Decidí colarme en el cine del Abasto para ver Déja vù.
Vamos
a hacer como en los libros de texto de la UBA: para entender el
contexto del presente primero debemos retrotraernos y comprender qué
procesos nos han traído aquí desde el pasado. Comencemos entonces con
la antigua Grecia.
Estoy jodiendo, odio cuando hacen eso.
Necesito igualmente contar algo previo a lo que ocurrió hoy.
FLASHBACK: DOS SEMANAS ANTES.
El lunes 19 de febrero volvía de la facultad luego de haber rendido y
aprobado el examen libre de una materia pendiente de la UBA. Había
decido ir al cine para celebrar un poco la vida. (En realidad iba porque estaba aburrido, pero “celebrar la vida” suena más literario.) Pagué los $10,50 que la entrada cuesta en el cine del Abasto. Casi al
mismo tiempo percibí las acalladas lágrimas de mi bolsillo, mas las
ignoré como si de una actividad deportiva se tratara. No me gusta pagar
por el cine cuando recuerdo que hace años la entrada costaba la mitad
del valor actual. (Ahhh, los años maravillosos… *snif*)
Sin
embargo, acostumbrado al sablazo monetario, no me hice mucho drama. En
el fondo quiero creer que existe una suerte de equilibrio en el
universo; que el dinero que se gasta hoy vuelve mañana de alguna forma:
como una oportunidad, como objetos materiales, o como simples placeres
terrenales. (Cada quién tendrá formada su definición de “placeres terrenales”.)
El valor de la entrada no me molestó, lo que fui a ver sí: Apocalypto.
Esa aburrida, fea, larga, tediosa, monótona, cualunque y salvaje
película clase B que me vi forzado a soportar durante más de una hora.
Llegué como hasta la mitad, donde unos locos estaban a punto de matar a
un feo miembro de la tribu rival (eran todos feos, dicho sea de paso) cortándole la cabeza o algo así, y pensé si lo matan me voy.
No dije eso porque me moleste la violencia, de hecho me encantan un
poco de sexo, sangre y muerte como a cualquiera, pero cuando veo un
film que no me mueve ya desde el comienzo, toda la violencia y/o sexo
del mundo no lo rescatan de su miseria. (Y ciertamente este relato de indígenas correteando en pelotas y matándose salvajemente no me movió nunca.)
Debo
confesar que al mismo tiempo, y en el fondo de mí, quería ver rodar esa
cabeza sólo para obtener la ansiada excusa que me permitiría irme,
cumpliendo así con mi retorcido criterio. Si eso no ocurría, inventaría
otra condición que me diera la posibilidad de irme. (Hago y deshago reglas a mi antojo, cosa que aprendí de un profesor de Geografía.) Estaba harto, pero no pensaba dejar el cine sin una maldita razón, sin
importar cuán estúpida fuera. Por suerte la cabeza rodó y este
espectador se fue, satisfecho de que se cumpliera la condición
anticipada en el “cara o ceca” que jugué contra mí mismo. Estaba feliz
en mi pequeño mundo, donde las reglas se hacen y deshacen a mi
caprichosa conveniencia. Por eso las personas de Leo somos dictadores
en algunos países. Estamos todos ahogados en nuestro propio ego.
Admitirlo es solo el primer paso. (El siguiente paso es… ¿comprar una gorrita verde e invadir Cuba? El clima cubano no es para mí, otra vez será.)
Como no pensaba irme del cine sin ver al menos una película (buena, si no es mucho pedir),
bajé desde el segundo al primer piso, esta vez haciendo uso del
ascensor rojo que hay justo al lado de la escalera mecánica con la que
se accede al segundo piso.
Al
acercarme a la botonera del ascensor noté dos teclas especiales: “salas
1-5” y “salas 6-12”. Es decir, este ascensor comunicaba todas las salas
del cine con la simplicidad de dos botones. Estos botones tendrían un
gran valor: lograrían pasearme impunemente por el cine. O al menos esa
fue la tentación y la idea que cruzó mi mente. Traté de pensar en las
posibilidades que esta información me abría. Mientras mi cabecita
trabajaba elucubrando maquiavélicos planes cinéfilos, llegué al primer
piso.
HOLA, ¿PUEDO PASAR?
