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5693 palabras / 13 páginas

Preámbulo, prólogo, introducción, preludio, prefacio, introito.

Flashback.

Pintando la escena.

¿No lo tenés en naranja?

Paréntesis: el día que el Mundial terminó y yo pude ser feliz de nuevo.

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PREÁMBULO, PRÓLOGO, INTRODUCCIÓN, PRELUDIO, PREFACIO, INTROITO.

Todo lo relatado a continuación sucedió al día siguiente a lo relatado en la historia 12. Tendría que haber escrito esta historia dentro de un tiempo razonablemente cercano a aquella; sin embargo por razones que no vamos a analizar aquí, porque no nos interesa ni me viene en gana, la agrego hoy al resto, para deleite de todos nosotros. [Si, yo también me prendo.]

FLASHBACK.
La última vez que fui a Wallmart a comprar donas, volví tan decepcionado  por la calidad de las mismas que consideré abandonar esas travesías. Las donas ya no eran la gloria azucarada que alguna vez fueron. No satisfacían mis más básicos estándares de excelencia a la hora de llenarme el cuerpo con comida de dudosa calidad.

Ni me hablen de las donas rellenas. Brillaban por su ausencia, como de costumbre. ¿Será tan complejo rellenar unas donas con dulce de leche? ¿Será una tarea tan extenuante que simplemente no hay nadie a la altura de la misma? Creo que no es tanto lo que pretendo, simplemente unas mezquinas gotas de dulce leche en mis donas, como tenían hace años. Incluso esa desdicha era mejor que lo actual: nada. Casi escucho al pastelero riéndose a mi costa: “¿No tienen dulce de leche? A llorar a la iglesia”.

De modo que bajo la decepción y miseria angustiosa de esa situación, resolví no volver a malgastar mi esperanza en ese ideal perdido: [¿la libertad? Ah, no, ese no era, ya me acuerdo…] donas debidamente azucaradas y rellenas como es esperable en un mundo civilizado. Dan ganas de llorar como colegiala asustada en la cancha de Boca. [El padre de la chica seguramente estaría más asustado a los nueve meses.]

PINTANDO LA ESCENA.
Me desperté temprano porque había decidido comprar una remera y pensaba ver qué había en los locales del shopping Alto Avellaneda. Como caminar a dos por hora en un eterno trencito de gente y compras me perturba sobremanera, prefiero siempre ir temprano para saborear el placer de tener todo el lugar a mi entera disposición. Si mi sueño me lo permitiera iría a las 8, prácticamente ayudando a los dueños de los negocios a subir las persianas metálicas, todo para conseguir esa ansiada paz y libertad a la hora de hacer mis compras; desgraciadamente no tengo el sueño de un gallo, cosa que me dificulta estas aventuras mañaneras.

Voy a ser claro. Hay cosas que me molestan. Muchas. [Como ya todos sabemos bien.] Y entre ellas hay una suerte de ranking. Un “Top Ten”, si se quiere. Una de ellas, que debe ser la número uno, es esperar. No soporto esperar. Ver cómo las agujas del reloj parecen ir hacia atrás, prolongando la ansiedad de la espera. Lo reitero: esperar, damas y caballeros. Esperar el colectivo. Esperar que un amigo esté listo para salir a la noche, esperar que el agua para el café hierva, esperar que los socialistas de la UBA dejen de querer convencernos a todos de que su postura es la mejor, esperar a los impuntuales, esperar que la máquina del colectivo reconozca las monedas que le inserto, esperar el ascensor que siempre está en el noveno piso aunque vivan ahí dos míseras personas que nunca salen, esperar que Windows inicie la sesión y cargue toda la basura que he instalado a lo largo de los años, esperar que Apple baje los precios para comprar una Mac, esperar que el sofocante verano termine de una vez y el refrescante otoño regrese; en fin, esperar. Creo que eso resume mi sentir al respecto.

Mucho más abajo en la misma lista encontramos “ir de compras a un lugar repleto de cantidades ingentes de borregos [léase ‘personas’]”. En realidad no me molesta estar rodeado de una multitud. Bueno, si. Pero no tanto como lo que escribo puede llegar a sugerir. Bueno, quizá si. [Estoy medio histérico hoy.] En fin, a lo que voy es que concretamente no soporto dar vueltas en lo que llamo la “calesita de compras y borregos” rodeado de una multitud de ganado que marcha cual procesión a Luján, a paso de funeral.

