ACLARACIONES PERTINENTES.
Uno: Esta historia está escrita en tiempo presente. Como si los hechos se fueran dando ahora, a medida que la leas.
Dos: Ésta es por lejos la historia más larga que he escrito hasta la fecha. Más de seis mil palabras decoran todo esto, así que te sugiero lo siguiente: ponete cómodo y disfrutá de la función. No es algo para leer en el colectivo aguantando a la gente que te empuja porque quiere tu asiento. No, no, es algo para disfrutar cómodamente. [Aunque cada cuál va a terminar haciendo lo que quiera y leyéndola cómo y dónde se le cante]
AQUÍ VAMOS.
Con el inminente parcial de Sociología avecinándose al día siguiente, estaba buscando un lugar tranquilo para estudiar. Tenía los resúmenes que había comprado en la librería de la vuelta del CBC. Pensaba leerlos y “re-resumirlos”, si se puede decir tal cosa. [Y si no, que la Real Academia me perdone la vida]
Siempre tuve esa imagen de tranquilidad y paz al pensar en una biblioteca, donde no pasa nada y todos están calladitos con temor a Dios y al mundo. Al menos eso es lo que pensaba hasta hoy. Porque en la vida real… nada más lejos de la verdad.
TANTEANDO EL TERRENO.
Cruzo la puerta de madera de la biblioteca, una de esas que se abren para ambos lados, y me siento cerca del fondo. En total hay siete mesas. Al menos tres de ellas son grandes como para contener a unas ocho personas cada una. A mi derecha hay una mesa más chica, y delante de ella otras dos. Delante de mí, una más, esta vez de las grandes. Todo este show descriptivo viene a cuento de los personajes y sus ubicaciones.
Apenas llego empiezo a sacar mis cosas. Hay un volante al otro lado de mi mesa. A medida que los primeros minutos pasan me siento tentado a dejar de resumir para, en lugar de ello, escribir sobre todas las personas que están acá conmigo. No somos más de diez. Cada uno tiene sus características particulares. Y uno de ellos es, ¿cómo decirlo?, desesperante. Finalmente sucumbo a la tentación dejando de lado los apuntes, pero manteniéndolos suficientemente cerca como para hacer ver que trabajo en algo. [Los oficinistas saben hacer esto con más pericia que yo, lo admito. Fingir trabajar es todo un trabajo. Y si no, pregúntenle al portero de mi edificio, todo un profesional]
Hay una o dos personas por mesa. Ni bien me siento, advierto a la mujer sentada a mi derecha, en la pequeña mesa contigua. Transcurren unos minutos hasta que manda a callar, con el clásico “shh!”, a las dos chicas de la mesa de adelante debido a su aparente griterío. Donde haya ruido, donde la masa amorfa provoque bullicio, allí donde no haya esperanza de pasar un momento sosegado, estará “la calladora” para impartir justicia. [Wonder Woman, fuiste] No se qué edad tendrá, pero vamos a suponer que ronda entre los 30 y los 50. [No soy bueno para adivinar edades, lo sé. Todos están “entre 15 y 80” según mi percepción]
De cualquier forma yo ni me había dado cuenta del chismorreo femenino debido a que cuento con el fiel iPod, mi compañero de aventuras. Empiezo a creer que el perro ya no va a ser el mejor amigo del hombre con la llegada del iPod. De cualquier forma, no me gustan los perros, así que en mi caso lo de “mejor amigo” nunca aplicó. Aparte, ¿mejor amigo de un ser humano es un animal? Para el cazador de cocodrilos [descanse en paz, me caía bien] que salía en los documentales de Animal Planet, quizás, pero no para alguien más común. Incluso un individualista empedernido [si, yo, ¿cómo supiste?] reconoce que el mejor amigo de un hombre debe ser otro hombre. [O mujer, por supuesto. No nos vamos a poner sexistas ahora]
Antes de que comience a desvariar sobre la amistad entre el hombre y la mujer, retomemos el hilo de esta narrativa. Las dos chicas que iban para hablar de la vida en vez de hacer algo relacionado con la facultad, se van en poco tiempo, llevándose todos sus trastos. La calladora sigue sin mover un músculo, totalmente compenetrada en su lectura con un fervor y una concentración que el Dalai Lama envidiaría. [¿Será envidioso el tipo? No me lo imagino pensado: “uh, qué linda túnica anaranjada, yo quiero esa también”. Pero claro, si Paris Hilton es cantante, todo es posible en este mundo]
Precisamente, a consecuencia de la ida de estas chicas, se mueve de lugar el inconforme de turno, desde una de las mesas grandes, a la que ocupaban ellas, más pequeña y con capacidad para unas o dos personas. Al lado de ella hacía acto de presencia una discreta estufa. El tipo se acomoda lo mejor que puede, saca todo su repertorio de vituallas y chucherías para finalmente disponerse a leer.
