ACLARACIONES.
Escribí esta historia queriendo volver a mis raíces. No me refiero a que la escribí sentado en el Jardín Botánico de Buenos Aires, sino a que si alguien leyó todas las historias previas a ésta, notarán cierta evolución en mi estilo literario. Con eso en cuenta, quiero recalcar que esta historia contiene el mismo “lenguaje adulto” y necesidad de contar algo como las primeras historias de la serie, sin perder el sentido de observación y las críticas al entorno. También conserva el estilo de las primeras historias porque pasó hoy mismo, y quise escribirla antes de que los detalles se perdieran en mi mente.
SÍNTESIS DEL DÍA.
El día de hoy comenzó caluroso. Me desperté cubierto por un rocío de mi propia transpiración, la cual decoraba mi cuerpo semi-en-pelotas sobre la cama. Lo sé, no es una imagen muy alegre. Hacía demasiado calor para taparse. Encima de eso, el colchón me resultaba incómodo. Tengamos en cuenta lo mucho que me cuesta dormir y el tiempo que acostumbro pasar dando vueltas en la cama hasta que finalmente cedo al sueño, y caeremos en la conclusión de que esto no era ningún juego de niños.
Desperté y de inmediato lo supe: “El calor de anoche continuará atormentándome por las próximas catorce horas. Mierda.” Procedí a remolonear en la cama hasta que de alguna forma encontrara la voluntad necesaria para despertar. Es como el primer episodio de los Power Rangers, donde los cinco adolescentes deben encontrar la fuerza en su interior antes de salir a combatir a los patrulleros de Rita. (No puedo creer que recuerdo todo eso. Qué infancia desperdiciada.)
Cuando me armé de valor para salir ahí afuera, es decir, fuera de la cama, me vestí con un pantalón y agarré los anteojos en mi camino al baño. Luego de todo el proceso mañanero de despertamiento, agarré el kit de lentes de contacto y me los coloqué. O como decimos en casa: “me puse los ojos.”
Al rato me fui al cyber de enfrente de casa para chequear algo y asegurarme de que toda la parentela de contactos estuviera al tanto del cambio de cuenta de mi Messenger. Se conectó un amigo, y conseguí una parte de la película “Casablanca”. La razón por la que me copio de a partes las películas del cyber es que ocupan en promedio unos setecientos u ochocientos megabytes, y mi iPod solo tiene capacidad para quinientos doce. Así que corto las películas en partes de unos cien megas que luego copio al iPod, llevo a casa y reagrupo para poder verlas en la comodidad del hogar.
Volví a casa, almorcé, y a las pocas horas volví al cyber para chequear de nuevo cierto asunto, y copiar algunas partes más de Casablanca. Finalmente resolví buscar un lugar donde tomar Sol, cosa que nunca había hecho, pero a la que fui acostumbrado hace poco por alguien. Tomé un subte, bajé por la zona del Obelisco y me eché en una escalera del teatro Colón al abrigo del Sol.
Luego de sentir cómo mi estrella favorita me calcinaba el cerebro y el cuerpo, decidí caminar por ahí. Volví unas horas más tarde a casa, recibiendo una llamada al celular a las pocas cuadras. Como tenía el iPod apagado –por la alarmante falta de música atrapante–, recibir una llamada era la mejor manera de matar el tiempo. Siete minutos y algunos segundos más tarde la llamada culminaba y yo estaba a metros de mi “fortaleza de la soledad”. (Esa es una referencia a los cómics de Superman, por si no sabías.)
Estaba destruido. Mis piernas demostraban un agotamiento poco frecuente por la caminata. (Bueno, no soy deportista. Perdón, Cormillot.) Decidí tomar una ducha de al menos media hora bajo un agua templada y luego fría con la esperanza de poder así eliminar todo el calor que mitigaba mis ganas de vivir. Al poco tiempo de arribar al hogar y “sacarme los ojos” me entregué al baño. Salí bastante tiempo después, refrescado y casi feliz. (Creo que la felicidad es demasiado esquiva como para que un simple baño me permita alcanzarla.) Resolví desperdiciar algunas horas de vida frente a la computadora, deseando que fuera una Mac, y acostumbrado a la idea de tener una PC, como siempre. (Me pregunto si este fanatismo desmesurado por Apple terminará algún día. Creo que no.)