Sinceramente, si quisiera caminar como reumático esperaría a alcanzar la tercera edad, gracias. [Y de hecho, así será. Lo justo de este universo es que a todos nos va a llegar el viejazo, así que lo que pienses de los más grandecitos hoy es lo que los jóvenes del futuro pensarán de vos mañana. Justicia poética supongo. Probablemente nosotros también seremos como esos viejos que se quejan ya por reflejo y cuya frase de cabecera es “en mis tiempos era todo mejor”. Por esto no me gustan las predicciones a futuro, no son muy benévolas cuando llegamos a la vejez.]

¿NO LO TENÉS EN NARANJA?
Volviendo al punto, mi criterio a la hora de comprar difiere del de muchas personas. Yo quiero poder ir al shopping, ver algún local con lo que me pueda interesar y luego entrar a ver. No entro en todos los locales habidos y por haber, no estudio cada detalle de cada vidriera por miedo a perderme algo, y no me vuelvo loco si no encuentro exactamente lo que busco. Simplemente iré a otro lado. No es la muerte de nadie ir a otro negocio. No soy de los que agarran viaje con lo primero que les muestran, o con la primer vidriera que ven. Tampoco soy tan selectivo como una mujer.

Espero no sonar machista con lo que voy a decir, pero las chicas, y de hecho casi todas las mujeres, tienen la costumbre de ir local por local, mirar absolutamente todo, probarse todo y terminar con un “bueno, gracias, ¿eh? Chau chau”. Y obviamente los hombres, que de alguna forma nos vimos obligados a estar ahí, quedamos terriblemente confundidos, como si nos hubieran pintado un signo de interrogación en la cara.

¿Cómo es posible que luego de semejante maratón de ropa y colores no encuentren nada? Me recuerda a la película “Volver al futuro” cuando el científico, luego de descubrir cómo viajar en el tiempo, dice: “Ahora me dedicaré a estudiar el otro gran misterio del universo: la mujer”. Buena suerte con eso, doc.

MADRUGADA COMERCIAL.
Eran las 9:45 de la mañana. Me atrevo a decir “de la madrugada”, porque a esas horas en un fin de semana no se le puede decir de otra forma. Minutos antes, cuando desperté, noté como el Sol se colaba por la ventana y me quemaba los ojos de a poco. No suena a folleto de destino turístico, sin embargo para mí no hay nada mejor a la hora de despertar.

Basándome en ese amanecer que disfruté, esperaba que al salir a la calle me recibiera el mismo Sol. Sin embargo me encontré con un manto  de sombra, al menos durante las primeras cuadras de mi trayecto hacia la parada del colectivo.

Apenas llegué a la calle me puse las gafas anticipando la futura presencia del Astro en las cuadras venideras. [Estoy disfrutando mucho del Sol últimamente, incluso cuando me da en plena cara porque tengo las gafas.] A propósito, creo que en ninguna historia previa comenté que uso las gafas porque me cambié a lentes de contacto hace unos meses. Apenas los empecé a usar recorrí los locales de gafas de Florida y compré unas con vidrio de color marrón claro para el Sol, aunque ya las uso hasta en días nublados. Es curioso que dada la enorme cantidad de personas que usan gafas, nunca lo haya notado hasta el presente. Brindo por todos nosotros. [Cualquier excusa sirve.]

¡AL SHOPPING, ALFRED!
A las pocas cuadras de caminata arribé a la parada. Una madre y su hijo esperaban al abrigo del Sol que el 74 llegara a destino. Ese colectivo es tan raro de ver como un premio Nobel en la casa de Gran Hermano. [Por cierto: ¿toda nuestra generación es tan estúpida? Me niego a creerlo. Lo ví por 10 minutos y ya sentía lástima por mí mismo. “Gastar la luz”, diría mi hermano.] La parada en cuestión era una de esas “multiparadas” que tienen varios cartelitos para las diversas líneas de transporte. Digo esto porque siempre tengo la manía de ponerme a adivinar quién estará esperando qué colectivo. “Mmm, ese tiene cara de esperar el 22, no como aquella deprimida, que parece haber esperado una eternidad por el 74 hasta perder la fe en el mañana”. Estos pensamientos convivían con la música que me proporcionaba el iPod.

