Prólogo. Jojojo, el interminable camino hacia la Navidad.



PRÓLOGO. JOJOJO, EL INTERMINABLE CAMINO HACIA LA NAVIDAD.
La Navidad es algo que todos empezamos a sentir, y algunos a temer, hacia fines de octubre, donde parece que los comerciantes se sacan los ojos para competir en distintas campañas de publicidad, en las que nos muestran cuán felices somos todos, y cuánto más felices vamos a ser si compramos la nueva Coca-Cola con los platos navideños que nadie admite coleccionar pero todos tenemos o tuvimos, y la sarta de productos cosméticos que en definitiva hacen lo mismo, pero [no sabemos cómo] se siguen vendiendo. La “temporada jojojo” se hace notar por el barullo de las decoraciones llenas de lucecitas, la gente que llama porque durante el año tenían trabajo, cosas que hacer, y en definitiva… una vida, que les impedía buscar la agenda para recordar el número del pariente de turno que nadie recuerda, pero que por alguna razón HAY que llamar. La verdad es que yo lo pensaría de esta forma: si no lo llamaste durante el año, ni él a vos, listo, a otra cosa. Para qué vamos a fingir que nos importa. La gente que no se da cuenta de que está siendo ignorada puede ser molesta cuando llegan estas fechas festivas. [Ese es el espíritu navideño en acción!] Y después están los que llaman para reprochar que no los llamaste. Bueno, vamos a hacer otra de mis famosas confesiones: yo me acuerdo perfectamente a quién llamar, así que si no lo hice no es que casualmente me olvidé, sino que no te quise llamar por diversos motivos o razones. En todo caso, ofendete, no me llames vos tampoco y seamos todos felices, cada cuál por su lado, gracias. [Feliz Navidad para todos!]
No sólo nuestros hábitos sociales cambian, sino todo lo que hacemos. Es como colgarse del “trencito navideño” que parece interminable, pero que eventualmente nos deja en el camino, sigue de largo, y se lleva todas las luces, el dichoso árbol, los renos y demás paparruchadas hacia el siguiente año. Eso es lo que yo llamo “la magia del año nuevo”. Hasta que ese momento de paz y tranquilidad llega, trato de soportar el espíritu navideño en todo su esplendor. Por supuesto, esto me afecta directamente. Nuestro árbol está guardado en un lugar bastante alto, así que sutilmente alguien de mi familia se acerca para decirme: “ejem, ejem… habría que bajar el árbol, Leo”. Quién podría negarse a un pedido hecho con semejante tacto. Una vez más, me veo obligado a bajar la enorme caja de cartón atada con desgano de principio de año, y comenzar a armar la estructura del gigantesco árbol. Me sentía como un chico jugando con un Lego gigante. Las enormes piezas encajaron, por lo que rápidamente dejé la escena del crimen evitando quedarme para decorar al pequeño demonio verde con ramas.
Y el árbol no es lo único: al salir lo primero que veo ahora es la minúscula rosca navideña que la vecina pone en su puerta, justo frente a la nuestra. Bajando la escalera, compruebo que no es un caso aislado. No éramos solamente la vecina y nosotros, sino que todos tenían su rosca o “algo navideño que sea medio redondo” para colgar de la puerta. El otro gran tema de la época son las comidas. Yo simplifico esta época como “el momento del pan dulce, el turrón y la comida navideña probablemente rellena, acompañada de la infaltable sidra, y matizado con vinos varios”. La comida del día de Navidad es algo que nunca voy a entender. Veo que están trabajando en hacer esas elaboradas comidas rellenas, que no van a durar más de una noche, una cena. ¿Vale la pena tanto esfuerzo? ¿No debería ser una época de “me siento, tomo algo y descanso”? [Es una de esas cosas que nunca vamos a descubrir, como el asesino de Kennedy]. El otro tema son los postres, pareciera que lo único que se puede comer en materia de postres es pan dulce o alguna cosa con frutos secos acorde a la onda navideña imperante. ¿Dónde están las publicidades de la batería de productos Ser o las del cocinero francesito ridículo de Danette? Parece que en estas fechas se nos prohibiera comer un simple yogur, ni hablar de un postre excluyente de nueces y todo eso. Es como un “complejo de montañista” que nos agarra a todos. Comemos todo esto que nunca buscamos ni encontramos en los comercios durante el año, y vemos las películas estadounidenses con la nieve y la gente medio loquita que canta villancicos por ahí. Luego llega el 6 de enero, Día de reyes, [y el cumpleaños de Nek] y nos olvidamos de todo. Tiramos el árbol en el lugar más próximo, atamos todas las partes del pequeño demonio verde lo mejor que podemos, mezclamos las luces en una cajita que desafiando la física guarda todo lo que le ponemos, y esfumamos los restos de decoración y demás. Todo se va de forma inversamente proporcional a como llegó. [Lenta y dolorosamente desde octubre]
