Cualquier lugar, de cualquier forma.
Cuanto más cambian las cosas, más se quedan igual.
Vuelta a la rotonda en ocho minutos.
Mismos lugares, distintos momentos.
Ojalá hubiera un programa de millas frecuentes en el subte.
Si vos te cansaste de leer, qué tendré que decir yo, que soy el que escribe.



Era la una de la tarde cuando, cerca del aula 26, Leonardo miró la hora en la pequeña pantalla de su celular. Había entrado apresurado, pensando que llegaría con retraso a la clase. Al llegar se sorprendió al ver las luces apagadas dentro del aula, más allá de los clásicos pobres diablos echados en el suelo. Le molestaba cuando la gente no tenía el valor necesario para entrar y prender las luces. Pasar delante de todos los que estaban afuera, e ingresar en el aula para prender la luz y sentarse tirando la campera por el aire hacia un asiento de la fila de adelante era para él un acto de valor y rebelión. Era una forma de demostrar que era distinto, que no tenía miedo, y que él no iba a continuar con el ritual consistente en esperar afuera al profesor para que fuera él quien prendiese las luces. Estaba sentado en una de las filas de tres asientos cerca del frente, en la silla del medio. Dejó la campera y el morral en la de adelante. Qué raro que haya tan poca gente a esta hora. Acá pasó algo. O me equivoqué de horario o hubo paro o se murieron todos. Sin demostrar ninguna importancia, sacó las hojas de un ebook que había impreso anticipando el aburrimiento que sería la clase. Con la música a todo volumen para bloquear los sonidos del mundo, se adentró en las páginas impresas del libro electrónico. Imprimía los libros electrónicos para leerlos; una contradicción algo curiosa. Pronto recordó algo que había observado tiempo atrás: no podía concentrarse en lo que leía mientras escuchaba música. Se trababa en la lectura o leía párrafos enteros sin comprender las palabras. Casi como una rutina, las letras pasaban ante sus ojos y luego se repetían en la mente formando un eco que no llegaba a cobrar significado alguno. Pasados unos minutos comenzó a plantearse el tema de la falta de gente. Se dijo a sí mismo que seguramente estarían todos afuera. Sospechaba, sin embargo, que algo estaría pasando. Sus peores previsiones siempre salían a flote con mayor peso que las demás. No entra nadie. Me equivoqué. No era la entrega de notas del segundo parcial. Vine al pedo. Buscando una confirmación, tomó su celular y envió un mensaje a una compañera de clase, preguntando cuándo sería la dichosa entrega de notas. Pasaron unos minutos hasta que vio el sobre dibujarse en la pantalla del teléfono. Presionó una tecla para ver el mensaje. La compañera le decía que no se acordaba, pero que le preguntara a otra de las chicas con las que él cursaba, seguido de su número telefónico. Él sabía que si ella no estaba ahí era porque la entrega de notas no era ese día; aunque al mismo tiempo dudaba porque ella tampoco sabía con certeza cuándo era. Quizás la chica no lo anotó o no se enteró y por eso no lo recordaba y no fue ese día. Quizás la chica escuchó lo suficiente para saber que no era ese día, pero olvidó la fecha exacta. Decidió llamar a la otra compañera para obtener alguna respuesta concreta. No obtuvo ninguna de forma inmediata, de modo que resolvió irse. Agarrando los bártulos, lentamente se vistió con la campera de jean verde gastado y el morral rojo que estaba algo sucio por el paso del tiempo y el nulo interés que él demostraba en limpiarlo. Salió lentamente, con paso firme, demostrando seguridad y ocultando siempre que en realidad tenía ganas de estar en otra parte, bajo otro contexto, escapando de la soledad que lo agobiaba junto a alguien que ocupara un lugar que estaba vacío en su vida durante cierto tiempo. Nada de esto era visible desde afuera. Los que estaban afuera del aula lo observaron al salir. En más de una ocasión la gente lo miraba, cosa que él no podía comprender; le llamaba la atención poderosamente. No lo miraban con desaprobación, ni porque le temieran o les causara gracia. Él no podía precisar la razón por la cual atraía las miradas de ambos sexos. Los varones lo miraban como tratando de estudiar sus gestos y su actitud, mientras que las mujeres hacían lo mismo pero a través de una mirada más agradable y a veces, cómplice. De todas formas, él siempre se mostraba frío y distante cuando no había nadie conocido cerca, al tiempo que evitaba verse serio porque le parecía una hipocresía. Él no era serio, aunque sí tenía una gran dificultad para mostrarse tan suelto como algunos de sus pares. Medía sus movimientos, calculaba sus poses y planeaba cada ademán por anticipado. Sentía que sus maquinaciones lo separaban del resto. Y esa sensación de individualidad era algo que disfrutaba como un placer secreto y prohibido. ¿Podría ser esta imagen calculada aquello que atraía la atención de sus pares, o sería su falta de habilidad para mezclarse con el resto la que lo hacía resaltar de la multitud? Quizá aquello que atraía el interés del resto era algo completamente ajeno a él. De cualquier manera, y como en tantas ocasiones previas, decidió seguir su camino, moviéndose entre las miradas cruzadas que no lograban hacerle mella, mas sí le provocaban curiosidad.