CHE, DALE QUE YA EMPIEZA.
Algunas horas después, siendo ya de noche, surge de la nada mi vieja y me dice: “¿querés ir a comer afuera?” –“Eh… si, bueno.” Demás está decir que mi sorpresa era abrumadora. Más aun lo fue cuando escuché lo siguiente: “-Papá nos quiere llevar”. Ah, bueno… listo, esto es un sueño, ya está. “Se debe estar muriendo” agregó mi vieja absolutamente sorprendida. Ese fue sin dudas un momento Kodak. Estábamos extasiados por la sorpresiva propuesta de un hombre que no suele ser tan emprendedor a la hora de cenar. (Tampoco es que sea miserable, simplemente no le van a dar el premio al despilfarrador, eso es seguro.)
Como me había bañado antes, los esperé a ellos. Mientras cargaba el iPod y leía algunas noticias sobre Apple de las decenas de sitios que me mantienen informado al minuto. (Esto parece obsesivo. ¿Hay un psiquiatra en el público?) Finalmente cuando mi viejo salió del baño nos quedamos viendo tele, esperando que mi madre terminara de prepararse para salir. Una espera que quiebra las mentes más fuertes.
Luego de jugar a la sala de espera, fuimos por el auto y comenzamos la travesía. Resolví no llevar el iPod, quizá por cansancio o quizá por el deseo de escuchar el silencio del mundo –francamente no me acuerdo ni me importa– estando obligado a perderme en los detalles del entorno.
Apenas arribamos a Wallmart nos dimos cuenta de que no estábamos solos. (Contrario a lo que las historias puedan inferir, no voy continuamente a Wallmart/Alto Avellaneda.) Todo el estacionamiento parecía abarrotado por la cantidad de vehículos de dos y cuatro plazas que colmaban el lugar.
Nos tomó media vuelta en la calesita de compras y diversión alcanzar el patio de comidas. En este punto surgió un gran debate: dónde y qué comer. Noté el local Mostaza, cuyo nombre y logo bien diseñados me sacaron una sonrisa de orgullo. No sé por qué. No soy el dueño de Mostaza. No tengo acciones. Nunca comí ahí ni planeo hacerlo. No llevaría a la hija que algún día espero tener a ese lugar. Igualmente el orgullo estaba por alguna razón.
El resto de negocios intentaban, con luces chillonas y ofertas coloridas, atraer la atención de los comensales hambrientos. Como de costumbre, las fotos de los platos en cada negocio eran obras de arte, mientras que los platos verdaderos tenían la apariencia típica de comida rápida: desganados, aburridos, inertes, plásticos, insípidos, masificados, etc.
Creo que terminamos eligiendo a Sr.Pizza, o Mr. Pizza, o Don Pizza y su pandilla, no recuerdo el nombre ahora. El siguiente desafío de la noche era decidir qué cenar. Como podemos apreciar, cada decisión era un nuevo reto. Cada etapa superada, una sensación de victoria. (Era como Gran Hermano, pero con dignidad y sin inútiles parásitos.) Decidí probar el calzone y mis viejos se decantaron por una pizza con un nombre rebuscado que no recuerdo. (Antes solía tomar notas para no olvidar estos detalles al escribir.)
Mientras mi viejo esperaba el pedido, nosotros buscamos una mesa libre. Al sentarnos observé los nombres de los comercios; algunos originales, otros no. Hubo nombres que me han sorprendido durante el tiempo que pasé en los shoppings, por ejemplo: “¡Oye, Pedro!”. Con eso en mente, propongo los siguientes: “Hola. Tengo comida”, “No es comida, ni es rápida” y “¿Querés papas con la gaseosa?”. Creo que pueden ser tan taquilleros como “¡Oye Pedro!”. Si eso es un nombre, apuesto mis fichas a una cadena “Vení a comer” dentro del corto plazo.
Aproveché el tiempo útilmente yendo a comprar una tarjeta Movistar para el celular. La típica kioskera lerda atendía el local. Cómo un ser tan adormecido puede coexistir con tanta azúcar alrededor está más allá de mí. La lentitud de esta mujer me estaba cansando. (Otro clásico es cuando esperás en la fila del supermercado y justo cuando te van a atender la cajera hace el cambio de turno y tenés que esperar que termine de arquear la caja.)