La televisión de aire es algo que evito siempre, sin embargo durante estas fechas ese esfuerzo se ve remarcado. Concretamente lo digo por las clásicas películas navideñas como “Milagro en la calle 34” o “Mi pobre angelito”, cuyo único mérito es entregarle miles de dólares a un chico que no sabe actuar. [Ni hablemos del trillado argumento] Desgraciadamente los canales de cable no son ajenos a esto, y también nos regalan con sus películas navideñas. De cualquier manera, lo lindo del cable es poder pasar los canales sin ninguna intención de parar, porque nos resignamos a la idea de que “no hay nada interesante”. Obviamente que no lo habrá si los canales culturales tienen 3 nuevos programas que repiten todo el año, y los de series traen cualquier cosa menos lo que uno quiere. O sea, la tesis no está tan errada. Y a esto sumamos mi cruzada personal contra los canales de deporte, [que bloquee en el zapping porque no los voy a ver ni que me paguen], y los de manualidades y cocina, que francamente están de más según mi punto de vista. Sobretodo Utilísima, que yo rebautizaría como “Alpedísima”, cuyo diseño completamente falto de sentido estético y programación carente de utilidad, denotan lo bajo que se puede caer a la hora de crear un canal, y peor, a la hora de ver algo distinto. [La página web es todavía peor en diseño, y de hecho le escribí al webmaster criticando las fallas del sitio. Bah… las que encontré en 5 minutos de navegación en ese rejunte de imágenes y texto de colores chillones] Eso si, canales de cualquier cosa inútil podrás encontrar a raudales, empezando por el canal rural hasta el de tango, pasando por FX, que decepciona patéticamente con sus repeticiones de “Los expedientes X”, y no cumple con nada de lo que había prometido que iba a tener. Yo me acuerdo de lo que promocionaban y no era esto. [Ya no importa, lo bloquee también, junto al canal chileno, el francés y algunos más que ni recuerdo porque no podrían importarme menos]
La radio se suma al candombe rojiverde con versiones varias, rebuscadas y ridículas, de “Blanca Navidad”. Si me dieran un euro [si pedimos, pidamos a lo grande] por cada vez que escuché esta canción en su crisol de infinitas variaciones [hasta reggae] creo que podría comprarme un regalo decente. A todo esto le agrego una manía recurrente de fin de año: en estas fechas tengo el inútil hábito de preguntarle a cuanto comerciante me cruzo: “¿Abrís el veinticinco? ¿Hasta qué hora? ¿Y en año nuevo? ¿El primero no?”. Preguntas completamente fuera de lugar, teniendo en cuenta que no me importa y que apenas si durante el año voy a comprar. Ni siquiera al chino Ricardo. [Es su nombre artístico. Incluso su mujer se sumó a la argentinización y se dio a conocer como Julieta] Otra cosita es el ritual de corregir a quien me dice: “Navidad es el veinticinco”. No voy a decir estrictamente “corregir”, porque en realidad es una opinión personal, pero lo que quiero decir es que para mi la Navidad es el veinticuatro. Que por un tecnicismo sea la medianoche del veinticuatro considerada como “veinticinco de diciembre”, a decir verdad no podría importarme menos. Yo tengo la creencia de que el día empieza cuando me despierto a la mañana, y termina cuando voy a dormir a la noche, o madrugada del día siguiente, pero que para mi sigue siendo el mismo día. Esto es: por más que vuelva a casa a las 6 o 7 de la mañana, no significa que llegué “al día siguiente”, sino que es hoy, pero más tarde. Lo consideraré “mañana” cuando despierte horas después.
EPISODIO I. 24 DE DICIEMBRE. MALDITA SEA… ES NAVIDAD.