TE HAGO UNA PREGUNTITA. Evitando a los sobradores infelices que atendían el departamento de alumnos, fue directamente a la cartelera a buscar la fecha del examen final de Economía, que también desconocía. (Su interés por lo académico se había diluido meses antes.) No pudo encontrarlo entre los crípticos listados. Se fue, asqueado y aburrido. Quería hacer algo nuevo, recorrer la ciudad, sentirse vivo otra vez, como no se había sentido en mucho tiempo. El Sol se reflejaba en su cara cuando se percató nuevamente de que era mirado. Supuso que era por sus ojos. Ya antes había recibido elogios –sutiles y a los gritos– sobre ellos. Nunca entendió la locura que provocaba en la gente el color verde de sus ojos, pero apreciaba los comentarios, sin que se le subieran a la cabeza. No le gustaba que la gente le preguntara si usaba lentes de contacto. Se sentía ofendido por la pregunta, que para él implicaba otra cosa: si usaba lentes de contacto lo haría por vanidad, para tener los ojos verdes que Dios le habría negado. Es decir, él creía que lo que la gente realmente estaba implicando con la pregunta era que ese color era falso, y por lo tanto todo significaba una gran farsa. Rápidamente se apuraba a aclarar que usaba los dichosos lentes porque era miope, y que, además, eran transparentes. Esto último lo decía con otro tono –más acentuado– denotando que el color era real, todo era verdadero y allí no había ninguna farsa. Cada tanto aparecía algún desconfiado que se negaba a creerle. Él se resignaba pensando andá a la mierda si no me querés creer, me resbala. Sin la puteada, lo dijo a algún que otro incrédulo en alguna ocasión. No necesitaba la aprobación de los demás para ser él mismo, no obstante no pensaba tolerarle a nadie el significado escondido de esa traicionera pregunta.
CUALQUIER LUGAR, DE CUALQUIER FORMA. Eran las 13:40. Leonardo estaba absolutamente decidido a hacer el inútil viaje de 60 minutos. Siempre pensaba que lo importante no es el destino, sino el viaje. Disfrutaba mucho los viajes cuando estaba solo; le permitían pensar con mayor claridad, excepto que estuviera escuchando música. La música lo distraía de sus pensamientos. Además, consideraba que la música no era algo tan mundano como un simple sonido de acompañamiento o un ruido de fondo, sino algo con un peso propio, que ameritaba otorgarle toda su atención, escuchando las letras, sintiendo los sonidos. Era por eso que tampoco podía disfrutar de la lectura de un libro al tiempo que escuchara alguna melodía. Sentía que le restaba importancia a la música, rebajándola a un simple ruido de fondo. Vio el 102 acercándose. Extendió la mano haciendo un ademán con los dedos índice y medio, atrayendo la mirada esperanzada y emotiva —sin ser su intención— del taxista que justo pasaba cuando él intentaba parar el colectivo. El taxista miraba casi rogando que estuviese a punto de levantar un cliente. Siguió de largo al ver lo que en realidad ocurría, dejando al muchacho y al colectivo encontrarse en la esquina.
