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Miércoles. 10:00 am [aprox., que no soy el Big Ben] Creo que el infierno debe ser una larga fila donde uno paga impuestos innecesarios, y toda la gente en él son las personas que nunca soportaste mientras vivías. ¿Por qué digo esto? No, no estoy delirando. Este pensamiento es producto de mi "mañana tramitaria". Vayamos a la historia. No quiero que este post parezca un curro o una "parte 2" del anterior. A decir verdad, odio las secuelas de casi cualquier cosa. [Luego de ver "Terminator 3" entenderás por qué] Sin embargo, advierto que el fantasma de la burocracia estará presente durante todo el relato. Esto no podría ser de otra forma: legalicé mi título. "¿Y qué es eso?" dirán algunos [yo diría "y a mí qué me importa"...] Básicamente es una fotocopia certificada del título secundario que tiene el "visto bueno" para andar correteando por ahí y mostrarla cuando alguien en algún momento de nuestra vida nos la pida. Ya todos sabemos el proceso que paso al despertar cada día. Lo vimos en "Oh, no... es Navidad." Eso no cambió hoy, salvo por la "agenda del día" que me llegó a la mente varios minutos después de despertar. Precisamente ahí fue cuando recordé que debía apurarme para legalizar mi título. Bien, no me apuré para nada. La sola idea de despertar no es muy alentadora, así que durante esos primeros momentos de conciencia siempre intento olvidar toda obligación y simplemente me desquito con el mundo cobijado en una profunda indiferencia. Por unos cinco minutos, claro. Tampoco nos emocionemos tanto, que mañana será un nuevo día. Anticipando la cantidad de borregos que habría haciendo el mismo trámite, conecté el iPod para que se fuera cargando y me brindara un escape en esa situación. Minutos después agarré el sobre con los papeluchos tramitarios y comencé la travesía hacia esta sede o "cosa anexa a la UBA" para terminar cuanto antes con esa charada. Tomé el colectivo. Mismo que paró en cualquier lado y me obligó a deja pasar antes a media humanidad [quedando como un caballero de armadura brillante con gente que nunca más voy a ver en mi vida.... ¿Cuál es el punto entonces?]. A propósito: ¿Por qué la sociedad tiene ese tabú de dejar pasar antes a algunos y a otros no? ¿No carece de sentido si tenemos en cuenta que todos vamos a subir igual, sea antes o después? ¿No es lo mismo quedarse en el lugar y simplemente subir detrás de otro? Creo que nunca lo voy a entender. [Hace años que quería decir esto. Es terapéutico] El show del colectivo es tan complejo y variado como el zoo de Buenos Aires. [Por cierto, esta es mi idea de zoológico: "Vení a ver los tigres siberianos" -"Qué lindos... si tenemos en cuenta que les arruinaron la vida, los sacaron de su hábitat natural y los tienen enjaulados para que la gente les tire el maní que sobró de ayer, sólo para enriquecer a los dueños del lugar. Simplemente mágico"] Para empezar, nunca me siento en los primeros lugares. Sentarse adelante es jugar a los dados con el destino. Uno sabe que tiene los minutos contados, porque ni bien te sientes ahí, alguien por alguna razón [porque es jubilado, embarazada, o tiene algún tipo de discapacidad que tiene o no que ver con la acción de sentarse] va a querer tu lugar, y la misma gente que está alrededor [y no tiene nada mejor que hacer que juzgar al resto], te va a mirar con cara de perrito herido y expresión de "dale el lugar a la pobre señora, snif!" Obviamente ante ese sordo ruego del resto no queda más que hacer de buen samaritano, aunque no demos la talla del personaje. Estando los asientos individuales ocupados fui directamente hacia la última fila, cuyo único lugar vacío brillaba como oasis en el desierto. Pronto comenzó a haber gente parada, como en el juego de las sillas musicales, y entre ellos, uno de los personajes destacados del viaje: "el quinceañero inquieto". Con una larga campera de jean y un gorro, pasó de estar parado a sentarse en un individual [el paraíso de los asientos] para cambiar todo eso por un asiento en la fila de atrás con el resto de los cuatro que la formábamos. Lo curioso fue que simultáneamente, un tipo de los que estaban conmigo en esa fila se fue al lugar de él. Alguien con dos dedos de frente, al menos. No entendí por qué alguien cambiaría un individual por estar en mi posición, en la fila de atrás, compartida con otras cuatro personas. Es como ir a un programa de concursos y ante la pregunta "¿Querés quedarte con el Lamborghini que ya ganaste o te jugás por lo que hay dentro de la caja misteriosa?", decir: "¡¡¡La caja, la caja!!!". [Esa gente debería perder el Lamborghini por un tostador defectuoso sin garantía]