Uno de esos sueños que parecen tan reales como la misma vida, pero que ya ni recuerdo, se terminaba. Ahí estaba yo, tendido en mi cama, completamente desparramado, pobremente cubierto por las sábanas y tratando de recuperar el sueño. Claro que una vez que despierto ya es imposible retomar el estado previo, y eso me lleva a varias consideraciones. Primero me doy cuenta de que lo anterior fue un sueño y esto es la realidad, aunque a veces me pregunto “¿y si este es el sueño y la realidad es la otra?”, hipótesis que descarto porque yo recuerdo el sueño, lo que me prueba que esto es real. Segundo, y habiendo establecido que sigo vivo para quejarme otro día, llega ese lapso al mejor estilo “gato que se revuelca antes de despertar del todo”. Luego puedo sentir en el aire si es un día lluvioso o no, y finalmente, me llegan los recuerdos de lo que tengo que hacer en el día [bah… nunca se concreta nada, pero mi mente no deja de recordármelo] y el conocimiento del día que es. También recuerdo algunas cosas que son las que determinan mi estado de ánimo durante las siguientes horas. Hoy, 24 de diciembre, me encontré estrechado a mi almohada, abriendo los ojos cuando el Sol cubría la habitación. Muy pintoresco, hasta que llegué al tercer estado post-sueño y recordé qué día era. “Oh, no. Es navidad.”
Seguido a esto tuve que hacer ese planteamiento filosófico y casi existencial: “¿Por qué habría de levantarme? Realmente no tengo ninguna razón para hacerlo, y si por mi fuera, volvería a dormir y me despertaría sólo para taparme mejor, con esas sábanas que siempre se salen, y dormiría feliz y contento” [¿No es lo mismo feliz que contento?]. Acto seguido, me tragué el inconformismo [y el orgullo, la dignidad, las ganas de vivir, la esperanza…], y bajo la consigna “bueh… por lo menos me regalarán algo…” me incorporé corriendo las sábanas y buscando el Sol que se colaba por la ventana, y ahora me golpeaba en plena cara. Durante el día odio eso, pero a la mañana necesito que los rayos de luz me quemen las retinas [bueno, tampoco es para tanto, pero la idea se entiende] casi como un impulso para dejar atrás el sueño. Así que me encaminé hacia el baño [yo no me visto hasta no estar “despejado”] y, saludando lo mejor que pude a los que me fui cruzando en el trayecto, me abrí camino sorteando los obstáculos del recorrido. También tengamos en cuenta que no me pongo los lentes hasta no terminar el proceso de “enjuague mañanero”, así que el recorrido resulta más curioso porque nadie se acostumbra a verme pasar con cara de dormido, sin el “peinado despeinado con gel”, apenas vestido y sin lentes.
Mi familia correteaba alrededor, preparando cosas para la noche navideña. Yo, completamente indiferente al mundo, entré al baño y arreglé un poco el desastre de cada día. Al fin me puse los lentes [“hey! qué colores tan vivos…”] y el reloj, mientras miraba el pelo seco y caído con expresión de “esta es otra misión para el amigo gel”. [No me peguen NO soy Giordano] Sin embargo, todavía no llegaba la hora del pelo, así que aprovechando este estado despabilado, me vestí y encaminé hacia la cocina, agarrando el iPod [que al final no usé], la carpeta de diseño y los interminables lápices, reglas y chucherías varias, que casi no uso pero debo tener al alcance porque odio pararme para buscarlas una vez que me siento.
Terminé mi ritual mañanero de sábado, y miré el almanaque tachando por adelantado el día de hoy, como hago habitualmente, bajo la consigna “uno menos”. Pensándolo fríamente, tiene sentido tachar el día por adelantado, porque si uno muere hoy, ese día ya está tachado, y en definitiva yo tacho los días que vivo, no los que pasaron. [Parezco un burócrata barato] A propósito del sábado, otro clásico es la bajada de basura: yo estaba escribiendo las primeras líneas del post [que por cierto, parece una novela a esta altura] cuando sonó la odiada frase: “Leo, sacá la basura”. “Claro, no es sábado hasta que Leo no saca la basura…”, fue el reproche. Eso no es algo que me moleste en si, sino que en mi edificio hay todo un show para tirar la basura. Para empezar, el portero se va con la mujer el sábado, así que no pretendas que labure porque te vas a quedar con las ganas, y eso me obliga a mi a bajar al sótano con la llavecita para abrir el candado y bajar la escalerita de cemento hasta alcanzar los dos cestos “tamaño familiar” de basura. Muy lindo todo, así que agarrando la llave y con la bolsa de plástico verde pastel en mano, fui al pasillo con la esperanza de que ningún borrego estuviera usufructuando el ascensor. Mi ascensor. Por lo menos yo lo veo así cuando lo quiero usar. Obviamente estaba ocupado. La temida lucecita roja del “¿llamador de ascensores?” me lo confirmaba. No soporto esperar a nadie, creo que ya lo había dicho, así que bajé por la escalera contemplando al ascensor que subía bufonescamente obligándome a utilizar la consabida escalera. Como inútil reproche, bajé haciendo ruido, para que los ocupantes del ascensor se dieran cuenta de que con esa tardanza me privaban del mismo. Así llegué hasta planta baja, donde abrí el candado roto del sótano que tiene complejo de Lego. Esto es: cuando lo abro con la llave se desarma. Saltan las dos partes que lo componen, la base con la cerradura y el acero curvado de arriba, dejándome literalmente los pedazos de candado en la mano. “Seguimos sin cambiar el candado. No te vayas a cansar, Roberto…” [el portero], fue el pensamiento. Así que me adentré en el lúgubre sótano, que nada tiene que envidiar a otros lúgubres sótanos, y con la bolsita en mano, bajé la escalera anoréxica de una persona hacia los dos cestos “tamaño familiar” donde deposité la basura en tiempo récord, para que el final de la canción que estaba escuchando en ese momento concordara conmigo cerrando la puerta. [Hay que ponerle emoción al “sacado de basura”, sino…] Cerré el candado saltarín y toqué el “llamador de ascensor” con la esperanza de que el susodicho medio de transporte llegara pronto. [Ja! pobrecito] Lo esperé algunos minutos, entre poses de espera y puteadas varias, pensando “otra vez en el noveno. ¿Pero cuántos viven ahí?”, hasta que la diva mecánica llegó, alcanzándome a mi piso en otro “viaje estelar”.