CONSTITUCIÓN. En definitiva, el mismo circo podrido que veía cada vez que estaba obligado a pasar por ese maldito lugar. Todo eso debía vivirlo y verlo detenidamente porque los colectiveros que pasaban por ahí se tomaban el rato de espera en la parada para conversar y perder el tiempo con el tipo encargado del control de la frecuencia de los colectivos, el llamado “chancho”. La gente iba subiendo al colectivo, hasta que solo quedaban afuera los que haciendo uso de su sentido común (el menos común de los sentidos) decidieran esperar al próximo. Adentro estaban ahora los que habían subido antes –incluido Leonardo– más todos los borregos que se sumaron en esta escala. El mismo asco de siempre.
CUANTO MÁS CAMBIAN LAS COSAS, MÁS SE QUEDAN IGUAL.
A LA VUELTA DE LA ESQUINA. Momento. ¿Dije obreros trabajando? Que alguien abra el champagne. ¿Obreros? ¿Hay obreros en esta ciudad? ¡Sí! ¡Salieron de la hibernación, y eso que estamos en invierno! ¡Laburan. laburan! Los obreros rehacían las calles de mayor tráfico con cemento. No lo hacían porque fueran buenos o de repente les importara la gente o hubiesen tomado agua bendita, no, no. Era porque las elecciones a Jefe de Gobierno habían terminado (y las de presidente se veían en el futuro), y las obras habían empezado antes de votar. Ahora que el despreciable circo político había pasado, las obras estaban por la mitad, y había que terminarlas. (Aunque eso nunca se interpuso en la detención de más de una obra en contadas ocasiones.) No sé por qué todo tiene que ser con cemento. Debía estar de oferta, porque siempre que se hacía algo público en Buenos Aires era con la mayor miseria posible. Como cuando pavimentaron algunas calles de su barrio sobre el empedrado: pavimentaron el centro de la calle, mientras que los laterales, donde estacionaban los autos, no. ¿Para qué? ¡Así se ahorra! Todo era así en su ciudad. La mejor palabra para describirlo: Miseria. Todos los políticos eran, en mayor o menor grado, unos charlatanes de mierda para él. Sin importarle la cara, siempre veía lo mismo. Tres cuadras adelante pasó por la zona que denominaba “festiva/colegial” debido a la divertida coincidencia entre estudiantes de colegios primarios y secundarios, y prostitutas que posaban en las paredes para deleite de las masas. Ciertamente, el que viviera por ahí, aprendía mucho, con solo ir al cole. Pensó en lo que podría decir el tipo que acuño la frase “la biblia y el calefón” que se utiliza para simbolizar cuando lo mundano está junto a lo sagrado. Sonrió, creyendo que solo él entendería el comentario. El 102 había doblado a la derecha, y estaba ahora a unas cuadras, detenido en un semáforo, junto a una escuela. La observó detenidamente, como queriendo descubrir un mensaje escondido. Para empezar, la palabra “escuela” le recordaba a la gente pobre del interior. “Escuela”, “escuelita” y sus derivados, cargaban una connotación negativa, una imagen de gente carenciada y humilde. El cartel decía Escuela Nº1 de 3. Eso estaba allí para hacer ver que aquél o aquellos que habían sido tan buenos y generosos como para edificar la escuela, habían encontrado aún más bondad en sus corazones para construir dos más, y querían hacerlo notar en el título de las tres, cosa de que todos lo notaran. Luego de esa frase estaba colgado el escudo de la ciudad. Esto decía que era del Estado, y que, por consiguiente, aquello estaba allí por obra y gracia del increíble país en el que él tenía la maravillosa fortuna y dicha de vivir. Luego se veía el nombre, Dr. Ricardo Gutiérrez, un nombre que nada significaba para él. Podría ser un abogado, un vendedor de comida para perros recibido de doctor o un pediatra. Era igual. La verdad es que el nombre de la escuelita en su conjunto no derrochaba demasiada creatividad. La apariencia era típica de un bien público del país. Como el dulce de leche o el mate son típicos del folklore argentino. Las paredes manchadas con grafitis, mármol beige gastado por las miles de personas que recorrieron su derruido interior y se apoyaron en sus derruidas y sucias paredes exteriores al salir; todo acorraladito con rejas negras, cual broche final. Para él, lo público tenía un gran mensaje de conformismo: “tómalo o déjalo”, o mejor aún: “es lo que hay. Si no te gusta, pagate algo privado”. Y claro, lo privado no era nada increíble tampoco. Pagar $260 por una educación secundaria mediocre no era nada para agradecer o recomendar. Él lo sabía. Si las cosas públicas lo hacían sentir un número, lo privado lo hacía sentir una cifra.