Al salir del ascensor noté un pequeño obstáculo. Una valla acordonada
de separación estilo Banco Galicia impedía el libre paso entre el
ascensor y el pasillo que conectaba a las salas, evitando que cualquier
pichi saliera del ascensor y se metiera en el cine. Una medida muy
eficaz.
No, no realmente.
Crucé por el costado de la valla acordonada sin que la chica corta boletos me viera. Estaba en el cine. (Espero que esta gente no construya cerraduras.)
Ese es el problema con las medidas “disuasorias”: no sirven para la gente sin moral. (Hola.) En realidad no es que yo sea inmoral, simplemente odio que me cobren un sobreprecio. (Probablemente
no sea un sobreprecio, porque los costos deben ser mayores en este
cine, y en proporción quizá ganen lo mismo que un cine más pequeño.
Pero eso no lo sabemos, así que nos colamos. Bueno, no soy un santo,
¿ok? Como si no supiéramos eso a esta altura.)
En el mayor momento de tensión de toda mi carrera, me encontré siendo atajado por la chica corta boletos.
Ella estaba a medio camino entre las salas de cine y yo. Sin embargo no
estaba acortándome el paso delante de mí, sino que se encontraba a un
costado del pasillo, es decir que yo estaba oficialmente dentro del
área de las salas. Ahora debía justificar por qué me dirigía a las
salas del primer piso si aparentemente venía del segundo.
Me
preguntó si buscaba la salida. Con la mejor cara de gatito herido de
bala y enfermo de cáncer terminal la miré a los ojos y le dije
que no. Sugerí gestualmente que quería pasar al área que conectaba con
las salas de cine. Ella me dejó pasar sin más problemas. (“Mirame
a los ojos y decime la verdad” Ja. Jajaja. No me hagas reír. Vivo de
eso. Aclaremos este malentendido popular: mentir no se ve en los ojos.
No hay un cartelito luminoso con la leyenda “te estoy mintiendo”
titilando en la retina cuando mentimos. Se puede jurar amor eterno
mirando a los ojos y estar mintiendo por completo. De hecho, ser
mentiroso no te hace inmune a que alguien te haga eso mismo y vos ni lo
sepas.)
Y así pasé felizmente al pasillo, en busca de otra película.
¿Cómo?
¿Un Oscar para mí? ¿En serio? Bueno, muchas gracias. No voy a ser tan
falso como esos actores que le agradecen a medio mundo en vez de decir
lo que en verdad piensan. Sólo puedo agradecer a una persona: yo. Lo
hice por mí mismo. (Y es lo mejor, nunca me
decepciono de esa forma. Incluso cuando querés mejorarte vos como
persona pero lo hacés por alguien que te importa, está mal, es un
error. Si esa persona se va te das cuenta de que tratabas de cambiar
para ser alguien que no sos, y al mismo tiempo comprendés que durante
ese tiempo perdiste una parte de lo que eras. Estás perdido entre el
ideal de lo que querías ser para alguien y la persona llena de defectos
que siempre fuiste. Terminás sintiendo que no sos nada y todo el ego
del mundo no sirve para reflotar esa sensación. Lección: no hagas las
cosas por alguien, sino por amor propio.)
VEO, VEO. UNA COSA. ESPANTOSA.
Entré a la sala donde se proyectaba Una noche en el museo,
con el imbécil de Ben Stiller como protagonista. Lo soporté cuanto
pude, haciendo un esfuerzo casi intestinal, mas el pujante sentimiento
de insatisfacción era más fuerte que yo.
Las
escenas baratas entre el actor y su hijo me tenían en ascuas. Si en vez
de un hijo hubiera sido una hija quizá lo hubiera soportado. Las
escenas padre/hija son una de mis debilidades. No tendría que estar
publicándolo. (Aunque si Superman va por
ahí gritando a los cuatro vientos que su debilidad es la kryptonita,
todo es posible. Lo que tiene de poderes le falta de sentido común.)
Toda
la trama de este gran éxito de taquilla a nivel mundial –si, fue
sarcasmo– se basa en que el personaje interpretado por Ben Stiller
comienza a trabajar en un museo como guardia de seguridad para que su
hijo y su ex mujer lo respeten y dejen de verlo como el perdedor que en
verdad es. (El muy bastardo no acepta su destino.)
