante en blanco y negro, decoraban el lugar. [Excelente diseño, más excelente vista, más excelente atención = el café de Leo] Dos tipos cruzaban la calle, y los dos me recordaban al cantante de Coldplay, Chris Martin, por la cara y ropa. Fue curioso, así que los bauticé "los gemelos coldplay" y seguí con mi vida.
Viendo la mesas de madera barnizada recordé que un "especialista" en cultura celta, comentaba la frase "tocar madera", y decía que tiene que ver con tocar la madera del árbol relacionado con el signo del zodíaco o algo así, y no sirve tocar cualquier madera, sino que debe ser del árbol que se relacione con cada uno, según los celtas.
Ergo: todas las veces que tocamos madera como superstición absurda [¿no lo son todas?] fue inútil. Sólo sirve tocar el árbol, lo que me lleva a pensar que debe ser la superstición más incómoda en la que creer [a menos que alguien esté acostumbrado a arrastrar un árbol para toquetearlo cada vez que está en problemas]. Suerte que no creo en nada de ese circo candombero al estilo Infinito.
Seguí viendo hacia la calle, y en medio del frenesí urbano, camionetas del correo Oca la cruzaban por doquier, como una horda de correo sin destino. Otra camioneta de policía patrullaba, pero era de esas que parecen de la empresa de televisión por cable, es decir, una camioneta chica que era prácticamente del tamaño de un auto de dos puertas. La verdad, digamos que no impone mucha autoridad una camionetita de policía. [Me recuerda a las que usan los supermercados para hacer el envío a domicilio]
Era una típica escena de metrópoli desenfrenada en gente y vehículos, pero yo estaba en un lugar envidiable para verla completamente.
A LA TIERRA PROMETIDA, ROBIN...
Llegó la hora del fin [eso sonó apocalíptico], y pasé por el baño, que me sorprendió porque tenía los nombres en italiano. Esto es, en vez del ícono de "Caballeros" que estamos acostumbrados a ver, decía "Uomo", que es el equivalente en ese idioma. Lo mismo para "Damas", que se veía reemplazado por "Donna".
Claro, el problema es que no todos sabemos italiano, y de hecho, yo tampoco conozco el idioma. La ventaja la tuve por escuchar algunos temas de Nek en italiano, y así me quedó que "donna" es mujer, lo que por descarte convertía a "uomo" en hombre. Como siempre, terminaba de hacer todas estas apreciaciones deductivas, cuando me di cuenta de que la segunda "O" de "Uomo", era el ícono de caballeros, y supongo que la "A" de "Donna" sería el de damas, aunque ese ni lo vi. [Lindo recurso de diseño, por cierto. Como diseñador tardé bastante en notarlo, es verdad]
Ya dentro del pequeño baño, fui derecho al único de los dos cubículos vacíos, porque el otro lo estaba ocupando un empleado del lugar que cantaba y silbaba. "¿No te sabés una del nuevo álbum de Nek, no?", casi le dije, pero me callé al ver todo lo que el pequeño cubículo ofrecía: teclas de luz, papelera, y un práctico aparatito de plástico para el papel higiénico. "O estoy en el de damas, o me morí y fui al cielo [por error, obviamente]", pensé. De fondo, casi como una voz en off, se escuchaba al cantante frustrado de al lado, que me cortaba toda la atmósfera con sus cánticos baratos.
Al terminar me dirigí al lavamanos, que sin recaer en esa manía de automatizar todo, se valía de perillas, toallas de papel y jabón líquido perfumado para alegrarnos la vida a todos [bueno, por lo menos a mi]. Otro punto a favor. Me pone de malas tener que pelearme con las maquinitas automáticas para lograr que las malditas me echen un poco de su mezquino aire en las palmas. Lo mismo con las canillas. ¿Realmente es necesario que se activen automáticamente al pasar las manos? Yo prefiero el mecanismo manual, gracias.
Maravillado por todo lo que ofrecía el café, que decidí rotular como "mi lugar", volví a la mesa, para presenciar el siguiente round.