Al mismo tiempo detrás de mí, el bibliotecario agarra un libro, o algo así, no tengo idea. Esto es porque en el CBC tienen la bonita costumbre de poner una suerte de estanterías o armarios en los lados de cada aula. No sabemos para qué, sinceramente, pero ahí están. Lo interesante es que en las aulas no sirven para nada, solo en la biblioteca cumplían una función distinta a la de un objeto decorativo.
“MÍRENME”, O DEBERÍA DECIR “ÓIGANME”.
El personaje del cambio de asiento comienza ahora a sacar de su mochila una bolsita ruidosa de plástico, al mejor estilo Coto. [Cuántas cosas se pueden criticar de ese super, me encanta, siempre encuentro algo nuevo. Si no es el olor a carne pasada que se huele a dos góndolas de distancia, son los productos apilados “a la que te criaste” a mitad del pasillo o, cuándo no, las dos cajas rápidas de las cuáles solo hay habilitada una. Y es lenta. Coto, Coto, yo sí que te conozco]
Entonces saca uno de esos paquetes de snacks, en este caso creo que eran los que tienen forma de conito, llamados “3D”. Por cierto, no entiendo por qué se llaman 3D. Es decir, todo es 3D, todo tiene tres dimensiones en este universo, no solamente ese producto, las papas fritas también. Si no las tuviera sería un mundo plano, de dos dimensiones. [Algo de Álgebra me quedó. Abramos el oporto para celebrarlo] Hasta donde sé no somos un dibujo animado, entonces a qué viene la charada del 3D es lo que quisiera saber.
Se imaginarán el ruido que provoca la bolsita de plástico, el paquete de 3D y el tipo masticando. Sumemos a la ecuación el “crunch!” de cada snack nuevo que engullía. Insoportable. No solo me enferma cuando un pobre infeliz come con la boca abierta, sino cuando además hace ruido con el paquetito de plástico. Las ganas de ahogarlo en un mar de productos fritos hasta que sus arterias se saturasen de grasa no se hicieron esperar.
Me alteraba casi tanto como un concierto de Robbie Williams [Hablando de él: ¿Podemos castrar a ese enano creído, por el amor de Dios? Es un doble beneficio para el mundo: le cambiaría la voz y no se haría el gran winner porque no tendría con qué. Robbie: Si tenés mujeres me parece muy bien, pero alardear sobre eso es simplemente de mal gusto. ¿Acaso yo cuento mis amoríos lujuriosos en estas historias? No. Si querés ser respetado no hagas “kiss and tell” (besar y contar)]
Para completar la escena, el tipo ahora saca de la mochila [léase “galera mágica que todo lo puede”] un tretapak de Baggio sabor manzana. Si, me leyeron bien, eso escribí. Faltaban el mantel a cuadros y las hormigas para que el picnic estuviera a punto. No conforme con el almuerzo/merienda que se está dando, empieza a hacer ruido con la rosca de la tapa del jugo, que parece tener una traba plástica. Esto me recuerda a los envases de condimentos con el sistema “abre fácil” que de fácil no tienen nada, porque nunca podés agarrarlo bien para tirar de los extremos y abrirlo, a causa de la dureza del plástico. Prefiero el “abre difícil”, gracias.
Apenas termina de quitarse el probable aliento a 3D rancio con jugo de manzana, vuelve por un segundo round de snacks. “Pero cómo le rinden” pensaba. A mí jamás me duró tanto una bolsa de comida rápida. Quizá sea porque hace años que no consumo que debo haberme perdido de algo aquí: o los paquetes son más grandes o este tipo disfrutaba de cada “crunch!” como si no hubiera un mañana. [Y las ganas de que no lo hubiera para él se acrecentaban a cada momento]
Eso no es todo, no, por favor, faltaba más: ahora tocaba el turno de la naricita. Saca el pañuelo y ¡a la carga!, con unas sonadas que parecían provenir de una corneta de Chevy. “Basta, basta, no lo soporto más” pensaba yo [No soy un tipo paciente, es cierto]. Estaba harto, a decir verdad. Cuando terminó la función de la espectacular corneta humana, me dije: “bueh, ya está. A ver si ahora me dejás de joder”. Pobre de mí, otra siempre bienvenida ración de 3Ds hacía acto de presencia para ahogar las penas en sal y grasas saturadas.