Si
el atrapante argumento no es suficiente para mantenerte al borde de la
butaca por dos horas, andá sabiendo que falta la cereza de esta gran
torta. Además de probarnos a todos que su risible existencia tiene un
propósito, Ben deberá lidiar en las noches con las maquetas y piezas
del museo, mismas que a esa hora cobran vida. ¿Por qué cobran vida los
objetos? Por un razón muy verosímil: en el mismísimo
“museo-que-todo-lo-puede” se aloja una tabla egipcia que otorga vida a
los objetos inanimados, hasta el amanecer, momento en el que toda la
charada se “muere” otra vez. (¿Me colé para ver esto? Ya siento lástima por mí mismo.)
Ahora
yo me pregunto algo. Si los objetos cobran vida, ¿por qué el museo
mismo no cobra vida? ¿Por qué las columnas no se van caminando? ¿Por
qué el piso encerado no sale a dar una vuelta? ¿Por qué el mostrador no
juega al póker con unas ventanas? ¿Muy surrealista? Si vamos a decir
que los objetos inanimados cobran vida, entonces TODOS cobran vida. No
solamente los que parecen ser humanos. Es decir, un objeto con forma de
persona es un objeto. Seguramente si una de esas columnas tuviera forma
humana saldría caminando, pero si tiene forma de columna, no.
Simplemente ilógico.
Y
ya que estamos histéricos: ¿por qué los objetos se vuelven inanimados
al amanecer? ¿La mágica tabla egipcia tiene una batería que se carga de
día? ¿Hay
un límite
de 12 horas para dar vida? Quizá los objetos se vuelvan inanimados al
amanecer porque de lo contrario el argumento tendría un agujero más
grande que la capa de ozono si hubiese que explicar cómo el museo
entero no escapa durante el día.
Tal
vez el detalle más inverosímil de todo este patético rejunte de escenas
baratas sea que la tabla egipcia está en una sala cerrada y oscura de
la galería. ¿Cómo puede saber la tabla que es de día para “quitarles la
vida” a los objetos? ¿Tiene un reloj? ¿Será que percibe telepáticamente
la luz del día y dice uh, mierda, casi me olvido de quitarles la vida a los objetos, ya estoy vieja para estas cosas…? Absurdo. (Es la clase de película que veo en la estantería de Blockbuster y me provoca un "y bueh, tengo un cupón para un estreno gratis, pero se llevaron lo mejor. Voy a tener que irme con esto…")
URDIENDO UN PLAN.
El nivel de aburrimiento se salía de la escala mientras veía ese
mediocre estreno pochoclero en el celuloide. Mi mente combatía el
aletargamiento maquinando un posible plan para determinar si el
ascensor constituía un método viable para colarme en el futuro. (Ahora en criollo: estaba podrido y pensaba una forma de colarme la próxima vez.)
Deduje
que si utilizaba el ascensor en esta oportunidad para irme, podría
averiguar dónde estaría el acceso al mismo en la entrada principal del
cine y así, en otra ocasión, tomarlo y subir a las salas sin pasar por
la boletería.
Largo rato después decidí irme de la sala.
Tomé
el ascensor rojo y presioné el 1, esperando una pronta respuesta.
Finalmente sabría el misterio del ascensor, y con él, la forma de
cobrarme todos esos sobreprecios del cine del Abasto. La caja plateada
con capacidad para varias personas se detuvo lentamente, maximizando el
suspenso. La puerta se abrió dejándome ver que estaba a escasos metros
de la entrada, cerca de la boletería. Era increíble. Tantos años y
nunca había reparado en el ascensor. Es una de esas cosas que uno mira
sin ver. (Como a tu vecina. Primero es una nena, ni te interesa. Después cumple 15 y de repente te das cuenta que existe.)
Esa
tarde había malgastado $10,50 en dos películas mediocres, pero lo que
había obtenido era algo mucho más valioso: información.
Tiempo después, y haciendo uso de esa información, me colé en dos oportunidades. Vi Babel (no
está mal; salvo algunas escenas de la chica oriental desnuda que me
dieron un poco de asquito, pero supongo que es cuestión de gustos; las
orientales no me mueven) y El buen pastor, una excelente película sobre la gestación de la CIA con Matt Damon haciendo de agente nerd.