En este caso la kioskera lerda sacó un fajo de tarjetas Movistar y buscó hasta encontrar una de $10. Apenas terminó la transacción, y con la rapidez que caracteriza a un fumador u otro adicto en mitigar su adicción, abrí el plástico que aprisionaba mi recién adquirida tarjeta Movistar. Supongo que el éxtasis del momento fue en gran medida por la emoción de haber sido mi primera tarjeta de prepago. (Qué emoción, cambié $10 por un pedazo de plástico con números. Me siento como los aborígenes que Colón engatusó con espejitos.)
Busqué en la tarjeta el número telefónico que me acreditaría el importe de $10 a mi cuenta. Lo encontré tapado por un sistema “raspá y ganá” donde debía buscar una moneda –o algo afín– para raspar la zona que tapaba el número-mágico-y-secreto-que-todo-lo-puede. No tenía monedas. Como buen hombre, improvisé. Usé la parte metálica de las patillas de las gafas marrones para raspar. Como buen hombre, la cagué.
El problema fue que raspé con tanta fuerza que borré ciertas partes del código de activación. Llamé al servicio de acreditación para probar si los números borroneados podían descifrarse. Todos parecían ser un cero o un tres. Me atendió la voz de una mujer cyborg biónica pregrabada con sus innumerables opciones. “Si querés cargar crédito presioná 1, Si querés ver tu saldo presioná 2, Si querés que Jimmy salga de la cueva presioná 3, Si querés saber quién mató a Kennedy presioná 4, Si querés un mundo mejor presioná 5, Si querés que los de Gran Hermano sean obligados a leer el Quijote presioná 6, El tesoro está detrás de la palmera grande junto a…” etcétera.
Intenté cargar crédito con una combinación aleatoria de números según lo que parecía ser un enigma lleno de ceros y treses. La operadora, con su voz frígida pseudo-humana me mandó muy cortésmente a la mierda. Estaba claro que el número significaba un verdadero misterio ahora, un reto o acertijo. (De esos que el Acertijo le jugaba a Batman.)
FRAGMENTO DEL FUTURO.
Aun sin la ayuda del encapotado vengador de Ciudad Gótica me las apañé para descifrar el número, SEMANAS después. Utilicé el viejo método de ir probando distintas variaciones hasta reconstruirlo. (Wow. Fantástico. Re original.) El punto es que finalmente pude recuperar el crédito. Moraleja para novatos: raspar la tarjeta sutilmente, no como un enfermo psicópata infeliz agresivo.
DE VUELTA AL PASADO.
Mientras la escena de la tarjeta sucedía, la mirada de mi madre estaba pérdida en mi celular, símbolo de un mundo techno que la superaba. Era como una viajera del tiempo que había llegado a un futuro distante donde las maneras del pasado se habían perdido a través de los invisibles brazos WiFi de un mundo lleno de mensajes de texto y pantallas LCD. Este buen exponente de su generación, estaba completamente fuera de lugar. Cual pitufo en el día de San Patricio.
Continuando con lo antedicho, me tomé el problema de la tarjeta borroneada de la manera más zen posible: me resbaló. Decidí dejar de lado el tema del número para intentar en otro momento. Rato largo después llegó mi entonces olvidado padre con el pedido.
Empezamos a repartir los platos de cada uno cual piratas el botín cuando caímos en la cuenta de que los cubiertos eran de plástico. Odio los cubiertos de plástico. Me parece que quien los fabrica nunca comió con ellos o simplemente es un desgraciado. ¿A qué clase de erudito se le habrá ocurrido que un cuchillo y/o tenedor de plástico pueden soportar las mismas exigencias comestibles que sus hermanos de metal? A un erudito bastante boludito, en mi opinión.
LA ÚLTIMA CENA. PERO SIN JESÚS NI LA PANDILLA APOSTÓLICA.
El calzone era grande. El aroma de albahaca de la pizza se hacía notar, recordándome la “italianidad” de estas comidas. Procedimos a la degustación cuando los cubiertos de plástico empezaron a reventarse. “Prak, track, spraf” y otras onomatopeyas poco frecuentes hicieron su aparición durante esa tortuosa cena. Parecía un genocidio de cubiertos. Al rato logramos superarlo, notando otra molestia.