Finalmente llegué. Caminé dos cuadras, sorteando una facultad que desconozco, hacia un edificio con ese look de administración pública: gente que entra y sale como desesperada, una fachada derruida que ha visto mejores épocas, y un montón de pobres diablos perdidos ante la inmensidad con cara de "¿No es acá el trámite? ¿Ahora adónde voy?" [la gente quiere llegar y que el lugar se dedique sólo a ese trámite y nada más]. Hay que reconocer que me pasó lo mismo, pero sin hacer esa carita de puchero que le vi a varios, simplemente leí los carteles [para eso están, aunque muchos no lo crean] y seguí el consejo del que decía "legalización de títulos" indicando ir al subsuelo. Enseguida pensé: "Es una trampa, ahora nos matan a todos, nos sacan los celulares, iPod y otros artilugios, y las pocas ganas de vivir que tengamos en el proceso". [La cafeína en ayunas hace estragos] Bajé las escaleras hacia el subsuelo, y me recibió una imagen más desgarradora que Bambi con fritas: el rebaño sentadito y esperando. Una enorme sala de espera repleta de borregos que llegaron antes, con sus miradas clavadas en los pobres diablos que entrábamos uniéndonos a las filas de corderos para el sacrificio. Resignado a perder mi mañana, busqué a la "mujer entrega números" que nos pedía sentarnos en la sala de espera tamaño colosal al tiempo que nos entregaba los antedichos numeritos de la máquina ticketera. [Qué deprimente fue ver a la pobre mujer haciendo el trabajo de la maquinita. Un simple aparato de plástico bordó la reemplazaría] Me dio el 605. Así que entré por una de las tres puertas y me senté adelante, en una silla de plástico genérico [hecha para que uno se vaya desparramando más con cada minuto de espera], sobre el lado derecho. Una gran ubicación para ser lo primero que medio mundo viera al llegar, cosa que no me maravillaba. La gente que entraba me representaba un curioso desfile de moda. Mejor fue cuando me di cuenta de que una de las puertas abiertas tapaba el cartel electrónico de letras rojas que mostraba el número que estaba siendo atendido. [Es un clásico ese aparatito. Me atrevo a decir que una espera no es una espera si no tenés que estar sentado viéndolo mientras dejás tu vida en el lugar. Le da la atmósfera al lugar] Había unos lindos televisores apagados colgados del techo, cuya utilidad se asemejaba a la de un helecho. Tampoco podemos dejar de nombrar los carteles, cartelitos y carteluchos que abundaban como papel tapiz; mismos que todos evitábamos cual peste, salvo una chica que se paró expresamente para ir a leer uno que estaba pegado en la puerta. [La excepción que confirma la regla] Harto de intentar descifrar lo que la puerta me bloqueaba, fui hasta atrás en el centro de la sala, con la gente que se miraba entre sí matando el tiempo. Llegué a una fila completamente vacía de asientos a la que solo se podía entrar desde un costado. Con sólo una vía de paso pensé "no se van a sentar acá nunca". Dicho y hecho. Sin problemas me estiré cómodamente y esperé escuchando música. Sutilmente corrí la fila de adelante de forma tal que se abrió en dos sub-filas cuya separación me dejaba el espacio justo para salir hacia adelante, sin tener que ir hasta el extremo de mi propia fila. A medida que la tortura psicológica avanzaba, mis ganas de ir al baño aumentaban exponencialmente. Recién habíamos pasado la barrera de los 500 números atendidos al tiempo que el papelito con el 605 era un pequeño bollo en mi mano.