Con los ochenta centavos en la mano me dispuse a esperar. Tengo un hábito particular al respecto, y es que siempre trato de sacarme de encima la mayor cantidad de monedas de menor valor para pagar el bondi. Es decir, evito usar monedas con valor de un peso si puedo usar ocho monedas de diez centavos o una de veinticinco más una de cincuenta más una de cinco. Esto es útil para no tener que estar batallando con la caprichosa maquinita de monedas que en más de una ocasión escupe el vuelto hacia el suelo como un bebé cuyo aprecio por la papilla es inexistente. [Tengo que hacer un libro de analogías algún día…]

A propósito, referente a la moneda de un peso, quiero decir que es mi moneda favorita. Es la moneda más útil que existe, por la cantidad de cosas que se pueden adquirir o hacer con ese monto. [Claro que, si tenemos en cuenta la inflación actual, voy a tener que repensarme la teoría y mutarla por “el billete de dos pesos es simplemente asombroso”.]

La espera no parecía tener fin, aunque admito que no esperé mucho antes de impacientarme. El Sol me daba de lleno, y más ahora, que me había quitado las gafas. Pasados pocos minutos llegó el anhelado 74. Subí y luego ocurrió algo que merece una de las ya clásicas dramatizaciones:
-“80”, le dije al chofer. La máquina, por supuesto, no me tomó bien las monedas.
-“¿Me cancelás? No me toma las monedas”, reclamé calmado.
–“Tirá de la palanca esa”, respondió don bondi.
–“¿Cuál, ésta?”, dije yo, sin caer en la cuenta de que esa frase se podría malinterpretar.
–“Seeh”, contestó secamente el chofer.
-“Ah, ya está”, exclamé luego de proceder a tirar de la palanca “arréglalo todo”, agarrando mi boleto y dirigiéndome satisfecho hacia mi asiento.

LOCATION, LOCATION, LOCATION.
Dicen que la ubicación lo es todo en bienes raíces. Bueno, en el colectivo ese concepto no es ajeno. Así que me senté en un individual paralelo a la puerta, a modo de poder levantarme y salir rápidamente al aproximarme a mi destino. [Como los lectores observadores habrán apreciado, soy obsesivamente estratégico para casi todo lo que hago. Me pregunto si será culpa de los años de juventud que desperdicié jugando “Age of Empires”. Ya que estamos: el Age of Empires 3 es el peor juego de estrategia que he tenido la desgracia de encontrarme en toda la vida. Puedo resumir toda la experiencia de juego en la frase “mucho ruido y pocas nueces”: todo hermoso pero tan ridículamente simplificado que carece del refinamiento y la variedad de opciones a las que fui acostumbrado por años con la excelente versión 2.]

Volviendo al punto, apenas me senté abrí la ventana hasta el límite. No soporto que abran las ventanas a medias. Será mi inconformismo innato, pero si hay algo que no soporto [entre tanto más] es hacer las cosas a medias. Si abro la ventana quiero que esté abierta al máximo. Si lleno el vaso lo lleno hasta arriba, no hasta la mitad. [Y a propósito: el vaso lleno hasta la mitad está medio vacío, no medio lleno. Al menos en mi caso; no lleno recipientes a medias.] Si me pongo un cinturón lo paso por todas las clavijas o “como-se-llamen” del pantalón, no por algunas. Si desenredo los cables del iPod, los dejo completamente desenredados. Si cierro la botella de gaseosa lo hago al límite para que el gas no escape. Etcétera, etc, etc.

En el bondi había solo un tipo. Me encanta esa sensación de “el colectivo vino por mí”. [Lo que es el ego.] Mientras las canciones se sucedían finalmente arribé al Alto Avellaneda. A diferencia de la última vez que fui al shopping, esperaba bajarme esta vez en la parada correcta. Una vez lo logré, fui caminando a través de la entrada, admirando la ausencia del grueso gentío que parece brotar en las horas pico y no irse nunca a casa. Contrario a lo que creía, debo decir que no, se van, porque a esa hora no había un alma. Muy calmo. Pacífico como las calles de Buenos Aires cuando Argentina quedó afuera del mundial.