Cada tanto pasaba alguien que nos ojeaba la cena. Odio que hagan eso. Es un patio de comidas, está lleno de gente comiendo. ¿Cuál es la emoción de andarle envidiando la comida al prójimo? ¿Es divertido ver cómo se llenan la boca de comida chatarra hasta abarrotarse las arterias de grasa? No lo entiendo, sinceramente. Si es mi deseo matarme de a poco con basura es mi decisión (levanten la mano los fumadores), lo único que espero a cambio es un poco de intimidad y respeto para comer tranquilo, alejado de las miradas intrusivas de los maleducados de turno que babean como perros en la Segunda Guerra al divisar comida en plato ajeno. Hay cosas que no debería tener uno que estar reprochando, y aunque todavía no soy viejo como para quejarme de todo, esto no lo puedo callar. (En realidad nunca callo nada, si vamos a ser honestos.)
A lo largo de la velada mi calzone había sido aderezado con los trocitos de plástico transparente provenientes de los cubiertos que fui rompiendo. Haciendo eco del descontento familiar fui a reclamar, al mejor estilo sindicalista, cubiertos de verdad a la turra que atendía el local de comidas. (¿Qué? Era una turra. No voy a mentir. Ya somos todos adultos.)
La conversación fue así:
-Disculpame, ¿me das cubiertos de metal? Porque se rompieron los de plástico.
-No tengo, te doy de plástico. (Y el premio de empleada del mes es para...)
(Claro, dame más de esa basura que me hizo venir a reclamarte en primer lugar, de alguna forma el universo hará que esta vez no se rompan. Eso es atención al cliente en todo su esplendor. Gracias de nuevo.)
Otro reclamo que cae en oídos sordos. O inútiles. Por eso perdí la esperanza en las quejas y los reclamos, a nadie le importa. Si yo tuviera un negocio haría todo lo posible para que el cliente disfrutara la experiencia, volviera y siguiera comprándome.
Debo estar seriamente enfermo según los estándares de esta gente, cuyo nuevo enfoque de negocios consiste en minimizar los costos, maximizar los precios y tratarte como el descartable número que representás para ellos. Yo sé que para vos soy basura, Sr. Pizza, lo sé. El sentimiento es recíproco, no lo dudes. Pero por lo menos tené la delicadeza de tratarme como corresponde. Los cubiertos de plástico no sirven. Cambialos o quebrá. (Ojalá quiebres, solo por hacerme perder mi tiempo.)
Al terminar la cena fui en busca del postre. En realidad pensé en comer un helado, nada muy complejo. El tema era poder comprarlo en medio de todo ese quilombo que era el patio de comidas. La gente estaba alborotada como peronistas un diecisiete de octubre. Me abrí camino hacia el mostrador, sabiendo que una espera de quince minutos me aguardaba apenas llegara a él.
Voy a tratar de decir esto con el mayor grado posible de tacto. Quería matar a los veinte borregos que tenía delante en la fila. Veinte lentos babuinos cuyas arterias saturadas de chatarra grasienta les dificultaban el lerdo paso eran mi mayor obstáculo hacia la única caja habilitada en el reto que era obtener un simple helado. Si Cormillot hubiera podido apreciar en todo su esplendor esa orgía de grasas saturadas, comidas rápidas y gente con sobrepeso, no habría suficientes productos Ser en el mundo para traerlo de vuelta a la conciencia. (Aunque pensándolo bien, a él le conviene que haya sobrepeso. Si no los hubiera, no habría Cormillot. Es como la gallina y el huevo.)
LOS EMPLEADOS HUMANOIDES ROBOTIZADOS.
Variaba las poses en la fila de espera cuando comencé a observar todos los mecanismos de los que se valían los empleados humanoides para minimizar su tiempo dedicado a cada cliente.
Algunos ejemplos: los surtidores de gaseosa que se activan al apoyar el vaso sobre el fondo del aparato, el “agarra-papas” que sirve para llenar esas cajitas de cartón pintado con ellas, las hamburguesas envueltas en papel, las bandejas de plástico, etc. Todo era parte de una gran orquesta marketinera donde no se intentaba disimular la sensación que uno tenía: ser una cosa con dinero para gastar en el negocio. No hay falsos saludos, no hay falsas preguntas del tipo “¿qué tal?”, no hay más… amor. Falso amor, desde luego. Nunca dudé que era un número para toda empresa, sin embargo creí que sabrían cómo ocultarlo. El chino Ricardo de mi barrio me pregunta cómo estoy, conversamos sobre el iPod y las Mac, y cosas por el estilo. Seguramente no le interesa mi vida, pero por lo menos hay una cierta conexión, una mínima señal de interés en el otro. Acá no.
