Vamos de compras... pero sin comprar.
Luces, cámaras, toneladas de pochoclo, gente masticando como animales... ¡acción!
Si me dieran $0,10 por cada minuto de espera.
Paréntesis: opinión sobre futbolistas.
Mi paciencia se autodestruirá en 5 segundos.
Tom Cruise: quiero mis 14 pesos. ¿Cuáles? Los que me robaste.



Meses pasaron desde la última vez que fui al cine, y esa ausencia fue motivada principalmente por la carencia de títulos que valieran la pena. Con el reciente estreno de Misión imposible 3 ["M-I-III" para los puristas] creí encontrar una razón de peso para recaer en los brazos del séptimo arte. Sin embargo, si bien yo estaba encaminado a verla, la crítica de La Nación, con sus 4 estrellas, fue el punto determinante. [Última vez que le hago caso a esas críticas, ya verás por qué...] Vi que mis dos cines de preferencia, uno del centro, y el otro del shopping Abasto, obviamente tenían esta película en cartel, pero con una diferencia de media hora a favor del Abasto. Hablando en criollo: la del Abasto empezaba a las 16:30 [o eso decía el diario], contra la del cine del centro que empezaba a las 17:10. "Aunque es más caro... pero es más cómodo y tiene la tecnología que todos queremos", pensé. Evidentemente, elegí ir al abasto, y emprendí la travesía.
iPod cargado, con 66 temas elegidos cuidadosamente [no realmente, iTunes lo carga por mi. Menos hago, menos haría] subido al colectivo, comencé el viaje hasta el cine yanqui que tienen ahí. De lejos vi el caminito estilo "laberinto de banco", para comprar entradas. Siempre lo mismo. Si no fuera por las doce cajas [o más, la verdad no las conté] que había habilitadas, eso hubiera sido una espera tipo "trámite en administración pública". Por suerte, no fue el caso, por lo que le doy crédito al Abasto por eso. Francamente, si voy a matar una tarde de mi vida en un cine, prefiero que sea dentro del mismo que en la fila sacando la entrada. Llegué al principio de la fila, con una parejita acaramelada siguiéndome y algún que otro individualista todavía más atrás. Estamos en todos lados. Nadie sabe exactamente lo que pensamos o hacemos, pero estamos ahí, vamos a los mismos lugares, pero hacemos las cosas de distinta forma. Aún así somos un misterio para el común denominador argentino. Es como la fotito del Che Guevara, está ahí, pero sabemos poco y nada de ella. Y antes de que alguno se sienta tentado a rotularme bajo alguna facción política, quiero apurarme a aclarar que no pertenezco a ninguna, porque ningún político me representa, ni lo hará nunca, a menos que diga: "hey, voy a robar y a cobrar un sueldo por no hacer nada, votame". [Si alguno lo admite lo voy a votar por sincero, porque al menos lo dice...]. En lo que a mi respecta, cuando voto voy a elegir "quién me va a joder menos durante x periodo de tiempo mientras disfruta de un salario inflado y promete gansadas que no va a cumplir" [¿Cínico o realista? Vos sabrás...]. Dejando la opinología de lado, y retomando la idea de la fila del cine, me llegó el turno, y pasé por la caja, donde especifiqué que quería entradas para la función de las 16:30, y donde obtuve una negativa. <Dramatización>
VAMOS DE COMPRAS... PERO SIN COMPRAR. Contrario a lo que yo pensaba, fue primero a la estantería, y buscó. Yo terminé encontrando antes que él un libro que me servía. Se lo pasé, y me dijo el precio que consultó en la pc. Sacando de la galera la vieja frase "gracias, en todo caso me doy una vuelta en la semana y me fijo, hasta luego", me fui. Traducción: "Gracias, pero ni loco te lo compro porque es caro, hasta nunca". Lo peor de ser comerciante debe ser atender a la gente y que no te compren. [O simplemente atender a la gente]
LUCES, CÁMARAS, TONELADAS DE POCHOCLO, GENTE MASTICANDO COMO ANIMALES... ¡ACCIÓN! Me dijo: “Sala 12”. Si, ya lo sabía. Leí la entrada. Tengo la costumbre de revisar lo que me entregan, gracias. De cualquier forma, fui hasta la fila que se había formado y esperé detrás de una mujer con muletas. Alguien debió avisar a los de adelante que se podía pasar, porque de repente la fila se desintegró y fue un “cada uno por su cuenta”, donde entraron como desesperados para reservar asientos. Éramos pocos. En ese momento, cuando la fila se desintegró, vi las muletas de esta mujer por primera vez, cayendo en la cuenta de su situación, y pensé: “¿La paso o espero que entre? La entrada está allá adelante, y si espero que ella llegue, le va a tomar unos minutos. En realidad ya no hay fila, y todos entraron, encima creo que hay dos puertas, así que no veo la razón para no pasarla, no es que le estoy sacando el lugar, porque el cine va a estar vacío. Ok, la paso…”, pensé. Con esa justificación, la esquivé fácilmente y entré, comprobando que el cine estaba, efectivamente, vacío. [Y mi conciencia, tranquila]
SI ME DIERAN $0,10 POR CADA MINUTO DE ESPERA… Comenzaron las preguntas estúpidas, previas a toda película. Lo curioso fue que como actualmente hay dos temas [el Código Da Vinci y el mundial], las preguntas se mezclaban entre ambos temas. Así, una de ellas era: “¿Quién se sentó a la derecha de Jesús en la última cena?” y luego de la respuesta, que no vi porque estaba escuchando música, la siguiente fue: “¿En qué club debutó Hernán Crespo a los 13 años?”. Lo peor es que esta respuesta sí la vi: River Plate. Gracias, un dato invaluable para la vida. Luego otra preguntaba cuántos millones de euros se habían pagado por no se qué jugador.