Ahora que lo pienso desde un punto de vista positivo, me doy cuenta de que al menos morirá de colesterol algún día. O de un paro cardíaco. Y si fuma, aún mejor, ya está bajo tierra. Con un poco de suerte muere antes que yo. Algo es algo. [No conozco misericordia cuando no soporto a alguien, y no tengo tabú alguno en reconocerlo]
Bautizado como “chico picnic” o “picnic boy”, es el sueño de un comerciante y la piedra en mi zapatilla. Ah, y claro, nada mejor que otro trago de Baggio manzana para bajar los 3D. No sea cosa que se pierda algo de esa combinación tan original. Jugo de manzana con snacks, brillante. Lo voy a agregar a mi lista de comidas preferidas, justo debajo de “merluza con té de manzanilla”. Ya sé, ¿por qué no un “bife de chorizo con Red Bull”? Que sea el plato del día. [Sobre gustos…]
Dejando al insoportable picnic boy de lado, miro por encima el entorno y veo un par de audífonos blancos en la habitación. No son los míos. Son de otro. Hay otro iPod aquí. O quizá no, y es una de esas imitaciones que abundan. Me puedo dar cuenta al ver los audífonos de cerca; de lejos como estoy me resulta difícil. De cualquier forma, no soy el único con la táctica “conecto el iPod y me desconecto del mundo”. Yo estaba bastante conectado de todas formas. Precisamente a consecuencia de esto, noto que el bibliotecario no tiene nada mejor que hacer que echarnos el ojo a todos. Yo lo veo cuando él mira en mi dirección. Es bárbaro cuando agarrás a la gente en estas situaciones, siempre miran para otro lado con cara de “¿quién, yo? no, yo no vi nada” y se hacen los dolobus magistralmente.
MÁS PERSONAJES QUE PLAZA SÉSAMO.
Además de la calladora y el picnic boy, se suman algunos más a esta gran charada. Delante del ruidoso que degusta su incontable ración de snacks, hay otra chica jugando con el celular. Supongo que ella tendrá fe en que las cosas le van a entrar por telepatía si se queda sentada ahí con los libros abiertos. Eso es ser positivo. Es creer en el poder de la mente. Muy bien, brindo por eso. [A menos que seas un faquir, dudo que te funcione. Y aún así]
A todo esto, el otro sigue con el aperitivo de media tarde. Ya que estamos, aprovecho para sacar a tema esto: ¿se puede saber por qué los comerciantes hacen envases ruidosos? Si estás en un cine nunca falta el infeliz que se pone a comer caramelos, con el consecuente ruidito del plástico para desenvolverlo. Lo mismo con galletitas, barra de cereales, snacks, alfajores, etc. ¿No pueden hacer envoltorios de papel? Si, papel. El papel no hace ruido al abrirlo. Realmente no tengo por qué enterarme si la gente que me rodea está comiendo. No quiero saberlo, señores comerciantes. Hagan envoltorios de papel. Basta de este fetichismo por el plástico en la industria. [Eso me quedó como pancarta de Green Peace]
Un solitario que ocupa la mayor cantidad de la mesa con sus cosas para evitar que la gente se le siente al lado [qué nostalgia, yo también era así. Por suerte lo superé] está dispuesto a huir. Al irse deja restos de papeles sobre el lugar de los hechos. Esta es la clase de egoísta maligno que nos da mala fama a nosotros, los “egoístas benignos” [me adjudico la autoría del término], o individualistas. La diferencia es que yo, como benigno, no perjudico al resto. No dejo basura para el que viene atrás. Me molesta eso. Así como a mi me gusta llegar y que no haya basura, parto de eso para no hacerlo yo y entender que si fuera el que viene atrás, no tendría por qué tolerar que el anterior sea un desconsiderado. Seamos egoístas con códigos, eso es sano para el ambiente.
Cuando el picnic boy se había cambiado de mesa, dejó solo a otro chico que leía un libro tranquilamente. Es bueno saber que alguien hacía algo relacionado con la lectura, un concepto revolucionario para todos nosotros que estábamos haciendo cualquier cosa salvo eso. Yo los analizaba, la otra jugaba con el celular. Todo al ritmo del infaltable “crunch!” del masticador con la cuasi infinita reserva de snacks. Supongo que uno pretende de alguna forma adquirir el conocimiento sin tener que leer nada. Pues lamento decepcionarlos, eso no puede ser. Las cosas no entran por ósmosis. Dios sabe que yo lo he intentado por años, y no, no da resultados, créanme. Aún hoy lucho conmigo mismo para dejar esa insana costumbre de “ah, mañana lo hago” que empuja todo hacia delante y jamás concreta nada.