"SHH, SHHH, LA CUENTA, POR FAVOR".
Nunca vi esto, así que realmente me llamó la atención: la cuenta nos llegó en una especie de carpetita de cuero de una tapa, con un práctico "bolsillo dadivoso" para poner la platita destinada a pagar. Y rápidamente se produjo el efecto: "me la llevo -te la dejo -acá está tu cambio -la propina -gracias, hasta luego..."
NADA MEJOR QUE VIAJAR EN HORAS PICO.
El colectivo que tomamos estaba repleto ["¿por qué no me sorprende?"], y no es que uno sea masoquista, sino que realmente todos están en la misma situación a esa hora.
Tengo la teoría de que los choferes hacen una apuesta del tipo "a ver quién mete más gente en el colectivo antes de que reviente, las ruedas se estrellen contra el pavimento, y los pasajeros [=víctimas] salgan disparados por las ventanas". Realmente no tengo otra manera de explicar y entender cómo dejan subir a cuanta persona se encuentran en el recorrido. O sea, no te desesperes "don chofer veloz" porque esto no es una carrera por la vida, y no te vas a morir si le dejás algún pasajero al colectivo de atrás, por el contrario, creo que nos vas a matar a nosotros si otro ser humano pisa este transporte y me quita mi precioso oxígeno. Y esa es la locura previa a entrar, pero les voy aclarando que luego de hacerlo la cosa no mejora.
Con la suerte de un protagonista de película estadounidense, se desocuparon dos asientos de adelante y pudimos sentarnos, mientras luchábamos para asegurarnos el asiento antes de que un "rubio ventajita" nos fracturara las extremidades por él [ya se veía con ganas el pibe]. Si, la desesperación por ese mísero pedazo de cuero nada acolchonado era increíble.
Obviamente, lo primero que uno piensa al sentarse adelante es: "ahora nos cruzamos con el maratón de discapacitados y todos se quieren subir, lo que me obliga a cederles el asiento" o "noooo, una sede del PAMI, este lugar tiene los minutos contados". Por supuesto, esto no pasó, pero sí se subió una señora que había visto años mejores, lo que llevaba las miradas de los más próximos hacia mi. Así que sin dudar del desenlace de la historia, llamé a esta mujer para dejarle el lugar, pero no me escuchó y siguió de largo, perdiéndose en una profundidad de gente, y dejándome a mí feliz y dichoso con la incomodidad de mi asiento.
Un clásico: caímos en la cuenta de que la razón del calor imperante no era la insana cantidad de personas que habitaban el colectivo sino el completo desinterés de la gente por abrir una ventanita y dejarnos respirar a los que sí queríamos llegar vivos a destino.
Por si fuera poco parece que nadie quisiera bajar, y todavía no puedo precisar si es porque les maravilla la experiencia de viajar como sardinas enlatadas, o es que todos van a una tierra mágica y de ensueño, que obviamente queda pasando nuestra parada, lo que me obliga a aguantarme eso hasta llegar al lugar tan esperado.
Ante semejante apretujamiento, estábamos planeando bajar por adelante, debido a la cercanía de la puerta, aunque esto, en teoría, está prohibido. "Hey, estamos en Argentina. No cumplimos con nada pero nos quejamos de todo y todos", pensé, casi sorprendido de haberlo olvidado, y ahora con la fuerte determinación de bajar por donde no correspondía. [Dios bendiga mi país...]
Llegamos. Comenzaba a lloviznar. Bajo la consigna: "Aire, aire puro!!!", a los gritos [mis gritos, por supuesto], bajamos, olvidando todo lo vivido en ese viaje, y apurando el paso para esquivar la amenaza de un resfrío causado por el inminente chaparrón. [Tantas publicidades de antigripales hicieron que a la primera señal de lluvia corra a buscar refugio]
Saco nuevo en mano, tengo un nuevo café en mi haber, y otra anécdota. Al final del día ¿no es eso lo que importa?
-L.D.
Centro, café y transporte público.