Por
cierto, se me hace imposible comprender cómo semejante nerd se levanta
a dos mujeres como las de la película. Una de ellas, Angelina Jolie. Y
aunque para mí ella no sea tan increíble como muchos la ven, creo que
no es la clase de mujer que estaría con un tipo como el que interpreta
Damon.
Esto viene a
cuento de mi opinión sobre Angelina Jolie: aunque admito que es una
bella mujer, no me atrae por dos razones. La primera son sus labios
“demasiado-carnosos-para-este-mundo”. (Dependiendo de la película pueden parecer de chimpancé.) Y la segunda es esa actitud de “macho fuerte” que simplemente no me
atrae en ninguna mujer. Una cosa es ser una mujer independiente y
fuerte, (como Sidney en la serie Alias),
que no pierde su esencia femenina. A todos nos gusta eso, es admirable
y ciertamente atractivo. Otra cosa muy distinta es ser una bruta
masculina sin estilo que usa ropa deportiva hasta para una fiesta y
fuma como camionero borracho en el prostíbulo del kilómetro 103. Si
quisiera ver a alguien sin estilo miraría a un tipo, no a una mujer.
Mujeres sin estilo, qué cosa tan inentendible y contradictoria para mí. (Supongo que siempre tuve un ideal de mujer con
estándares tan altos que cuando veo la realidad en muchos casos me
decepciono. De hecho, hasta ahora encontré exactamente lo que buscaba
una sola vez. No resultó, pero mantengo el ideal.)
AHORA SÍ. YA ESTOY. TOMATE UN CAFÉ PARA REANIMARTE Y SEGUÍ LEYENDO.
De vuelta al presente. Con los exámenes libres terminados, decidí probar suerte hoy y colarme a ver Déja vù.
La función comenzaba a las 14. Eran las 13 cuando estaba en casa viendo
el reloj de la cocina. Rápidamente agarré todos los cachivaches y partí
a tomar el tren subterráneo de la línea C.
Pensaba tomarlo en la estación San Juan, que me da la idea de ser más segura. (Francamente
no sé por qué. Hey, es el subte, ¿qué tan seguro puede ser? Si vas bien
vestido la gente cree que sos un turista o estás loco.) Sin embargo, la terminal de Constitución me quedaba más cerca, motivo por el que me decanté hacia esa opción.
Llegué
a la estación a los quince minutos. Rápidamente recorrí los pasillos y
bajé la escalera que me condujo a la boletería. Me encontré con los
clásicos niños pobres y olorosos que
piden dinero al lado de cada ventanilla de boletería en busca de
monedas para mitigar sus interminables males y carencias. (Ver
estas escenitas desgarradoras todos los días cansa. Si, ya sé, suena
muy frío, pero sinceramente me tienen podrido. Yo decidí tomarlo
cínicamente, ignorarlo y seguir con mi vida. Salud.)
Apenas
llegué me atajaron los chicos de no más de 10 años para manguearme unas
monedas. Me llamaron “señor”, cosa que me hizo sentir raro. (Tener 19 es una sensación de transición: no sos un pendejo, pero tampoco un señor. Estás como “en camino”.)
Siguiendo
el procedimiento estándar, ignoré a los críos como una solterona
estéril amargada por su incapacidad de tener hijos propios. Me consagré
entonces a preparar las monedas para comprar la tarjeta de acceso al
subte. (SubtePass, para los amigos.)
La conversación con la pobre empleada/esclava detrás del vidrio fue más o menos asi:
-Una , exclamé mientras le daba lo que me parecieron ser $0,70.
-Faltan 5, replicó ella, haciendo señas y moviendo los labios detrás del vidrio al mejor estilo “sordomudo desesperado”.
Esta
escena de “dígalo con mímica” se produjo justo después de alcanzarme la
tarjeta SubtePass. Fácilmente podría yo haberme ido y joderla a ella
con los $0,05, pero no soy esa clase de hombre.
*Violines de fondo*.
Está
bien, lo admito, de hecho lo pensé. Es decir, ¿qué podría hacer ella?
¿Putearme? ¿Correrme? Sin embargo mi lado bueno salió a relucir –no
pregunten cómo– haciéndome ver que no valía la pena semejante
escena por 5 centavos de morondanga. (Parece que tengo una conciencia. Wau, qué mundo.)