Volviendo al punto, el solitario de la lectura está ahora acompañado por dos chicas en cada lado de la mesa. Por un lado hay una con una mochila rosa y luego otra con una pose en la que sostiene un resaltador que emplea para resumir. Esto merece otro paréntesis. No entiendo cómo la gente considera útil resaltar algo para resumirlo. A mi no me funciona. Yo prefiero usar la vieja técnica del resumen, con mi toque personal donde el resaltado no tiene cabida. Yo no resalto, no creo en eso. No me sirve ver fragmentos de colores sin relación alguna a lo largo de la hoja del apunte. Peor aún los que resaltan párrafos u hojas enteras. “Es que todo es importante” te dicen. A ver, repasemos el concepto detrás de la acción de resumir: sirve para tomar lo más importante del texto y estudiar esa síntesis. Ahora, si el apunte es en sí mismo una síntesis, no es posible seguir exprimiendo ideas; entonces ahorrá colorcitos chillones y estudiá el apunte. Sinceramente, para pintar todo es lo mismo no pintar nada, estará al mismo nivel visual. La idea de resaltar es que lo resaltado llame la atención, “resalte” precisamente, y el nivel visual de eso que marcaste quede diferenciado del resto, provocándote mirarlo y memorizarlo. Es por eso que no se deben resumir párrafos enteros, carece de lógica. De lo contrario, resumir es tan útil como gritar al lado de un Jumbo 747 con los motores encendidos.
En la mesa de mi izquierda, la que contenía al dueño del supuesto iPod, hay otro estudiante durmiendo desparramado en la silla. Encantador. Yo me rasco, este duerme, el otro come, y la de más allá sigue dale que dale con el celu. Entre todos no hacemos uno, la verdad. Igual yo cada tanto resumo algo de mi trabajo [cuando nadie hace nada digno de mi atención, al menos]. Ahora en serio, el pibe estaba durmiendo. ¿Qué podrá tener de atrayente la biblioteca que empuja a la gente a ir y quedarse ahí por horas haciendo lo que sea excepto lo que se supone que tienen que hacer?
El que come como cerdo de matadero le está dando una leída a su apunte. El dormilón no es para nada sutil en sus intenciones. Sentado se abraza a la mochila y ahí queda, rendido al porvenir. Llámenme criticón pero me parece que en algún momento se perdió la idea detrás del concepto de ir a la biblioteca. O sea, si, como ir, vamos todos, el tema sería también hacer algo. Sino es como mi caso con las materias de matemática: me siento, copio, digo que entiendo cuando alguien pregunta [-“¿entienden?” –“pero si, ¡más fácil que la tabla del 1!”], para que apenas llegue la hora de salida, me las tome lo antes posible, intentando despertar de ese aburrido letargo que se apodera de mí durante la clase. Cabe aclarar que los resultados de esta artimaña son nefastos. [No me interesan las matrices ni los puntos y/o planos. Soy hombre de palabras, no números]
ACTORES DE REPARTO.
A esta altura, el picnic boy está en modo contemplativo. Nos mira a todos, divaga un poco. Una joyita. Lo fantástico es que está callado. Eso sólo es digno de mérito. Valorémoslo porque no va a durar mucho en este estado.
Entra uno más. Tiene traje y mochila. Es “el oficinista”. Lo que no entiendo es por qué hay gente que usa mochila si llevan saco y corbata. Es como llevar remera de los Redondos y portafolio de cuero italiano. Así como una cosa es absolutamente ridícula, la otra también. Al menos para mí, carece de la más mínima sensatez y sentido estético. [Soy diseñador web, y lo aplico a la vida, por eso soy tan insistente con estas cosas. El diseño está en todos lados]
Paralelamente, la chica del celu está ahora con las manos juntas mirando perdida la mesa, como si de la lontananza se tratara. No hay ningún horizonte para ponerse a ver en una biblioteca, pero ella se las arregla igual. Muy bien, eso es voluntad. Aplauso para la nena, por favor.
El del supuesto iPod se va, llamando la atención del dormilón, quién espera unos minutos para recobrar el aliento y finalmente emprender también la huída. [Mucho trabajo por hoy, mejor andá a casa a dormir la siestita] El bibliotecario está perdido en la pantalla de su PC. La única computadora que vi en todo el tiempo que estuve cursando el CBC. Empezaba a creer que no había. Y por eso no existe la carrera de diseño web en la UBA. [Si así fuera, otro gallo cantaría]
Análogamente el del picnic sofoca sus penas en un profundo trago de Baggio manzana. Tengo que averiguar dónde compra los víveres. Le duran tanto como las publicidades prometen. ¿Será que dicen la verdad? No puede ser, me niego a darles el beneficio de la duda.
