


A diferencia del post anterior, hoy desperté perfectamente. Hasta que mi viejo dijo algo como: "bueno, vamos a sacar los pasajes para mañana". Con esa bomba atómica que me fue arrojada en plena cara comencé otro sábado. Es hermoso empezar el día con anuncios de este estilo. Por supuesto llegan en esos días en que me despierto sin ningún problema e incluso tengo ganas de levantarme. (Una broma del destino, así lo veo yo) Minutos después llegamos a la estación Constitución, para ver si por alguna razón del universo quedaban lugares en el tren marplatense, que dentro de la oferta, es lo mejorcito a la hora de viajar en tren. (Algo que no recomiendo bajo otras circunstancias) Digo "por alguna razón del universo" porque no es lo más lógico del mundo sacar pasajes para el día siguiente, pero no crean que eso nos desanimó. Y así llegamos, caminamos por el pasillo de la vieja estación, ahora restaurada, cruzando el hall hasta el pasillo de la derecha, que comunica con la oficina de venta de pasajes. Sacamos el número de la ya clásica máquina color bordó de forma circular, que nos regaló con el 330. (Lo que no sería un problema, salvo que iban por el 249) Las caras de la gente (les digo "borregos" cuando son muchos y caminan apuraditos) no expresaban felicidad alguna. Los pobres diablos esperaban ahí hacía mucho tiempo, quizá horas. Francamente eso me importaba menos que la economía de Bolivia, pero me daba una idea de lo que iba a enfrentar. Como no podía ser de otra manera, y con la suerte que nos caracteriza, nos sentamos en el único lugar posible: entre la típica parejita de treinta años (con el tipo musculoso que se la da de cool porque tiene anteojos negros y musculosa) y la mujer (que no se la de nada porque le falta personalidad), y la ¿típica? parejita de transexuales. (A propósito: ¡un aplauso para el cirujano plástico! Admito que la primera casi me engaña, pero la otra era evidente. Seguí participando, "nena"!) La espera comenzaba. Eran 81 números repartidos en 6 cajeros. Las clásicas especulaciones de mi viejo no se hicieron esperar: "a las 12 estamos" (eran las 11:10 en ese momento), "yo creo que conseguimos los pasajes porque esta gente pide para dentro de varias semanas", "con 6 cajeros no debería ser tanto tiempo". Especulaciones que a medida que la espera, los calambres, las poses, y la gente, pasaban, derivaron en: "la de la caja 6 se puso a hablar con otro", "¿pero dónde está esa mal parida de la caja 6 ahora?", "¿por qué no se mueven aquellos?", "no entiendo a la gente que espera que aparezca el número en rojo en el visor para pararse. ¿Por qué no se preparan antes?", y más... (No poder aguantar la espera debe ser de familia) Con mi buen humor recurrente le comenté: "lo mejor de esto es que vamos a hacer una espera de hora y media para que nos digan que no tienen nada para mañana" - "Seeh", replico él, casi tan seguro como yo de que no iba a haber nada, pero albergando vagas esperanzas. Nada más pintoresco que esperar en una sala llena de gente que en su vida oyó hablar del desodorante. (Bueno, en realidad son algunos, pero con uno cerca podemos decir que el aire cambia...) En medio de esto, una mujer daba vueltas como enajenada alrededor de la sala empujando el cochecito donde llevaba a su hija de 1 año; un hombre se paraba cada 15 minutos para sacar del bolsillo un paquete de cigarrillos, y el "mírenme, tengo 30 y uso anteojos negros y musculosa" fumaba como si no hubiera un mañana. A decir verdad, eso no podría importarme menos (¿raro de mi, no?), de no ser porque el pobre infeliz estaba al lado mío. De cualquier forma, tantos años de cyber café han hecho que me acostumbre al olor, así que no me hice problema luego de unos minutos. Pasados esos minutos, empezó a toser repetidas veces. "Fumate otro, ahora", pensé, acompañado de "por lo menos voy a vivir más que vos". (Es mi lado rencoroso que se ríe por dentro de la gente prepotente, que es incapaz de considerar que su humito puede molestarnos al resto de los que compartimos el mismo espacio) Por si fuera poco esperar en esas condiciones, y teniendo en cuenta que odio esperar por algo o a alguien, cada vez que se desocupaba mi lado, antes de que pudiera ponerme más cómodo, se sentaba alguien, obligándome a cambiar la pose. (Qué superficial sonó eso...) Lo curioso es cuando esas personas que parecen estar pintadas, de alguna manera resurgen y cobran vida suficiente como para arrastrarse hasta la ventanilla de la caja más próxima y reclamar un mísero pasaje. Uno olvida que no están solamente para retrasarnos, sino que también tienen una vida. Pocas veces lo recuerdo, para ser sincero. Minutos, quejas, especulaciones, comentarios vacíos del perdedor de la musculosa, opiniones insulsas, miradas nada sutiles de la gente hacia la pareja de travestis a nuestra derecha, puteadas silenciosas a la cajera 6, y muchos cruces de piernas después... nos tocó el turno. Como liberados de gruesas cadenas nos levantamos, hacia la ventanilla que todos se estarán imaginando. La que tardaba más, la que tenía en su haber a la "mal parida que hace sociales en vez de atender". Si, esa misma, la 6. Tal como lo había anticipado, llegamos con la idea de conseguir pasajes y nos fuimos con las manos vacías. Para comentarlo brevemente, fue así: "-¿Entonces no tiene nada para mañana? -No. -Chau, gracias". Tragicómico, si me preguntan (por no decir patético). Igualmente, no pensábamos quedarnos con las manos vacías.