PARÉNTESIS: EL DÍA QUE EL MUNDIAL TERMINÓ Y YO PUDE SER FELIZ DE NUEVO.
(Ese día yo volvía de caminar cuando me crucé con unos chicos que vestían remeras de fútbol y tenían unas caras de puchero que entristecerían al payaso Piñón Fijo. Para agregarle drama a la situación no había un solo sonido en las calles. Deduje lo obvio: “Perdieron. Acá cuando se pierde nadie dice ni pío, y se finge que nada pasó. Mañana todos hablan de otra cosa hasta el domingo más próximo”. Obviamente yo seguí con mi vida justo como la había dejado antes de verme bombardeado por avisos de fútbol y cosas por el estilo, hasta en el cine. Incluso me sentí mejor, porque el inminente final de los infaltables comerciales futboleros era inevitable. Es curioso: yo tendría que agradecerle a la selección nacional de fútbol por acabar con esa cruel tortura que me vi forzado a soportar, llamada Mundial. ¡Gracias, desde lo más profundo de mi ser, gracias!)  

DESEMBARCO EN EL SHOPPING.
Me acerqué a la puerta de apertura automática que se abrió sin hacerme cambiar de paso ni detenerme. Comencé a ver qué había en las vidrieras con las gafas colgadas del cuello. Me las había puesto al bajar del colectivo porque me encanta ese “momento Hollywood”, pero al entrar me las saqué. Había muy poca gente: vendedores, algunos madrugadores, y yo, que no soporto comprar a las apuradas y en lugares abarrotados de babuinos.

Encontré un local con esa onda cool surfera. No sé por qué es cool hacer surf. Ciertamente nunca lo entendí. ¿Será la arena, las olas y el viento? “Sucundúm, sucundúm”. [Por cierto: ¿podemos comprarle algunos instrumentos a Palito Ortega? Me revienta que el tipo se la pase haciendo onomatopeyas de instrumentos en las canciones, por favor, es músico, que se ponga media pila y consiga instrumentos si quiere laburar como tal.]

Lo bueno de este local era que no se la daba de súper cool creído como tantos otros. [Mistral, Stone y Rip Curl, los estoy viendo a ustedes.] Entré y caí en las redes del vendedor que rápidamente me atajó. La conversación fue más o menos así:
-¿Tenés algo de doble manga, corta y larga?
-Nah, ahora ya estamos con lo de verano.
-Bueh, manga corta entonces.

Como siempre, yo compro fuera de temporada. Me acuerdo cuando estaba buscando una bufanda en Septiembre. Demás está decir que esa búsqueda resultó infructuosa.

MIRANDO AL CIELO.
Decidí entonces ver las remeras de manga corta. Y encontré una con la leyenda “ROME”. “Debe ser mía, dice Roma”, pensé. [Si, re fana de Italia.] Por otro lado, no estaba completamente seguro y no puedo comprar algo si no es simplemente perfecto, no compro basura. En ese momento alguien, o algo [Dios, Buda, Nek, la Madre Teresa o el Teto Medina] me envió una señal: sonó un tema relativamente nuevo de Nek en los parlantes del local. Y no era la radio. El vendedor lo había puesto. “Es una señal”, me dije. [Que alguien en este país te ponga un tema de Nek es una señal por sí sola.] Así que me llevé la remera al probador, mientras el tipo hablaba con la otra vendedora que estaba escondida por algún lado.

Luego de todo el quilombo clásico con los talles, [ahora soy “Small”. Antes era “Large” o “Medium”. Ni que fuera un pibe. Mido 1,85. Eso no puede ser Small, ni que fuese un local para jugadores de rugby] le dije “la llevo”, y cuando estábamos en toda la operación de “te pago-éste es tu vuelto-chau-chau”, no contuve la curiosidad y le pregunté al vendedor si tenía el álbum al que corresponde ese tema. Creo que me dijo que no, aunque no entendí por el acento extranjero que tenía, y me preguntó de dónde era. Le dije “de Capital”. Él me comentó que era de Perú. [Eso resuelve el misterio.] Y esto viene a cuento de lo del álbum de Nek. Como yo siempre creí, el tano es escuchado en toda América latina. En Europa también. Todos los álbumes. Salvo, claro, Argentina. ¿Dónde más? Donde yo vivo, por supuesto. Le comenté que acá es casi imposible encontrar algo del cantante y él me contó que en Perú es escuchado lo nuevo. Lo cual confirma lo que yo siempre supe: Nek va a todos lados, canta sobre temas sociales, va a Latinoamérica, canta en el Live 8, es el número uno en Puerto Rico, pero, claro, Argentina ni te la pisa. [Es como ser fana de Los Piojos y vivir en Ucrania. Soy un europeo frustrado.]