Entonces llega el “común denominador”. Le digo así porque viste buzo negro y jean azul. La originalidad personificada. Es como ver una estadística. Si en vez de buzo llevara una polera, sería Steve Jobs, el CEO de Apple. [Gran personaje para los que tengan Mac. Bah, para mí también, y no tengo una. Por ahora] Simultáneamente, la del cel se estira dejando atrás los calambres de la posición, cosa que al mismo tiempo corre su ropa hacia arriba. Obviamente no había nada que ver ahí. Esto siempre pasa en la gente que no tiene qué mostrar o que sí pero no te da el ángulo para hacerlo. [El universo es una gran jugarreta cósmica]
Segundos después llega “el hincha”. Viene justo a mi mesa, por supuesto. Se sienta en el lugar opuesto al mío, para luego acomodarse en la posición de cabecera, estilo patriarca de la familia Corleone. Lleva puesta una remera de River, pero es de esas de color negro con el logo del club. Que alguien me explique esto porque la verdad no doy bola en el tema deportivo: si existe la camiseta oficial de River, que es la blanca cruzada con una franja diagonal roja, ¿la remera negra qué significa? ¿Es otra versión? ¿Es otra cosa? ¿Es para destacar un tipo de hincha de otro? No tengo idea. Honestamente, hace años trato de deducirlo. Todos los clubes tienen esas dos versiones de sus remeras y no encuentro explicación alguna, todo me lleva a callejones sin salida [Tampoco es para tanto melodrama, pero quiero saberlo]. Que alguien me tire un hueso en este tema, por favor.
Volviendo a lo que nos acontece, el tipo tiene una pila de ejercicios resueltos de Álgebra [yo también, se compran]. El picnic boy, que estaba tranquilo, chasquea los dedos sin motivo aparente. Increíble. Se olvidaron de avisarme que hoy había práctica de coro, parece que me perdí la noticia. Traigamos a Sofovich para hacer el espectáculo. [¿Dónde podremos conseguir una vedette escandalosa y algunas plumas a esta hora de la tarde?]
AMBIENTE.
Cuando el corista termina con el show del verano, reparo en mis alrededores. Hay uno de esos cordones de separación que se usan comúnmente para no dejarte entrar a diversos boliches, colarte en filas de banco y demás; solo que aquí está siendo usado para delimitar un área que comprende desde la estantería, con los míseros libros que cuenta, hasta un metro de distancia, formando una suerte de pasillo virtual. La utilidad del cordón es, quizá, evitar que alguien se lleve un libro “por error”. O evitar que se de el contacto humano con el libro antes de que se lo pida uno al bibliotecario. Por la cantidad de trabajo que parecía tener este personaje, creo que el cordón lo puso él mismo para tener contacto humano con alguien, aunque fuera para pedirle un simple libro de texto. [Bibliotecarios. No los entiendo. Increíble que alguien quiera laburar de eso. Quizá no quieran, pero es lo que hay, ¿a alguien le importa? A mí no]
Sobre lo más alto de la estantería hay tres macetas con unas plantas que han visto mejores épocas [quiero creer]. Lo curioso es la ubicación, dada la extensión de la biblioteca, poner las macetas ahí, con el trabajo que significa treparse hasta arriba para regarlas, es toda una hazaña. Bah, debe serlo, yo no lo haría. [Con una módica suma de efectivo podría llegar a tentarme, eso sí] Algunos estantes permanecen vacíos. No sólo la variedad de libros carece de eso mismo: variedad, sino que encima no disponen de lo mínimo para llenar todos los estantes. Qué se yo, por lo menos finjan que tienen material, muchachos, en vez de abarrotar dos estantes al tope y dejar uno vacío, dejen los tres a medio llenar y listo. [“Si hay miseria que no se note” decía mi profesor de Geografía. Qué gracioso era ese tipo. Un poco narcisista, pero gracioso]
Luego de todo este trajín, me tomo un descanso del análisis sobre la gente y dedico mi atención al trabajo, que al fin y al cabo es la razón por la que estoy aquí. Para agregar emoción a la atmósfera se escucha a alguien toser de fondo. Es como esa tos en off para dar énfasis al silencio imperante. Siempre pasa que cuando tose el primero, ya sea por valentía o porque no puede aguantarse, enseguida se prenden todos a coro en un ataque masivo de tos o se suenan la nariz aprovechando el momento. No creo que sea casualidad, me parece que se mandan cuando lo escuchan. A partir del primero está homologado por el resto, “socialmente aceptado”.
La biblioteca tiene una pared que da a la calle. Afuera se escucha un colectivo que se detiene en la parada de la calle, exactamente del lado externo de donde estamos. Una de las ventanas vibra por el motor del bondi. Esto produce un nuevo ruido molesto que irrumpe en mis tímpanos incluso con el iPod encendido, lo cuál no significa mucho si tenemos en cuenta que le bajé el volumen para no incomodar a los que me rodean.