Saqué
otra moneda de $0,10 y ella me dio una de $0,05 de cambio. Envuelto en
un aura de bondad, caridad y donaciones, tuve un arranque de
misericordia jamás visto con el mundo. Le dije a los niños olorosos ¡moneda, moneda! al tiempo que les dejaba por ahí la moneda de $0,05. La agarraron sin
mucho problema porque estaban hablando, ignorando por completo la
miserable moneda que les estaba dejando.
Carajo, ni gracias pensé. Última vez que hago caridad. Cuándo aprenderé que la gente que
uno ayuda lejos de casa nunca más se ve en la vida y a veces, como en
esta ocasión, ni te lo agradecen. Si me dijeran gracias me consideraría
satisfecho, pero parece que eso no se estila ahora. Hasta aquí llegó mi
“granito de arena” y toda esa basura. Que se encargue la Iglesia, algo
útil podrían hacer. Sino la Madre Teresa o Greenpeace los ayudará.
De
hecho, Greenpeace ayuda a las ballenas. Y la Madre Teresa estiró la
pata. Es innegable que igualmente han hecho una diferencia, ¿o no? Lo
pregunto porque la flota japonesa va a seguir matando ballenas, y en
India seguirá habiendo leprosos. La gente muere todo el tiempo,
¿derramamos lágrimas por cada una de las miles de personas que mueren
día a día? No. No lo vemos, no nos importa. Dulce hipocresía en la que
vivimos. (Si me pongo así por unos miserables $0,05 que no se me agradecieron, imaginate cómo me pongo si alguien me debe plata.)
Con
la tarjeta SubtePass abonada, dirigí mis esfuerzos en llegar rápido al
andén del subterráneo. Desafortunadamente, apenas alcancé el andén, el
tren se fue, obligándome a esperar el próximo subte.
Siendo Constitución el fin del recorrido, el tren que arriba es a los dos minutos el
primero en irse. Es decir que cuando vuelve a salir lo hace “marcha
atrás”, hecho que convierte a la cola del tren en el frente. Por esta
razón resolví ir al final del andén, lugar donde estaría el frente del
subte al salir. (Más claro no lo puedo explicar.)
Apenas
arribó el tren, la gente que estaba adentro salió por las puertas de
uno de los lados del subte. Transcurrido un momento subimos todos
aquellos que nos encontrábamos en el andén opuesto. Me senté en un
individual apoyando los codos en las rodillas. Para futura referencia,
y con objeto de matar el tiempo, saqué el celular con la idea de
cronometrar cuánto me llevaría llegar al Abasto.
El tren comenzó a moverse y oprimí “Iniciar” en el cronómetro. Al minuto llegué a la siguiente estación, San Juan. Se sumaron unos 30 segundos de espera por la
parada. Deduje que en promedio el viaje tardaba 1 minuto entre estaciones y sumaba unos 30 segundos por cada parada.
A los 7 minutos el tren llegó a Diagonal Norte donde luego yo debería hacer combinación con la línea B. Apenas bajé del subte para hacer la combinación pensé como mucho tardaré dos minutos en llegar [a la línea B]. Ese día mi reloj biológico estaría retrasado.
SI ESTO FUERA UNA CARRERA PARA ENCONTRAR LA BOMBA… ¡KABOOM!
Como comenté antes, bajé del subte en Diagonal Norte y caminé hasta la salida, alcanzando el túnel de acceso a la línea B.
Elegí subir los escalones de a dos por la escalera fija en vez de usar
la escalera mecánica que, predeciblemente, se abarrotó de gente con
suma facilidad.
Llegué al nivel superior. Caminé por el pasillo que comparten la línea D y la B, evitando chocar con la boluda del día que se me cruzó. Esto no es nada fuera de lo común en la metrópoli que
es Buenos Aires. Razón de más para insistir: no podés cruzarte delante
de otra persona, se cruza por detrás. Es un procedimiento muy simple:
dejás pasar a la otra persona y recién ahí pasás vos. (No sé por qué me gasto en decirlo, nunca lo van a entender.)
Me
tomó mucho tiempo llegar al andén de la línea B, caminando por todos
los pasillitos y observando los cartelitos de colores en el laberinto
que es la red de subtes de la Capital.