El peruano nekeano [toda historia que se precie necesita un personaje con apodo] me embolsó la remera en una de esas típicas bolsitas chiquitas de cartón con manijita redondeada. Odio esas bolsitas. Creo que son una de las cosas más afeminadas que existen. [Eso y cuando un jugador de fútbol hace un gol y le da un pico a otro. Luego me preguntan por qué no me gusta el fútbol. Perdón, pero ¿por qué cuando están felices besan a otro hombre? Me parece curioso, por no decir *ejem, ejem* gay.]

En fin, sigo preguntándome a quién se le habrá ocurrido diseñar esas malditas bolsas. Con desdén acepté la bolsita afeminada y la llevé con desprecio doblando las manijas y agarrándola por el cuerpo, como cuando se agarra a un gato por la nuca para llevarlo indoloramente a otro lugar donde no moleste. [Los gatos no sienten dolor en la nuca, y no sé si además liberan internamente una sustancia que los tranquiliza al agarrarlos de ahí. Por desgracia la única manera de lograr este efecto con un perro es agarrándolo por el cuello… durante varios minutos. Bueno, no me gustan lo perros, perdonen mi sinceridad.]

Finalmente me fui, sabiendo que no soy el único argentino con temas nuevos del tano. [Técnicamente el vendedor era peruano, pero aún así.] Luego me percaté de que no me dio factura. Mucho Nek, pero evasión fiscal a full.

¡ME HAGO, ME HAGO!
Terminado ese breve episodio de compras, [ojalá las mujeres fueran así], me dirigí al baño. Mejor dicho, comencé a rastrearlo, porque no había señal aparente del mismo. Entonces le pregunté a un guardia, que son la mejor opción a la hora de pedir direcciones, como los policías en la calle. El intimidante y gigante guardia me dijo amablemente: “si, andá hasta allá, pasando aquel local, a la izquierda.” [Algo me dice que con semejante guardia nadie se hace el malo.]

No sé si no le entendí bien o qué, porque terminé en el sector de niños. Es decir, donde están los juegos y demás. Igualmente entré al gran espacio de infantes y busqué superficialmente, pero nada encontré. Entonces me encaminé hacia un local de caramelos donde una mujer atendía a una nenita y le pregunté concisamente: “disculpame, ¿baños?” [Nótese que a la hora de pedir direcciones no uso verbos, yendo directo al grano. Como Giordano, pero sin las modelos ni el desfile.] Ella me respondió con un igualmente conciso: “si, allá al fondo, pasando la escalera, a la izquierda”.

Saqué un “gracias” de la galera y continué mi travesía en busca del baño perdido. Lo encontré escondido al fondo del lugar. El que diseñó este lugar evidentemente quería que los chicos se orinaran encima; si encontrar un simple baño es tal hazaña, no me quiero imaginar cómo tendrán los riñones esos pibes.

Baño vacío. Voy a uno de los cubículos del medio. Creo que no recuerdo haber usado más de seis veces en toda mi vida un urinal de los que están uno al lado del otro. Parece como una competencia, a ver quién dura más tiempo, a ver quién termina antes, o a ver otras cosas. Y ciertamente, no me interesa andar comparando nada con ningún otro hombre, muchas gracias. [No es que sea homofóbico, es que no veo la necesidad de estar continuamente rodeado de hombres en toda situación.] El cubículo individual es más espacioso, por eso lo elijo. Aparte es más cómodo para revisar que no te hayan afanado el iPod o que la billetera siga en su lugar.