Agotada de tanto mensajito y jueguitos varios, la del cel se las toma, se “toma el palo”, corre al tren, se “pinta de colores”, en fin… se va. Supongo que irá a descansar los dedos, lo único que se le pudo haber agotado luego de tanto traqueteo. De vuelta en mi mesa noto que el hincha, un tipo de unos treinta años, tiene un bolso como yo. También usa las prácticas resueltas de álgebra. Como yo. Y también tiene ojos verdes [No, no me pongo a mirarle los ojos a los chabones, pasa que justo me miró cuando estaba vigilando para ese sector]. “Soy yo, pero de un universo paralelo en el que juego al fútbol, y… eh, bueno, por alguna razón soy diez años mayor”. Aunque si es de un universo paralelo, el tiempo tendría que transcurrir de la misma forma. Ergo no podés ser más viejo o más joven en los infinitos universos que deben existir. Al menos eso creo. Que algún físico cuántico me ilumine en este tema. [Esto pasa por enfrascarse en las hipótesis de física cuántica de Stargate. Qué buena serie. Es adictiva como la heroína... supongo]
Dejando la física cuántica de lado, algo que me fascina pero que no hace a esta historia, al “yo del universo paralelo” se le caen las llaves del bolsillo. Es curioso como cuanto más se trata de lograr silencio, inconscientemente se producen más ruidos. [O será que el supuesto silencio agudiza la percepción de los sonidos mínimos, quién sabe. Nadie lo hace a propósito, lo entiendo, incluso el enfermo del picnic no debe hacerlo deliberadamente] Entonces el hincha (o el “yo del universo paralelo”) deja las llaves en el asiento junto al suyo. También tiene una calculadora como el picnic boy.
El Sol está bajando. La sombra proyectada del árbol de afuera a través de la ventana se está dibujando lentamente en la hoja de mi cuaderno. La calladora se rasca y sigue leyendo lo suyo, impávida, enfrascada en su mundillo de estudio. [A mi me vendría bien esa concentración en más de una materia, lo admito]
El “yo del universo paralelo” comienza a patear el tubo rectangular que está debajo de nuestra mesa y que une las patas de la misma. Sobre la cual yo estoy apoyando mis pies, por supuesto. Ahora que el del picnic estaba tranquilo, faltaba que este otro le disputara el cargo de “boludo de turno” pateando el tubo y pasándome la vibración a mí a través de la mesa. Afortunadamente termina al poco rato.
Mientras tanto, vuelve la otra y sin perder un solo instante se echa lo mejor que puede en su sillita para seguir con otra ronda de celu. Cuándo no.
¡RING! ¡RING! Pregunta: ¿de quién podrá ser el celular que está sonando justo ahora? De quién más: ¡picnic boy! Nadie le puede robar la corona de insufrible alborotador [boludo, hablando en criollo]. Sencillamente no lo soporto más. Me pregunto si se podrá odiar a alguien que conozco hace cuarenta minutos. Todo apunta a que sí. Lentamente cada uno va volviendo a lo suyo; no olvidemos que el celular de ese enfermo nos distrajo a todos.
De pronto, lo impensado. La del celular comienza a escribir, pero no en el aparato, sino en la hoja. Prodigioso. No hubiera visto venir ese desenlace ni en un millón de años. Es como si de repente la inspiración le hubiera asaltado y sus dedos encrespados hubiesen cobrado vida. Menos mal, ya no le tenía fe. Pensé que la habíamos perdido para siempre. [Después se quejan de los nerds con la pc, pero la gente está como zombi con el celular] Ella debe ser víctima de la energía latina que nos atribuyen a todos los latinoamericanos. No hace falta ser Celia Cruz para demostrarlo [“¡Azúcar!”]. Es curioso que se despertó de su letargo ancestral cuando sonó el ringtone del picnic boy. De alguna forma fue el celular el que le devolvió la vida a esta chica. Luego de quitársela por media hora, claro.
NUEVO ELENCO, MISMO DIRECTOR.
Una de las chicas de la otra mesa, la de la mochila rosa, se va. Apenas vuelvo a mirar en esa dirección aparece otro chico que ocupa su lugar. Tiene el look “dejado”. Barba de dos semanas y ropa gastada sin marca. Es como ver a Fidel Castro, pero sin el gorrito pintoresco que siempre lleva a todos lados. [¿El día que se hizo dictador habrá pensado: “hoy toca la gorra verde”? ¿Será su gorra de la suerte?]
Como esta historia no sería lo que es sin nuestro protagonista favorito, seguiré con él. El chico picnic revisa su mochila en busca de nuevos objetos. Parece el mito de la caja de Pandora, en el que esta mujer abre la caja liberando los males del mundo pero observando al mismo tiempo que la esperanza permanece dentro de ella. De hecho, creo que es la analogía perfecta: si el picnic boy abre la mochila se desatan los males que tiene escondidos ahí (3D, celular, bolsas ruidosas, baggio manzana) pero lo que queda en ella es también la esperanza, justo como en el mito. En este caso sería la esperanza de que me dejara vivir en paz. Hablando del mito, siempre digo sobre el asunto de la caja de Pandora que la esperanza es ambigua porque si bien en la caja estaban los males del mundo, cuando Pandora la abrió y los dejó salir, la esperanza fue lo único que quedó dentro. Es decir, por un lado la esperanza es mala porque estaba en la caja, pero al mismo tiempo no parece serlo porque no salió con el resto de los males. Los griegos eran amantes de estas historias rebuscadas. Prefiero a los romanos. Me gusta la pasta. Aunque la inventaron los chinos, por cierto. [Estoy muy “Discovery Channel” hoy]
MIENTRAS TANTO, EN EL BORDA.