Luego de una muy larga espera, otra caja fue habilitada junto a la única que estaba en servicio. Yo era el siguiente, de manera que la misma empleada robotizada que había habilitado la nueva caja se dirigió a mí. Ella decía algo. Mi oído decodificó el sonido que se convirtió en la esperada frase “¿pasás por acá?”. Cómo rechazar semejante invitación. Estrené la nueva caja y finalmente fui atendido. Era como entrar al Incucai gritando: “tengo un corazón y un par de pulmones, ¿quién quiere un trasplante?”.
MENTIRA SABORIZADA. MENTIRA DE FRUTILLA, MENTIRA DE CHOCOLATE.
Sin embargo la charada parecía no tener fin. Pedí dos helados, debido a que mi viejo se prendió enseguida a la idea, pero me mandó a mí a comprarlos. Todos tenían esos nombres rebuscados que no representan nada. En un Easy que tengo cerca de casa, hay una mini heladería con nombres de lo más fantásticos para los helados: “Gigantic, Majestic, Maravillosic” y no sé qué paparruchada más, siempre terminados en “ic” para darle ímpetu o grandeza, presumo. La ilusión se cae sola en el momento en que ves el helado y te das cuenta que pagaste por un cucurucho de dudosa calidad, convirtiéndote en un “boludic”.
Se sumó otra chica a preparar mi pedido. Las dos empleadas robotizadas me atendían ahora, una cargándome de helado y la otra cobrándome. En semejante situación engorrosa y bufonesca me goteó helado en la mano. Reprimiendo al máximo las ganas de gritar y revolearles en la cara el heladito pedorro a esta gente, exigí en cambio servilletas. (Siempre trato de sacarles algo para no sentirme tan estafado o maltratado por el servicio.)
EL HELADERO, HOMBRE DE POCAS PALABRAS.
Regresé a la mesa. Mi viejo me interceptó en el peor momento posible, como de costumbre, con su infaltable sarta de preguntas insípidas e inoportunas que no hacían nada por calmar la frustración de toda la experiencia comercial previamente relatada. Estaba cansado, podrido, frustrado, y con ganas de tirarle el heladito por la cabeza al primer infeliz que me echara el ojo mientras lo consumiera. Ahogué mis penas en ese inexpresivo helado barato, el cuál duró menos que un susurro en un programa de chimentos.
COLORADO EL OCHO. NO VA MÁS.
Luego de la comida procedimos a abrirnos camino hasta el baño. Fui directo al individual gigante con espacio para tres. Apenas terminé me lavé las manos como si no hubiera un mañana. Mi vieja nos estaba esperando afuera.
Decidimos matar el tiempo caminando por ahí. Al poco tiempo encontramos un bingo dentro del shopping. Decidimos entrar a ver qué onda. Cruzamos el detector de metales, para probar que no éramos sicarios enviados a liquidar a la gente apostadora, y buscamos la caja para cambiar unas fichas.
Intenté jugar algunas fichas en una máquina traga-monedas pero perdí miserablemente. Mi vieja intentó y ganó. Al rato nos fuimos con una ganancia bruta de $12,75. Recibí una parte del premio, siendo feliz como niño en la dulcería, adolescente en la sección de películas para adultos o pedófilo en la sección de niños. La sensación de salir ganando de un bingo no tiene precio.
Buscamos el estacionamiento C12. Subimos al “familia-móvil” y nos largamos de ahí. Llegamos a casa un rato después, acalorados. Cada uno fue volviendo a sus asuntos, y en mi caso particular a tomar algunas notas sobre la noche para poder luego redactar esta historia.
Sentí el olor a lluvia en el aire y reparé en que el calor del que me había quejado durante la mañana estaba desvaneciéndose. Con ese problema existencial resuelto quedaba una cuestión pendiente: el esquivo número de la tarjeta de teléfono. Teniendo el universo casi resuelto me retiré a dormir sin hacerme mucho drama por el teléfono.
Descifraría el número semanas después, aprendiendo que la paciencia es vital para no perder la calma. Claro, díganme eso a mí, Mr. Paciencia.
-L.D.
|