Me encontré con que la puerta no se podía trabar. No es un requisito vital para mí, pero sería interesante que anduviera, ¿no? De cualquier forma, no me quejo demasiado; el baño era relativamente “no muy chico” y tenía azulejos y toda la charada decorativa. Eso sí, la caja del inodoro, donde está el botoncito para cambiar el agua, no tenía tapa. Ergo, estaba viendo todo el mecanismo del botón. Muy instructivo para un plomero, a mí de mucho no me sirvió ese conocimiento. Procedí a oprimir el antedicho botón, debido a que a diferencia de muchos infelices, yo sí cambio el agua, evitando dejar la prueba de mi paso al próximo. Si el baño estaba en condiciones cuando llegaste, dejalo así cuando te vayas. Al menos esa es mi política.   

Cuando abrí la puerta del cubículo me di cuenta que pasaba a milímetros del inodoro, aprovechando hasta el máximo el espacio. Tosiendo me dirigí al sector de lavado de manos. [Maldita primavera, cada año lo mismo. El invierno no me hace nada, pero el cambio de clima me resfría. Tendría que vivir en el Sur para no tener problemas con el calorcito. ¿Son comestibles los pingüinos? Mejor no respondan, o voy a tener a GreenPeace haciéndome un piquete en casa.] Dejé a un lado la estúpida bolsita que me dieron con la remera. No me gustan esas mini bolsas. Parecen salidas de una perfumería. ¿No tenían nada menos…. gay, no? No. [Por estas cosas los hombres no disfrutamos las compras. A ver cuándo se van a dar cuenta.]

Me percaté del silencio del shopping a esa hora cuando sonó en la lejanía un timbre de los juegos para niños. Apareció el encargado de limpieza, que guardó algo en el botiquín que todo baño de shopping esconde sutilmente. Miró un poco el baño, como asegurándose de que todo seguía ahí, y se fue. [Dudo que alguien quiera robarse el secador de manos o el “surtidor de jabón”.]

Vamos a la parte interesante: el baño no tenía toda esa charada automatizada que tanto desprecio. Era todo normal, nada tecno. Brindo por eso. Todavía no necesito que una máquina determine cuánta agua puedo usar para lavarme las manos, esto no es la guerra mundial, es un baño. Creo tener la suficiente inteligencia para determinar cuánta agua requiero. Todo con toallas de papel, jabón líquido y canilla de presión. Hubiera preferido a rosca, pero bueh. Más que bien según mi criterio. Un enorme cesto cuadrado “a la McDonald’s” servía para tirar las antedichas toallas de papel. Terminé de secarme y me fui, sin olvidar la bolsita que había quedado a un lado, proscrita.   

Volví por el camino que me llevó hasta el baño oculto, de vuelta hacia la vendedora que me lo indicó. En el medio del trayecto, a un costado, había un par de mujeres conversando sentadas al lado de una calesita. En todo ese gran lugar había apenas tres o cuatro chicos. La verdad, qué pibes hiperactivos, si a las 10 de la mañana ya quieren ir a jugar… ¡aflojen con el azúcar!

Me paré al lado de una columna, mientras sacaba el iPod del bolsillo -me lo había guardado antes para probarme la remera y como lo llevo colgado del cuello, molesta bastante- lo desenredaba debido a que siempre se enreda de una nueva forma, y dejé la bolsita de compra entre mis pies. Pasó una pareja con un nene o nena, no me fijé. La mina sutilmente me miró. Las mujeres tienen una sutileza innata para registrarte. Al menos las grandes, porque en general las chicas te demuestran continuamente que te están echando el ojo… ¡y no, eso no es una queja, por mí sigan! [Me pregunto qué pensará ella cuando lea esto, creo que no se lo va a tomar bien…]

Ya que hablábamos del iPod, me voy a tomar unos minutos para comentar algo que quiero decir hace tiempo. Me encanta mi iPod Shuffle. El único iPod que no tiene pantalla, lo  que parece ser el argumento de muchos para odiarlo. En mi caso es lo que me fascina del pequeño aparatito. Al carecer de una pantalla me evita la necesidad de fijar la vista en algo que me puede desconcentrar de otras cosas.

Además, con la poca cantidad de canciones que yo transporto en cada travesía y teniendo en cuenta que a cada rato estoy recambiando los temas, creo que no existe nada más intuitivo y práctico para mí que hacer click y dejar que la música empiece. Nada de menúes, nada de molestias, solo Play.