Aparece una nueva estrella. Se trata de una mujer de unos cincuenta o sesenta pirulos. Aplaudo la determinación de la señora por entrar a la universidad a esa tierna edad. [Yo creo que estaré muerto para ese entonces. O quizá me clonen en el futuro. Espero que hagan por fin lo de los autos voladores, desde que vi “Volver al futuro” espero eso, se lo deben a la humanidad. Aunque no sé para qué querría uno]
Mientras, el picnic boy se estira y entra otra concursante: la “rubia natural”. Si ella es rubia de verdad yo tengo ojos café [Es de piel morena, imposible que sea rubia; no me vengan con colores que no pueden ser]. “Mmm, algo me dice que no es rubia, tengo una corazonada” [Como cuando tuve la corazonada de que el boliviano del almacén de la vuelta se estaba tragando mis $5 de vuelto. Hasta se lo tuve que probar y discutir. Ladrón. Apenas los recuperé me fui y no volví más] Se sienta al lado del oficinista, que la mira con una mezcla de desdén y “¿quién sos?”. Obviamente este momento ameritaba ser regado en ¡baggio manzana! Toda hora es buena para otra dosis de jugo.
Como se sienta en la mesa del oficinista, quedando justo delante mio, se me dificulta confirmar que está perdida en su celular, pero es evidente por la postura. Otra más. Lo digo, lo repito, y lo vuelvo a repetir: zombis. Recuerdo que en un espectáculo de Enrique Pinti [es uno de los pocos que me hace llorar de risa] él decía (refiriéndose al celular) algo como “lo usan para decir: ‘ya llego, eh? Estoy llegando’”, y lo más triste es que es cierto. La otra clásica del celular es “acá, en el cyber” o “acá, en el colectivo” cuando lo atienden, ¿con quién hablan que les está preguntando continuamente dónde están? Si yo tuviera celular y me preguntaran eso diría: “¿y qué te importa a vos dónde estoy? ¿quién sos, mi novia o mi mami?” Entrometidos. Lo que me estremece de todo esto es que cuando finalmente compre mi celular, que deberá ser el iPhone de Apple [si es que algún día existe], voy a estar de ese lado de la cerca; y lo más probable es que jamás vuelva de esa tierra de perdición y llamadas por cobrar. Seré otro preso del boludeo celular. [Bueno, al menos tendré el teléfono de Apple, eso mitigará el sufrimiento]
Se suma a la fiesta la “chica coca cola”. Está tomando una botellita de la popular gaseosa y tiene una campera de jean azul oscuro. Sumamos trece. Incluso hay una chica más junto al común y corriente. Nunca la vi entrar, es la sigilosa, la “pequeña saltamontes”. Este momento es patrocinado por Baggio, con el cuál regamos la tarde una vez más de la mano del picnic boy. Déjà vu. [A propósito, "déjà vu" significa ”ya visto”, no “ya vivido”, como muchos creen. Se diría "déjà vecu" en tal caso]
Entretanto, dos chicas más se acercan al bibliotecario, [no creo que sea por su facha porque no la tiene ni con toda la furia del mundo], y le preguntan algo por unos segundos. Él responde con una negativa y ellas se van. [Otro momento Kodak, lástima que no tenía una camarita digital]
BREVE PERO CONCISO.
El Sol baja. Mi hoja no se beneficia más con su luz. El común y corriente, “Juan Pérez”, parte hacia nuevos territorios. Una de las chicas también se las toma. Hace ruido con la silla. La calladora se rasca la espalda, estira, y continúa imbuida en lo suyo. Inalterable. Llega entonces una nueva chica, que viene directo a mi mesa a saludar al “yo del universo paralelo”, el hincha. Pero no termina ahí, apenas comienza a hablar no hay quien pueda detenerla. El oficinista se da vuelta sutilmente, mostrando un inexistente aprecio por el conventillo que la chica está armando. Su griterío es tan sutil como un albino en Sudáfrica.
Llega el gran momento. Picnic boy se va. Si, lo que escribí, finalmente se va.
Se fue. Y creo que lo hizo atemorizado por la nueva campeona de la “insoportabilidad”. Digamos que con semejante hormiga parlanchina se nos acabó el picnic a todos.
Llega otra chica, con remera y jean azul. Tiene un corazón blanco estampado sobre la ajustada remera negra que denota interesantes contornos. Se instala en la mesa del picnic boy, ahora perdido en acción. A todo esto, la señora grandecita de edad desaparece. Llegan las “chicas primaria”. Las llamo así porque si algo no parecen son chicas de facultad. Parecen salidas del recreo de primaria, y van directo hacia la “rubia”. Al poco tiempo salen.