El "guardia con complejo de locutor" me arruinó el momento. Cada cinco minutos entraba y anunciaba una serie de diez números a ser atendidos, por ejemplo "del 510 al 519", lo que me obligaba a escuchar sus anuncios y el murmullo del gentío, notando a cada uno de los personajes que me rodeaban. Estos eran: el solitario con cara de hacker [tenía lentes y apoyaba el brazo en el asiento vacío de al lado], las "chicas telepasillo" [hablaban como políticos en época de elecciones], los "colgados del celu" [pegados al teléfono cual respirador], los "mirones sutiles" [¿quién soy yo para juzgar a esos pobres muchachos?], los "comparadores de notas" [chequean si tienen los mismos papeluchos que sus amigos, al mejor estilo "científico de Bayer"], los que caminan en cámara lenta [¿para ahorrar energías a la hora de entregar el título?], algunos jubilados que no tenían razón aparente para estar ahí [luego descubriría que estos chicos iban por otros trámites], y las infaltables parejitas felices [o no tanto] tan comunes como el oxígeno. Los minutos comenzaron a pasar, mientras mi paciencia decrecía y las poses variaban. Finalmente el "guardia con complejo de locutor" dijo "del 595 al 605". "Era hora" pensé. Y creyendo ingenuamente que iba a ser atendido inmediatamente, me apuré. Ja! Craso error. Esa llamada era para pasar a una "salita de espera" que se encontraba a la vuelta de un pasillo. Era como un reality donde íbamos pasando las primeras etapas en las que todos se abrazan, lloran patéticamente y se aman, a las últimas donde se miran con recelo y cara de "es él o yo... matar o morir". [Qué falso es eso. Si perdiera la memoria y participara en un reality [sólo así participaría], lo último que haría sería fingir que soy amigo de medio mundo desde el principio para terminar tratando de destruirlos luego. Seamos auténticos: destruyámoslos desde el vamos]
El cartel electrónico de letras rojas de la sala de espera primigenia tenía su igual en esta salita miniatura. Apenas unos pocos lugares eran provistos, y entre ellos, algunos mojados. Yo no era el único con ganas de ir al baño, aparentemente. [Por eso hay que ir antes de salir] Con una sensación de satisfacción al mejor estilo "escalando el Himalaya", me senté orgulloso en una sillita del fondo, continuando mi tradición recién creada. Uno a uno caían los otros concursantes de esta carrera por el trámite, hasta que mis ojos vieron lo que minutos antes parecía lejano e inalcanzable: el 605 se mostraba en el cartelito electrónico, acompañado del sonido clásico "dim-dummm", mismo que sonaba como música en mis oídos. [¿Por qué será que mis odiseas suenan más trabajosas que las de un deportista? Ah! ya sé.... es porque yo sí puedo escribir] Al costado del cartelito se mostraba el número de "puesto" en el que sería atendido. Así que fui al 4, donde se me había asignado, y me recibió una mujer sobradora y campechana que parecía tan cómoda en su silla como presidente en el poder. El diálogo siguiente es una dramatización de lo que se dijo: Yo: -"Vengo por la legalización del título" Campechana: -"Mostrame la fotocopia del título" Yo: - "Mmm? me dijeron que ustedes sacaban la fotocopia al legalizarlo" Campechana: -"No, no, la tenés que traer vos... [silencio para aumentar el suspenso]... andá a sacarla y volvé. Te doy un papel sellado para que puedas volver acá sin hacer la fila" Yo: (Agarro el papel y con cara de "por lo menos no tengo que hacer la fila de nuevo", salgo tan rápido como mis piernas acalambradas por la espera me lo permiten)