PARÉNTESIS: OPINIÓN SOBRE FUTBOLISTAS. Es siempre gratificante ver cómo se gastan millones y millones de dólares, pesos, euros, yenes y alguna otra moneda rara, en jugadores de fútbol. No, en serio. Es muy lindo, quiero decir ¿no es lógico gastar esa cantidad de dinero en gente que patea una pelota? Claro que sí. También está muy bien que los glorifiquen y reverencien por patear esa pelota. Está perfecto. Ellos se lo merecen mucho más que los médicos, bomberos, y personas que sí hacen algo por el resto, cobran miserias, y muchas veces trabajan ad honorem. Esos no nos sirven, no. Son basura. Si total no juegan al fútbol, ¿para qué están? lo único que hacen es ser productivos para la sociedad y nada más, no viven de patear pelotas. Es más: ¿por qué no dejamos nuestros trabajos, estudios y vidas, para dedicarnos a hacerles la vida más cómoda a los futbolistas? Ya sé: regalémosles nuestras propiedades, entreguémosles a nuestras mujeres [medio machista sonó eso], y agarremos grandes hojas para abanicarlos por si correr detrás de la pelota los acalora demasiado. Todo sea por ellos, nuestros dioses e ídolos indiscutibles, ¿verdad? Total, los que sí producen, los que salvan vidas, los que curan el cáncer, y hacen todo eso gratis, esos no importan, no, son “gente común”, son inservibles, son borregos como el resto. Lo peor de todo es que existe gente con esta mentalidad. Y aunque hace años me hubiera reído por la estupidez de estas personas, ahora no puedo creer que en serio exista un pensamiento así. [Hasta donde sé, el pensamiento está basado en la razón] Pero, hey… ¡Vamos Argentina en el mundial! ¿O no? Porque en un mes, el mundial terminó, ellos se llenaron de guita, y el resto seguimos como estamos. ¿Encima tengo que vitorearlos? Si no le doy las gracias a las personas que realmente hacen algo por la sociedad, y en consecuencia, por un egoísta como yo, [puedo ser egoísta, pero no desagradecido con los que realmente se lo merecen] no esperes que un deportista reciba mis felicitaciones por patear una pelota, no en esta vida. Esta es mi opinión, no condeno a otros por pensar distinto, y espero que vos sepas respetarla. Listo, gracias. Realmente quería decir eso hace años.