Cuando las tres se van, aprecio los carteles chuecos de la pared. Como la “rubia” estaba bloqueando mi campo de visión, al irse me hizo dar cuenta que todo el tiempo, al menos desde que ella había llegado, hubo otra chica sentada delante de su lugar. Era la típica chica de biblioteca, con lentes cuadrados al mejor estilo Laura Novoa. La clase de chica que algún día será ejecutiva o secretaria de algún jefe machista creído que le pedirá “quedarse después de hora”. Dios bendiga la liberación femenina. [Eso sonó algo machista. Y no lo soy, creo…]
Mientras contemplo a la futura mujer de negocios, el bibliotecario se dirige tranquilamente a buscar un libro entre los estantes. Pobre, como nadie le pide nada, se siente tan inútil que él mismo es su mejor cliente. Va y toca los libritos. ¿Quién soy yo para juzgarlo? Cada cuál con su pasatiempo. Brindo por él.
El rezagado del comienzo, aquel que el picnic boy había dejado solo para irse a la mesa individual, se va también. Todo mi elenco principal se está yendo. Es como cuando una serie de TV alcanza las diez temporadas: los protagonistas se van, la emoción se pierde, cambia la dirección del programa, etc. [Ejemplo: Los Simpson. Cómo ha decaído. Desde que les cambiaron las voces no los veo más. Los viejos episodios me hacen reír por milésima vez, los nuevos no me sacan ni una sonrisa. Hora de matar el show]
HACIA EL CLÍMAX.
Las caras nuevas incluyen ahora a una chica de camperita rosa de lana y a la “chica del barrio” con un sweater verde gastado, que apenas llegó se puso a hablar con la de campera azul de jean. [Evidentemente yo no tengo ganas de hacer nada si me pongo a ver semejantes detalles inverosímiles]
El oficinista y la “común” están perdidos en el celular. La calladora se prepara para irse. Pasa por detrás mío en el corto margen de paso que tiene entre la pared y yo. Nada la detiene en su camino hacia la libertad.
Todos los personajes clásicos se marchaban. [“El presidente no tiene quien le escriba” parece esto] La que está a mi lado, amiga del "yo paralelo", es una “ventajita”, ya acaparó media mesa con sus bártulos. Es la clase de persona a la que le das la mano y te toma el brazo. Además de eso sigue hablando hasta por los codos.
CONCLUSIONES ANTES DE LA HUÍDA.
Sólo algunas conclusiones. La primera es que las mujeres tienen un sentido de responsabilidad mayor que los varones [apuesto por ello] o bien, más chicas que varones conocen la existencia de la biblioteca en el CBC. En consecuencia, son más ellas que ellos a la hora de tomarse las cosas en serio y estudiar. Hace rato lo había notado [creo que yo soy la prueba viviente de esta tesis. Sabré de la existencia de la biblioteca, pero no me pidan más].
La segunda conclusión es que el celular está en todos lados. Mal que me pese. La manera en que mantiene conectado al mundo es asombrosa; sin embargo, la forma en que al mismo tiempo mantiene cautivos a los dueños en pequeñas pantallas de colores chillones es alarmante.
Por último, el tercer pensamiento rescatable es que siempre, vayas donde vayas, hay alguien que, por simple idiotez o disculpada torpeza, molesta. Ya sea que se la pase comiendo caramelos en el cine y haciendo la mayor alharaca o tarareando la canción que está escuchando en su reproductor de música.
Ah, de hecho existe una cuarta conclusión: por cada diez personas, al menos una de ellas se va a dedicar a observar y criticar, bien o mal, a las otras nueve. Siempre habrá un observador. Incluso donde parezca que nadie mira, habrá alguien.
Eso puede ser malo si sos paranoico, o te puede resultar completamente indiferente si tu vida es de dominio público o simplemente no te importa. Todos somos observados. Vos. Yo. Eso no significa que sea por malicia, sino mayormente curiosidad ante el entorno. Apenas nos vamos todo se olvida. Fue para pasar el rato. [Ni que nuestra vida fuera tan emocionante, la verdad]
OBSERVAR NO, IRSE SI.
Yo también me voy a ir yendo. No fue un día muy productivo para mí como estudiante, aunque como escritor creo haber compensado el déficit de estudio. Recojo mis cosas, guardo todo en el morral (o bolso), y me levanto sin mucho apuro caminando por el pasillo central dirigiéndome triunfante hacia la salida.
La puerta de madera se abre con la gracia de una bailarina cuando la empujo suavemente. Sigo mi camino sabiendo que se está cerrando ahora detrás de mí.
-L.D.
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