Ya
sumaban 11 minutos cuando llegué al andén. Bajé la escalera,
advirtiendo el subte que estaba por salir. ¿Pero era el que debía
tomar, o el opuesto? La duda me atrapaba cual gordo a un sándwich de
mortadela: ¿sería ese mi subte? Si me subía al tren había un 50% de
probabilidad de haber tomado el correcto. Claro que también era 50%
improbable. ¿Debía arriesgarme a tomar el tren equivocado, con la
esperanza de estar tomando el correcto? Si no me decidía pronto
perdería el tren. Rápidamente busqué el cartel con el recorrido de la
línea y vi justo lo que temía. No era mi tren, era el otro. Burlando al
destino, lo dejé ir y me aproximé al andén opuesto. (Las estaciones con doble andén a veces me desquician, pero en general son útiles.)
Al
poco tiempo llegó mi subte. Más de 18 minutos habían pasado desde que
había comenzado todas mis peripecias subterráneas. Finalmente alcancé
la estación Carlos Gardel, mi destino, chequeando
nerviosamente el celular como cualquier otro parásito, totalmente
consumido por la idea de llegar a tiempo para ver la peli.
Al
bajar caminé hasta la mitad del andén donde todo el malón ingente de
borregos se movía lentamente hacia la escalera mecánica cual procesión
a Luján. Los pasé sin mucho drama haciendo uso de una escalera fija que
había descubierto en otra oportunidad. Nadie usa esa escalera para
salir, sino para entrar en el andén, cosa que me dio la ventaja y me
permitió ver que algunas personitas aparecían desde la escalera
mecánica hacia mí cuando yo ya estaba pasando el molinete. Incluso tuve
una doble ventaja, porque esa escalera fija me acercó a la entrada
subterránea del shopping que se conecta con el subte. (Por eso no es bueno seguir a las masas. Los borregos no piensan, actúan. Y así les va.)
Bajé
la rampa de acceso con paso acelerado y crucé la puerta de vidrio hacia
el interior del shopping. Recordé que hacia la derecha encontraría el
baño, así que pasé al lado del café que tienen ahí y caminé no más de
50 metros.
Cuando
terminé con el trámite urinal procedí a lavarme las manos y de paso a
mojarme la cara. Antes de salir del baño me sequé en los dos secadores
de manos al mismo tiempo, una mano debajo de cada secador, mientras las
gotas de mi cara se secaban a la vieja usanza. Siempre dejo que el aire
evapore el agua de mi rostro.
Salí
detrás de un tipo que se iba, aprovechando que había abierto la puerta.
Me metí justo antes de que se cerrara porque no quería tocar el barral
de metal con las manos recién lavadas. (La puerta no es lo más higiénico del mundo si consideramos que no todos deben lavarse las manos. Y eso es seguro.)
Apresuradamente
llegué a las escaleras mecánicas, entre ellas la que me acercaría al
primer piso, lugar donde se ubican los cines. No vi moros en la costa,
así que me acerqué al ascensor rojo que había utilizado semanas antes
para colarme. Me acerqué lo suficiente para ver que tenía un cartel
sobre la botonera para avisar que no estaba en funcionamiento. Me
cagaron. (No pensaba rendirme tan fácilmente. Hey, tengo tiempo, ¿ok?)
PLAN B
Tomé la escalera mecánica hasta el primer piso, como haría alguien
decente que hubiese comprado la entrada. En mi camino hacia las salas
de cine estaba la chica corta boletos.
Me acerqué con la mejor cara de perdido y le dije:
-¿No hay boletería acá?
-No, andá abajo.
-Ah, ¿voy por la escalera?
-Si.
Fui
hasta la escalera de emergencia y me quedé fuera de su vista,
observando de reojo que ella no estuviera mirando en mi dirección.
Esperé unos 30 segundos y rápidamente me apuré a volver sobre mis pasos
y subir a la escalera mecánica que me conduciría hasta el segundo piso.
Apenas
llegué arriba vi a lo lejos un guardia reposando apoyado sobre el
mostrador de pochoclo. Algo imprevisto. Siempre hay imprevistos cuando
te tomás la justicia cinéfila por las manos. (Saber improvisar es la clave.)
Alguien
le dijo algo por radio. El guardia se encaminaba hacia mí. La yegua
corta boletos debió haberme visto. Ella le avisó. Sabía lo que iba a
pasar si no tomaba el liderazgo de la conversación que se avecinaba. El
objetivo era ahora salir ileso y sin problemas. Era hora de improvisar.