MI PACIENCIA SE AUTODESTRUIRÁ EN 5 SEGUNDOS. Comenzaron los avances [“coming attractions” o “trailers”, en inglés], que solían ser una de mis partes favoritas de toda la experiencia cinematográfica cuando era chico. Aparentemente eso fue hace mucho tiempo, porque lo único que quería era ver la película de una maldita vez. Eran las 17:30, lo cuál comprobaba mi teoría de antaño: la película no empieza a las 17:10, lo que empieza son las publicidades y demás nimiedades; la película en sí, empieza a los 20 minutos. Veinte minutos de publicidad y preguntas estúpidas sobre cine. [Y sobre el mundial, no sabemos por qué. ¿Acaso hay una película sobre el mundial? Solo eso faltaría] Entre esas publicidades, destaco la de una empresa de viajes, que por alguna razón que desconocemos decidió publicitarse en el cine. ¿No debería hacerlo en un aeropuerto o en las agencias de turismo y lugares afines? No sé, me parece a mí. No me imagino a alguien diciendo: “Vamos a ver ‘X-Men 3’ y de paso elegimos micro para ir a Córdoba”. Sinceramente, si voy al cine, lo último que me viene a la mente es viajar en micro, pero quizá me equivoco. Luego de esto, llegaron las aclaraciones pertinentes, que consisten en algunas instrucciones como “Ubique las salidas de emergencia”, [nada difícil, tienen una luz verde brillante que vería Stevie Wonder], “Apague su celular” [a muchos les cuesta entenderlo], “No vuelva al lugar de los hechos en caso de incendio” [y yo que quería cocinarme vuelta y vuelta], entre otras; pero la mejor, y que no había visto nunca antes, fue simplemente impactante. Me impresionó y emocionó. Decía algo como “Retire al bebé de la sala si llora”. ¿Qué puedo decir? Solo se me ocurre esto: ¡BRAVO! Esa orden por sí sola, y el prócer que la escribió, merecen una ovación de pie. [No puede decirse lo mismo de la película, en breve llegaré a eso] Solamente nos queda poner esta hermosa normativa en cada colectivo, cada lugar público, cada tren, cada teatro, cada shopping, cada aeropuerto, y, en definitiva, cada lugar que amerite llevar niños. Me parece genial que la gente tenga hijos, brindo por ellos [bueno, quizá no sea para tanto], lo que no me atrapa demasiado es que cuando no los saben manejar, y lloran, patalean, gritan, chillan, gimen, jadean o qué se yo, tengo la desgracia de estar cerca presenciándolo. Y, para ser completamente sincero, me molesta. Estoy harto de los grititos de los pibes. Lamento que mi opinión pueda ofender a algunos, pero si los padres de todos esos chicos se pusieran en mi lugar, quizá verían las cosas de otra manera, y tratarían de cambiar esa política de “dejá que juegue el nene”, donde “jugar” es para el nene gritar y joder a medio mundo [hablando mal y pronto]. Si todos nos levantáramos de nuestra mesa cuando estamos comiendo en un lugar y le dijéramos a los padres de alguna pequeña bestia que nos complica la existencia: “Los gritos de tu vástago me molestan. Controlalo. Es tu trabajo, no el mío. Yo también tengo derecho a vivir. Gracias”, todo sería distinto. Porque esos padres tendrían vergüenza, y lo controlarían, o mejor aun: no saldrían con el pequeño gritón, dejándonos en paz a los que queremos vivir nuestra vida sin molestar al resto.
TOM CRUISE: QUIERO MIS 14 PESOS. ¿CUÁLES? LOS QUE ME ROBASTE.
AL FIN, EL FIN. Finalmente, la pantalla se oscureció, el sonido se apagó gradualmente y los nunca tan esperados créditos comenzaron a subir lentamente, como el amanecer luego de una larga y tortuosa noche. [Demasiado tortuosa, según yo] iPod reencendido, y audífonos colocados. La música le daba ambiente a mi huída de ese desastre del celuloide. Me levanté al tiempo que agarraba la campera, y salía rápidamente, mientras el resto despertaba de un coma milenario. Había en el fondo un cartelito de salida. Llegué hasta él, y toqué lo que creí era una puerta, pero resultó ser una pared. “Ok, no es por acá. Yo entré por ahí”, recapacité. Debía girar a la izquierda, y salir por donde había entrado. Pasé a una mujer que ya estaba parada, y me dirigí rápidamente a la clásica rampa blanca de salida. Las piernas ya comenzaban a responder como debían, sin calambres. Me fui poniendo la campera mientras bajaba la antedicha rampita, y escuchaba la oleada de gente lejos, a mis espaldas, a un piso de distancia. Alcancé la escalera mecánica que llevaba a planta baja, esquivando algunos muertos en el camino. Apenas llegué, abrí una de las puertas de vidrio y salí. Me encontré bajando esa ridícula escalera con escalones de 1 cm, de a varios al mismo tiempo. En tiempo récord estaba en la calle, me encaminé hacia la parada de mi colectivo, que casualmente ya estaba ahí. Crucé la calle que casualmente tenía paso a mi favor, y subí al bondi. -“80” le dije. Me senté y el colectivo arrancó. Hacía apenas 3 minutos estaba en el cine, por suerte había dejado esa fábrica de bostezos atrás. Última vez que le hago caso a las críticas del diario para elegir una película. -L.D.
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Tarde de shopping y cine.