Salimos de la enorme sala, dejando atrás al rejunte de pobres diablos en su letargo semejante a un estado de coma, para tomar el subte que nos llevaría a la estación de Retiro. El que, por cierto, debe ser el medio de transporte que más odio. Todavía no puedo determinar qué soporto menos, si la insana cantidad de borregos que hay que sortear en la lucha para subirse, o la insana cantidad de borregos que hay dentro del subte. Y el proceso al que hay que recurrir para subirse, por Dios! Primero hay que sortear a los antedichos borregos, luego correr contra el relojito con cuenta regresiva que al mejor estilo bomba en "Duro de matar" nos informa que la partida es inminente. (Después nadie le da bola y el subte sale cuando se le canta al chofer, pero esa es otra historia) Y todo eso para encontrar un asiento cercano al primer vagón, para salir antes. Ni hablemos de la gente maravillosa que tira basura en medio del viaje. Una botellita de agua saborizada me lo recordó al chocar con mi pie. (Este es un reclamo un tanto hipócrita de mi parte, debo reconocer, porque yo también he tirado en la calle basura, estando a metros de un cesto de papeles) Tal vez la frase del día fue: "el olor a orina en las escaleras nos indica que alcanzamos nuestro objetivo. Qué lindo país", que formulé al alcanzar la escalera de salida del subte de Retiro. Por cierto, al llegar el subte a la estación, noté que era una réplica de su contraparte en Constitución. Era como el mundo bizarro. De nuevo, más borregos. Alcanzamos uno de los locales de venta de pasajes en micro, y mientras hacía la fila, el boludo de turno, encarnado esta vez por un semi barbudo pobremente vestido, estaba detrás mío. Obviamente, no podía pedirle a otro más que a mi: "¿me cuidarías el lugar?", mientras él se iba, sin darme tiempo a pensar una excusa coherente para negarme. Debí entonces advertirle a la mujer de atrás: "mire que hay un señor antes, eh?", a lo que ella respondió con cara de: "ya se, ya sé, no me jodas". Al minuto volvió este buen hombre, y retomó su lugar bajo un seco "gracias". (Lo que hace toda la diferencia, porque si hay algo que me molesta de verdad son los desagradecidos) Finalmente nos tocó el turno, pedimos los asientos y todas las chucherías superfluas que tan gentilmente ofrecían, y llegamos al momento más inesperado: "bueno, necesito ver sus documentos". Nosotros no tuvimos problema, pero obviamente no estaban todos mis familiares ahí para mostrar sus credenciales de ciudadano bueno. Así que sin hacerse mucho drama, la chica nos dijo: "eh... bueno, dígame el nombre de las otras personas". (No hacen falta detectores de metal con estas medidas de seguridad tan eficaces, y útiles, sobre todo) Minutos después partíamos de regreso, para divulgar la buena nueva (eso sonó como frase de testigo de Jehová) y empezar el show del equipaje. Para cuando leas esto estaré en Mar del Plata, o decorando la banquina de la ruta 2 con mi cuerpo degollado y quemado por el choque y la explosión del micro, en ese orden respectivo. Felices vacaciones... (espero poder decir lo mismo en dos semanas) -L.D.
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Ejem, ejem...