El guardia se acercó y me dijo:
-Me deja ver su entrada, por favor.
-¿Eh? No tengo entrada, estoy buscando la boletería.
(Suena
muy boludo, pero en el calor del momento la gente se confunde y si
mirás a los ojos creen que sos un pobre idiota en vez de un chanta que
se quería colar.)
-Esto no es la boletería.
-Abajo quise salir y estaba cerrado entonces subí acá para ver si había boletería.
-Tenés que bajar dos pisos.
(Ya me salvé. Ahora viene lo mejor de todo el verso. Es la parte del detalle anecdótico que hace a la mentira más verosímil.)
-¿Pero hay un entrepiso? Porque la puerta no abría.
(El truco en una buena mentira son los detalles anecdóticos, como "ah,
no sabés, me crucé al panadero de nuestro antiguo barrio, ¿te acordás
de Bruno?" y listo. Nadie sospecha que todo el resto de lo que digas es
un verso cuando está debidamente salpicado con problemas o comentarios
anecdóticos.)
-Bajá dos pisos.
El guardia me acompañó amablemente a la escalera de emergencia para salir.
(El
detalle final es ponerse en el papel de una persona tan boluda como
para llegar hasta ahí sin haber comprado la entrada, tal cuál yo le
vendí a este buen hombre.)
(Por
último: ¿qué diría a continuación alguien que equivocadamente se metió
en el cine y ahora fue ayudado por el compresivo guardia?)
-Ah, bueno, gracias.
(Eso es ponerse en el lugar de otro. La clave de una buena mentira.)
JAQUE MATE.
Bajé por la escalera de emergencia, a metros del ascensor averiado, y
volví a las escaleras mecánicas del shopping en busca del subte. El
buen Abasto me había derrotado. Un digno oponente. (Si, toda la onda, pero bien que los cagué dos veces y me ahorré más de 20 mangos con las pelis que vi antes. Tomá.)
Estaba un poco frustrado por el fracaso de la misión Déja vù.
Decidí descargarme con el subte. En algún lado me tenía que colar. Noté
la ausencia de los guardias. Hice como que sacaba monedas de mi
bolsillo y las contaba, haciendo tiempo para que pasaran algunas
personas. Como de costumbre, las mujeres de la boletería hablaban en
vez de controlar, y la gente de la cola atendía sus asuntos sin prestar
atención.
Al lado de
los molinetes hay siempre una puertita que está reservada para
empleados y algunos policías que se cuelan porque hacen lo que se les
canta. Había un viejo justo a unos pasos de esa puertita. Me metí por
delante de él,
aprovechando que estaba absorto mirando un celular o algo así. (Otro zombi urbano.)
Sin
pagar un centavo, bajé la escalera apresuradamente y caminé por el
andén cuando el subte llegó. Como la estación no era doble y solo había
un subte que pudiera tomar desde donde yo había entrado, me subí sin
pensarlo dos veces y supe que para llegar a destino tendría que bajarme
más adelante y tomar el tren opuesto, mismo que me llevaría a destino.
Cuando estaba fingiendo sacar monedas del bolsilo vi que la entrada a
mi tren estaba justo al lado de la boletería. Tuve que tomar el subte
incorrecto para evitar ser visto y poder colarme.
Entonces viajé por unas seis estaciones hasta Tronador, con la intención de tomar el tren opuesto. Esto debido a que Tronador tiene doble andén y permite salir de un tren para cruzar a tomar el otro.
Apenas
bajé vi el otro tren estacionado y a punto de salir. Corrí hacia él, al
otro lado del andén, cuando sonó la alarma sonora de salida y la puerta
se cerraba. La atajé con las manos haciendo fuerza, y con media pierna
adentro del vagón, pero la fuerza era tan grande que tuve que soltarla,
sacar la pierna, y dejar que el tren se fuera. La gente de ambos trenes
me estaba mirando. Fingí estar apurado sacando mi celular y mirando la
hora con cara de enojado.
El tren se fue, y luego el que me había traído hizo lo propio. Se
fueron, ya tienen una anécdota para contarles a sus familiares. No los
voy a ver más, así que ni me importa lo que piensen de mí, me dije.