VIAJANDO.
MADE BY THE STATE. Me puse la campera al pedo.Tenía algo de calor. Bueno, no exactamente calor, más bien no sentía frío. El invierno dura cada vez menos. La bufanda me la voy a meter ya sabés dónde. No la traía puesta, pero había mandado a hacer una hacía poco, y pensaba que el frío había llegado a su fin. Tendría que esperar un año para poder sacarle jugo a su bufanda recién hecha y abonada al contado a un módico precio a la mujer que atendía la mercería del barrio. Por cierto, ¿cómo se le llama a quien atiende una mercería? ¿Mercera? Otro neologismo inventado que se suma a videoclubero –persona que atiende un videoclub. La bufanda sería probablemente dejada de lado durante un año, como cuando el gatito más carismático y juguetón de la camada es comprado en la tienda de mascotas ni bien es visto y el resto de los hermanos gatunos, más tranquilos y menos juguetones, son dejados en la jaula esperando encontrar dueño en el próximo que entre al local.
VUELTA A LA ROTONDA EN OCHO MINUTOS. Era una zona plagada por varias armerías y adornada con un colegio. Hermosa combinación. Los colegios están en los mejores lugares en esta ciudad, definitivamente. ¿Dónde más los querrán poner ahora? Hey, conozco un terreno baldío al lado de un local de la cadena Pelvis, ¿quién quiere construir una escuelita? Mejor aún, hagamos tres, y les ponemos Escuela Nº1 de 3, Pelvis. Si es secundaria, mejor. Algunos guardias vigilaban el edificio. No se sabe de quién o por qué. Leonardo recordó el cuartel de la milicia donde vivía el sargento García en El Zorro. Los soldados de la serie vigilaban el fuerte, defendiendo la ciudad de los indios. Pero allí, por donde pasaba del 102, no había indios. Estarían en la reserva, o muertos. No entiendo por qué hacen guardia afuera. Al igual que Leonardo, ni siquiera voy a intentar comprender por qué la milicia –y sus derivados– actúan de forma tan estructurada para todo. Desde pararse derechitos como muñecos Playmovil, hasta responder a las más simples cuestiones con “afirmativo” o “negativo” y referirse a un hombre como “un masculino”. ¿No podés decir “hombre”? ¿No podés decir “sí” o “no”? ¿Tanto te cuesta hablar como un ser humano normal? Se puede militarizar a un civil, pero no civilizar a un militar. Sonreía para sí. Había llegado a su parte favorita de todo el recorrido: la rotonda que cruza Avenida de Mayo. Justo al cruzar Hipólito Irigoyen comenzaba la rotonda que terminaba en Rivadavia, con Avenida de Mayo en medio. Era una rotonda divertida. Ni él sabía qué le fascinaba de la misma, pero le gustaba y atraía. Incluso cuando salía a caminar si pasaba por allí le dedicaba unos segundos más de atención que al resto de las calles. Justo al cruzar Irigoyen, el 102 se detuvo por el semáforo ubicado al final de la rotonda. No llegó a completar la curva. Durante la espera subió un policía, que miró durante unos segundos a Leonardo escribiendo en su cuaderno. Quizá llamado en atención por la incómoda postura que el muchacho mostraba. Era una postura que simulaba con las piernas una suerte de caballete donde apoyar el cuaderno para poder escribir cómodamente, cosa que no se demostraba hacia afuera. Supongo que no es muy común ver a alguien tomando notas en un bondi. Sobre todo si es joven. Ver alguien joven escribiendo fuera de un aula es todo un hito. “¡Alguien joven que escribe! ¡Debe leer también! ¡Que alguien traiga a Cervantes para decirle que su legado sigue vivo!” (Ok, no es para tanto, pero es poco común, admitámoslo.) La mujer sentada adelante se incorporó para bajar en la siguiente parada, que estaba justo en la cuadra posterior a la que marcaba el final de la rotonda. Otro semáforo los detuvo. Esta parada le hizo notar a nuestro protagonista la iglesia a su izquierda. La iglesia en cuestión tenía rejas y grafitis. En la otra cuadra, dos viejos hablaban en una mesita de bar, y otros dos hacían lo propio en la de atrás. O hay un centro de jubilados cerca o bien mi teoría de que los cafés avejentados atraen a los viejos prueba ser correcta.