Deduje que habiendo una facultad tan cerca, abría algún local de fotocopias a pasos del lugar. Una cuadra después estaba entrando en el negocio donde haría mi fotocopia, no sin antes esperar que el inútil de turno terminara de contarle su vida a los otros empleados que sí trabajaban. "Esperame que estoy ocupado" se atrevió a decir mientras apuraba el cierre de su conversación [¿ocupado comprando las masas para seguir la charla con un té?]. Finalmente me atendió, y le pasó el título a ser fotocopiado a uno de los que trabajaba de verdad. Mientras, un tipo se metió apurado y, junto al inútil, me hicieron testigo de una curiosa conversación: Apuradito: (Con un libro de texto en la mano) -"Necesito que me saques (una fotocopia de) esto. ¿Para cuándo va a estar?" Inútil: -"Tarde" Apuradito: -"¿Qué es tarde?" [esto parece la publicidad de "¿qué es lejos?" de Telefónica. Por cierto: muy lindo para ver una vez, pero todos los días la misma publicidad de quién está más lejos, aunque nadie esté lejos porque todos usan Telefónica y son dichosos y felices, es sinceramente monótono] Inútil: -"7" Apuradito: -"6" Inútil: -"Bueeeeeno... 6" ("Apuradito" se va) Nunca se me hubiera ocurrido regatear tiempo. He visto regatear dinero, pero ¿tiempo? Vivir para ver, y ver para creer. Mientras este diálogo llegaba a su fin, el que estaba sacando mi fotocopia venía a traérmela, porque ni él pretendía que el otro inútil me la alcanzara. Le pagué los $0.10 y comencé mi periplo de vuelta hacia el lugarejo que me había quitado los últimos minutos de vida para convertirlos en una espera sin fin aparente.
Volví. El guardia me atajó con gesto de "vas a pasar sobre mi cadáver", a lo que mostré el sellito para "volver a la fiesta" que me había dado la otra loca que atendía en el fondo. Viendo el papelito sellado, sonrió resignado diciendo "ah, si... pasá". [Hacete el magnánimo ahora, seguro que antes me cortabas las piernas si osaba poner un pie del otro lado]. Había otras personas siendo atendidas por la campechana que me mandó a hacer turismo al local de fotocopias, así que esperé unos minutos más [ya tenía práctica] y me atendió nuevamente entregándome un talón amarillo al tiempo que se quedaba con mi título de rehén diciendo: "Pasá por caja". [Este es el momento mágico de todo el trámite, donde recordás que el punto de esto es darle unos pesitos al Estado] La caja quedaba al lado y tenía una lista de precios al mejor estilo menú de restaurante. "Legalización de títulos --- $3", leí. Me acerqué a la ventanilla donde atendía otra persona, y, aguantándome las ganas de decirle "unas papas y una Coca grande con mi sándwich de pan de campo, por favor...", le di el talón amarillo que indicaba mi trámite, y aboné los $3, sabiendo que en breve sería libre. Me entregó el talón una vez más, ahora acompañado por un nuevo amigo: el ticket. Rápidamente volví con la otra que tenía mi título de rehén, y no estaba atendiendo a nadie. Acto seguido me entregó la copia legalizada, la cuál no difería en nada de mi título. [En realidad yo estaba pagando cuando ella selló la copia]. Así que dije: "¿Esto se entrega así cuando me lo pidan, o falta algo?" "Ahí está el sello, del lado de atrás", contestó con aires de grandeza. Bueno, querida, yo no trabajo con vos, nunca legalicé un título, y no soy notariado ni escribano público, ¿ok? Perdoname por vivir. [Aclaro que eso no lo dije, sino que me limité a mirarla con desprecio]. Todo terminado. Ticket y talón destruidos en la emoción del éxito. Me apuré hacia la salida, acomodé mis papeluchos en el morral y partí para nunca volver. [Eso espero] iPod conectado, "Play" apretado y audífonos colocados. Ese caos de gente y aranceles quedó detrás mío. -L.D.
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Larga espera en el subsuelo.