(No
hay nada mejor para combatir la vergüenza que recordar que algún día te
vas a morir. Es la mejor motivación. Si total te vas a morir, hacé de
tu vida lo que te plazca y decí lo que sientas. Todo el que te critique
se va a morir también. ¿Por qué dejar que otros influyan en tu vida?)
Me senté cómodamente en un banco. De la nada salió un tipo que estaba revoloteándome. Es del cine, voy en cana, o son los del subte… ¡ahhh! Es la mafia china, ahora me matan acá mismo. Pero no, era un simple tipo con pésimo gusto al vestir, como la
mayoría. Simplemente caminaba alrededor de mi sector. Pasaba por
detrás, por el costado; mientras yo estaba pachorramente sentado y
cruzado de piernas. Fue un momento de estrecha vigilancia, porque
necesitaba conocer sus movimientos, en caso de tener que reaccionar. El
subte es así. Te cueles o no. Hay que estar pendiente de todo y todos.
VUELTA.
El tren llegó y lo tomé con la idea de bajar en la estación Callao.
Cuando me senté en el asiento alargado vi una tarjeta SubtePass tirada
al lado mío. Se me ocurrió un rebuscado plan para colarme en el subte
con esa tarjeta usada fingiendo que no servía el molinete y demandando
al guardia que me dejara pasar. (Luego descarté este plan por completo.)
Una
mujer miraba a la presunta turista (tenía una mapa) por su tatuaje en
el cuello, supongo. La turista tenía una altura considerable, y una
pollera que la acentuaba. Me bajé y salí a la intersección de Callao y
Corrientes.
Me dirigí
caminando hasta el cyber de un amigo donde quise comenzar a escribir
esta historia para no olvidarla. Obviamente la PC crasheó a los 43
minutos, debido a que, claro, era una PC con Windows ME. Le dije a mi
amigo cada vez que uso Windows tengo otra razón para pasarme a Mac.
Odio Windows. En serio lo odio con cada fibra de mi ser. Mi amigo
propuso algunas ideas para encargarse de Bill Gates, pero comenté que
el daño estaba hecho: la gente usa PC. Ese el problema. Todos creen que
es normal que una máquina se cuelgue y tenga virus, a pesar de que eso
en Mac no ocurre. Simplemente Windows nos acostumbró a lo peor, y como
muy pocos conocemos la alternativa, la mayoría sigue sufriendo. Al
menos puedo soñar con un mundo mejor.
DE VICIOSO QUE SOY.
Me fui del cyber y caminé hacia el colectivo, tirando la tarjeta
encontrada en el subte, y descartando con ella el plan de colarme
fingiendo que la misma no funcionaba.
Decidí
tomar el colectivo. Subí detrás de una chica veinteañera que no se daba
cuenta de que la moneda de $0,50 que estaba usando para pagar el viaje
en la máquina era más trucha que yo.
Me
quedé parado al costado mientras ella luchaba contra el universo en un
intento de probarle a la máquina que la moneda no era falsa. A pesar de
que claramente lo era. (Si la máquina te revota la moneda varias veces, no jodas, admitilo de una vez, es trucha.)
Aprovechando
que el colectivo estaba semi lleno, me di vuelta mirando hacia la
ventana, estando parado junto a dos mujeres sentadas en los primeros
asientos.
El tiempo pasó y como el chofer no me dijo nada, me quedé ahí.
Cuando
subieron más personas aproveché para irme al fondo, donde permanecí
disimuladamente. Hasta enotnces nadie se había dado cuenta de que no
había pagado para subir al bondi. Llegamos a la parada de colectivos de Constitución, momento en el que se desocupó un asiento. Me
senté mirando por la ventana, con el codo apoyado en el marco de la
misma, dejando que el viento ondeara a mi alrededor.
A
los pocos minutos le pedí permiso a la mujer de al lado para bajar y
llegué a destino, sin pagar un duro. Me bajé, crucé por la mitad de la
calle, y luego por una estación de servicio hasta llegar a casa.
Este
día marcó el fin del cine gratuito. Sin embargo aprendí algo: el subte
y el colectivo son nuevos objetivos a la hora de ahorrar dinero y
encontrar emociones en la vía pública.
El crimen no pagó hoy. Mañana será un nuevo día.
-L.D.
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