PASILLO CENTRAL.
Volví al pasillo central donde se encontraba el guardia que me derivó al baño y el local de ropa donde efectué mi compra. Decidí entre volver por donde vine, o sea, ir a la derecha; o a la izquierda, a lo desconocido. [No tan desconocido, si tenemos en cuenta la decena de veces que he ido al shopping.]

Decidí entonces ir a la izquierda, total ya había comprado y no tenía un mango. Gastar miradas en cosas que no pienso comprar es tan útil como la gente de la casa de Gran Hermano. [No se por qué me la agarré con ellos hoy, aunque claro ¿alguien puede culparme?] Caminé unos breves minutos hasta alcanzar la puerta, sorteando algunas personas que venían desde esa dirección. [Nótese que al no ser tumultuosas, ni al estar bloqueándome el paso o dificultándome la existencia, no eran “borregos”, sino simplemente personas. Al menos en este caso.] En mi caminata noté que muchas personas usan gafas enormes que les cubren media cara. Mi pregunta es muy simple: ¿por qué? Es decir, parece que hubiera una epidemia de cantantes de La Mosca. ¿Son gente misteriosa? ¿Serán bizcos y tímidos?

Posteriormente crucé la puerta automática [al mejor estilo Star Trek] para llegar a… bueno, no tengo idea. Cuando crucé la puerta estuve algo desorientado durante unos segundos, deseando tener un dispositivo GPS al tiempo que mi sentido de orientación luchaba contra la adversidad en ese vasto estacionamiento. Finalmente me dije algo como: “ah, ya sé dónde creo que estoy”. Y no, no era una frase de auto ayuda para darme valor, era verdad.

Deduje que estaba del lado de atrás del estacionamiento, donde jamás había pisado, sobre el punto más alejado en donde se pudiera estar al momento de emprender la huída. Así que decidí salir por la puerta más cercana y caminar por fuera hasta llegar a la entrada principal desde donde yo debía cruzar para tomar el colectivo en la vereda de enfrente.  

Bajo el Sol una vez más, me coloqué los lentes y esperé que comenzara una canción. Me encontré con un silencio poco cordial que me llenó de suspenso e intriga, como una película de Kevin Costner. Lógico, era un tema de U2. Como de costumbre, tardan tanto en empezar que para el momento en que el silencio introductorio de 30 segundos debería estar terminando para dar lugar al tema en cuestión, ya hice click en el botón de “Siguiente”. No tengo paciencia para las canciones que tardan mil horas en empezar, quiero música y la quiero ahora, no dentro de un minuto, en un minuto podemos estar todos muertos. [Medio paranoico, pero incluso así…] Odio las canciones que tardan en empezar. Y las de U2 son las peores. Me pudre eso, siempre les gusta dar esas introducciones de 30 segundos o 1 minuto. ¡Empiecen la maldita canción de una maldita vez! [“Where the streets have no name” es la peor de todas. Podría hacerme el desayuno mientras ese tema empieza.]

VUELTA A LA CAPITAL EN 80 MINUTOS.
Llegué a la parada. Caminé hasta el final de la fila que estaba formada por pocas personas. Hay dos cosas muy parecidas que me molestan: primero, la gente que se para en cualquier parte y luego no sabe detrás de quién subir. Al mismo tiempo, me jode en particular la gente que se para delante de la fila aunque hayan llegado después. Infelices.

Mientras esperaba el bondi reflexioné sobre el poste de la parada y sus funciones. Vamos a ver qué tenemos en el menú de hoy: 1) es una señal que se ve de lejos: “ah, ahí está la parada” 2) es para posar, si llegás primero, o si el resto es tan boludo que no se pone detrás del poste [que se jodan, yo poso sutilmente esperando el ansiado transporte] 3) marca desde dónde debe establecerse la fila. Claro, explicarle esto a un argentino es tan productivo como esperar cosechar cerezas de un naranjo.

Con varias moneditas sumando el importe de ochenta centavos, estaba esperando y esperando al colectivo que una vez más interpretaba el papel de diva caprichosa que hacía de mi tiempo su juguete personal. Llegó el 74. Dos veces en el mismo día apareció razonablemente a tiempo. Descorchá el champagne, hoy es el gran día, se nos dio.