TRÁFICO. La ciudad –y en particular, el centro– estaba colmada por gente apurada, obstáculos en las veredas, edificios en construcción y autos manejados por conductores apurados y malhumorados. Si él pintara una imagen del centro, lo haría como una lucha de gente contra gente, mostrando de fondo los edificios nuevos que iban naciendo en medio del caos que presentaba ese contexto. Advirtió el cartel de un edificio grande. El mismo se encontraba tan derruido que parecía estar a punto de ser demolido o reconstruido. Probablemente la primera opción. El cartel decía centro cultural gene_____artín, haciendo gala de las letras caídas. Eso es muy común, sobre todo en los carteles de neón. Se queman algunas partes del cartel, y no los cambian, quedando palabras con letras borradas, frases incompletas y nombres entrecortados. Pero los prenden igual. Era algo que él no podía comprender. El colectivo llegó a Corrientes, su avenida favorita. La reconocería en cualquier lado, era única para él. Corrientes, Córdoba y Santa Fe son como la Santa María, la Niña y la Pinta de Colón. Son tres avenidas que siempre agrupó juntas, como si fueran parte de un mismo conjunto aunque difieran entre sí en varios aspectos. Corrientes está relacionada con el entretenimiento y movimiento escolar. Córdoba tiene un aire a calle donde se emplazan oficinas. Y Santa fe se caracteriza por sus vidrieras y gente adinerada. Son como tres hermanas: la fiestera, la trabajadora, y la ricachona. Al cruzar Corrientes notó sobre la calle en la que iba que la vereda tenía el mismo estilo que las veredas de Florida: baldosas grandes con cuadrados blancos. Se preguntó si sería una forma de unificar el estilo de los lugares que frecuentaban los turistas. Esto le recordó su vieja idea de que cada barrio debería tener un color de vereda distinto, de forma que al estar en una intersección se sabría si se está por pasar a otro barrio con solo ver el color de la vereda opuesta. Algún día alguien lo hará, y se quedará con mi crédito. En Tucumán observó un edificio viejo de estilo redondeado. Sin color, mugriento por los años que no le habían llegado solos. Le gustaban más los diseños nuevos, aunque no despreciaba lo viejo. No era un hombre que decoraría su departamento con muebles de madera, clásicos. Él sería moderno: vidrio, aluminio, blanco, negro, colores fríos rodeados de inmensidad blanca. Minimalismo. Siempre quiso tener un lugar decorado como esos programas de televisión donde todo es blanco: paredes, piso, techo, todo. Y una silla de aluminio en el medio. Como un cuadro perfecto donde el artista y el protagonista de la pintura serían él mismo. A mitad de cuadra se sorprendió al ver un mural enorme entre dos casas. Este mural presentaba formas humanas con figuras geométricas. Pensó que debía tratarse de arte abstracto, pero luego dudó al reconocer las figuras humanas. ¿Puede un cuadro abstracto tener gente? ¿Cómo podría saberlo? Lo mejor que dibujaba era una casita con humo. Y no era ni dos ambientes. Como de costumbre, no solo analizó el mural sino también las circunstancias. ¿Qué hace acá un mural? Típico de él, acostumbraba no solo pensar en los objetos y las situaciones que veía, sino en la historia de aquellas cosas, en cómo habrían llegado ahí. Era la clase de persona que si veía una taza pensaba qué lindo color, y al mismo tiempo pensaba en la vida del obrero que operaba la máquina en la cinta transportadora automatizada de la fábrica en la que esa taza fue manufacturada. De quién es el terreno, que lo pintan así, no tiene puertas ni nada. Antes que lo pinten con grafitis boludos, es preferible eso, aunque podría ser mejor. Algo abstracto de verdad, donde cada cual haga su propia interpretación. Los cuadros clásicos (la fruta, el barco sobre el agua, el retrato de una mujer, el jarrón con flores) le parecían aburridos. En cambio el arte abstracto atraía su atención porque incitaba su imaginación. Si con una simple taza pensaba en el obrero que operaba la máquina para fabricarla, con un cuadro abstracto podría interpretar toda clase de cosas. Un cuadro con un barco es eso: un cuadro que representa un barco. Punto. No hay mucha vuelta que darle. Un rato después de pasar Santa Fe el colectivo pasó, frente a un parque que estaba cerrado, incitando la mirada de una mujer que observaba hacia el interior con su perro. Miraba con deseo. Miraba como un pibe la torta que no puede comer todavía, porque está recién salida del horno. Era un parque tan cuidado que no entraba nadie. Y en realidad, esa era la mejor forma de cuidarlo, porque entre los ignorantes que se echan en el pasto, y los infelices que van a correr por encima del pasto, no hay parque que aguante. Parece que la gente no sabe esto: no te podés sentar en el pastito. No es para eso. Es para los árboles, para los perros que cagan ahí, y en última instancia para decorar, pero no para sentarse encima. De hecho, creo que tampoco es para los perros, pero no le digamos esto a los dueños, que se cagan, literalmente, en todos nosotros en pos del canino. Y guay de quien se atreva a decirles algo. Ella parecía rechazada por el mismísimo parque donde su molesta mascota podría marcar el territorio y hacer del dos. Mirando la lontananza observaba con avidez esa extensión de pasto y piedritas anaranjadas. Pobre enferma. Tiene un perro. La compadezco.