EPISODIO II. CHIN-CHIN! Y LAS SECUELAS DE LA NAVIDAD.
Pasaron las horas, los diálogos, las llamadas de algunos locos que nunca se sabe de dónde salen, los adornos de última hora y chucherías varias, hasta que al fin nos reunimos en torno a la mesa, seguimos con la interminable cháchara navideña, comimos, tomamos, bebimos, y degustamos líquidos [ya no se me ocurren sinónimos para “beber”], hasta que al fin alcanzamos las 12. En medio de petardos y fuegos artificiales, alzamos las copas, cada uno con sus deseos y esperanzas [que no se van a cumplir como no se cumplieron los del año anterior. Seamos realistas] y brindamos. Algunos vimos por el balcón las luces y otros directamente se dejaron caer por el sueño, pero al menos la “gala navideña” llegaba a su fin. Sin embargo, un nuevo fantasma entraba en escena, más oscuro, depresivo, molesto, y sin tanta parafernalia. Se trataba del año nuevo. Olvidando los pesares reflexivos, me concentré en intentar disfrutar las fiestas y llevar mi atención a los fuegos artificiales, que algunos lanzaban desde días anteriores con poca o inexistente paciencia, para olvidar a ese fantasma que me acosaría exactamente siete días después. En esta época todo se encauza hacia un fin, un balance, si prefieren. Puedo verlo desde mi propia vida o incluso desde las vivencias de las personas que me rodean. Es el efecto “final de temporada”; los que vean series estadounidenses me comprenderán. El fenómeno funciona así: durante el año vivimos nuestras vidas [valga la redundancia] como siempre, pero a medida que nos acercamos al final notamos que se descubren cosas que no se sabían, que aparecen nuevos retos de último momento y que evidentemente, eso se suma a la presión del inminente final. Así llegamos a este final de año, o “final de temporada”, donde terminé el secundario definitivamente, ganándome mi merecida libertad, y encaminé mi vida hacia un futuro borroso y complejo, donde el problema del día será qué quiero diseñar yo y qué quiere el cliente. Es una estupidez, nadie le dijo a Picasso: “pintame una gaviota como yo te lo diga”, sino “pintá”. La gente no entiende eso. Ok, me fui de tema. Como verán, la falta de espíritu navideño es más que evidente, derivando en que deba tratar de no pensar en la celebración de año nuevo. Para mí todos los años son iguales; de hecho, la única manera que tengo de contarlos es cuando llegan las nuevas guías telefónicas al edificio. Esto significa que las personas que nunca llamamos y que bajo ninguna circunstancia nos importaría ver, escuchar o saber siquiera que existen, ¡cambiaron de número!
Y ese fue mi día navideño. Suerte que ahora es cuando más falta para que se repita.
Más allá de mi cinismo innato, espero que hayan disfrutado la lectura del post más largo escrito hasta la fecha. Gracias por la paciencia, las visitas al sitio, los consejos y críticas que siempre escucho atentamente, y el apoyo de todos ustedes. Por mi parte les deseo lo mejor para el 2006, aunque la verdad no me lo creo. Veo a cada año como una patética extensión del anterior, pero bueno, ¡que eso no los desaliente! [Cínico como siempre. Ni en los peores días pierdo eso]
Ah, si…
¡Feliz Navidad!
-L.D.
Oh, no... es Navidad.