Subí y le dije “80” al chofer, por costumbre metí la mano en el lugar del vuelto, a pesar de haber colocado el importe justo, y me encontré con una grata sorpresa… ¡había monedas! Me hice el dolobu y me las guardé. El boleto salió y se cayó, pero no me importó, estaba absorto en una profunda felicidad por mis centavos mal habidos. [No soy miserable, a pesar de lo que este párrafo pueda sugerir.]

Decidí sentarme por el medio, en un individual. Abrí la ventana, y con la bolsa afeminada de compra entre mis pies, observé el paisaje de afuera. Lo lindo del asiento individual es que combina el paisaje de la ventana con el control del pasillo, cosa de no tener que depender de otro para salir. Me molesta dejar mi destino en manos de terceros, yo debo tener el control de mi viaje en todos los aspectos posibles.

Mientras sonaba “Brand new day” de Sting [un tema perfecto para viajar con el Sol en pleno rostro], dejé los lentes retozando colgados de la remera [no me gusta subirlos encima de la cabeza, como a muchos] y noté que en el asiento compartido de mi derecha había una chica de unos 20 o 30 [no soy bueno para las edades, como comenté en otra historia] que al pasar por una iglesia se persignó. Esto requiere, evidentemente, una nota del autor, como es costumbre.

Para empezar, yo no me persigno hace años. No, no es que no sea creyente ni tengo esos histeriqueos onda “creo, pero no, pero si, aunque no en todos, y solo algunos, porque hay un Dios, pero también me gusta Buda”, no. Simplemente no me gusta persignarme si no estoy dentro de la iglesia. Más aún si estoy en un colectivo o auto. Eso automáticamente me excusa de persignarme [si acaso lo hiciera], pero aparentemente esa no es una opinión muy difundida.  

Dejando el debate con el Papa de lado [a propósito, ¿por qué no existe una Mama? Siempre me pareció raro eso…], noté que en la calle, los separadores de carril que diferencian el carril especial para colectivos del resto formaban una línea de adoquines amarillos grandes con forma de ravioles. [También existen otros con forma de sorrentinos.] El que diseña las señalizaciones viales debe ser tano o gustarle la pasta rellena, creo yo. [Debo decir que comparto ese sentimiento, los fideos son todos iguales para mí, así que yo también prefiero las pastas rellenas. Y odio los fideos largos. “Spaghettis sonno una bosta”.]

Las dos mujeres de adelante cacareaban sobre sus vidas. Por la ventana vi un grupo de testigos de Jehová en una esquina. Siempre en grupo esos chicos. Encima van vestidos de traje y toda la cosa. Si la iglesia fuera una oficina, definitivamente ellos serían los empleados del mes. No tengo nada contra ellos, salvo el hecho de que toquen el timbre a la mañana para hablarte del “camino a la salvación” o qué se yo qué otra paparruchada. Atestigüen o testifiquen en otro horario, por favor, hay gente que tiene una vida, y simplemente quiere desperdiciarla durmiendo.

Nunca pude entender por qué hay personas que creen en algo y tienen la necesidad de convencer a otros. Yo no me gasto más en tratar de probar que las Mac son las mejores computadoras o que Nek es un gran cantante, simplemente es así para mí, y soy feliz con esa visión, no se la impongo a nadie. Si tenés otra opinión, buono per te.

TÓCALA DE NUEVO, SAM. [LA CANCIÓN.]
Comenzó un nuevo tema, y me di cuenta de que si la vida tuviera un musicalizador [o sonidista, no se cómo se le llamará en la jerga] nuestras vidas serían como una novelita donde en los momentos tristes ameritarían temas como “Trouble” de Coldplay o en los mejores momentos de energía no vendría mal un “Io sono qui” de Nek. Igual el iPod ocupa ese lugar en mi vida. Es la ventaja de tener las canciones etiquetadas con palabras como “viajando” o “soleado”. Le da ambiente a las aventuras.

Finalmente llegué a mi parada, toqué el timbre, y me aseguré de tener todo a mano antes de bajar. El chofer se detuvo en la esquina, siendo atajado oportunamente por el semáforo, y permitiéndome cruzar delante del bondi camino a mi territorio. Con un tema de día soleado sonando a todo volumen, una remera más y las gafas colocadas, esta travesía culminaba pero otro día comenzaba, porque recordemos que no era ni el mediodía.

Ahh… comprar temprano. Me encanta.

-L.D.

Ropa para desayunar.