MISMOS LUGARES, DISTINTOS MOMENTOS. El colectivo tomó una avenida que Leonardo no identificó. Vio otro parque, que para variar estaba abierto. Las piedritas anaranjadas tan despreciadas brillaban junto al pasto. Era una imagen similar a la del hombre que compra un auto y percibe el olor “a nuevo”. (Que probablemente no sea otra cosa que el olor de plásticos, pegamentos, cueros y demás.) Un pibe se sentó más adelante revoleando el pelo al mejor estilo Sedal. Esto le recordó el día que dedujo por qué se llamaba Sedal haciendo una cadena de deducciones: Sedal → seda → la seda es suave → la suavidad de la seda es deseada por las mujeres para su piel y cabello → hagamos un shampoo que evoque la imagen de suavidad en el pelo porque todos sabemos que a las mujeres les gusta la suavidad y a los hombres les gustan las mujeres suaves → ¡bingo! Llamémoslo Sedal. A la distancia vio un cajero automático de vidrios azules, con la obvia y única conclusión posible: era del Banco Ciudad. Le encantaba cómo los vidrios azules característicos disparaban la respuesta condicionada es un Banco Ciudad. Excelente posicionamiento de la marca. La calle se agrandaba ahora. Resultó ser la avenida Las Heras. Un paseador de perros cruzaba la enorme avenida con seis perros. Leonardo observó a uno en particular. Tiene un pullover. No queremos que tenga frío. Después de todo, está cubierto de pelo. Seguramente la naturaleza le dio pelo al perro como parte de la decoración, no para cumplir ninguna utilidad básica, como, mmm… no sé… combatir el frío. A ver si el pobre llega a sentir el fresco, Dios nos perdone. Llegó a Libertador. Una 4x4 esperaba el semáforo en la intersección que estaba a punto de cruzar. Durante la pausa se bajaron dos colegiales, un chico y una chica, por puertas distintas, e iban hacia caminos disímiles, vestidos con uniformes diferentes. Solía observar estos hechos e imaginar qué pasaría si dentro de diez años esos dos chicos se encontraran nuevamente. Ninguno sospecharía que ya se habían visto antes. A menudo esta clase de pensamiento le hacía advertir lo obvio: lo mismo podía haberle ocurrido a él. ¿Se habría cruzado con alguna mujer que conocerá dentro de muchos años? ¿Habrá dejado pasar antes en el colectivo a un futuro amigo? ¿Alguien que luego trabajará con él será el responsable de avisarle hoy que se le cayó un billete de $10? Las posibilidades eran infinitas. En la pausa del semáforo también sintió el viento de la puerta paralela a él. El colectivero se había negado a cerrarla hasta pasado cierto tiempo. Observó a lo lejos una torre en construcción. El colectivo arrancó y a las cuadras pasó junto al museo Malba. Leonardo admiró el diseño minimalista de la entrada. Le atraían el metal y las formas abstractas. Sin el miedo al frío que los demás parecían tener (emponchados como si de un tour por Siberia se tratara) abrió la ventana sintiendo la corriente en el rostro. Bajó una chica que estaba sentada en uno de los asientos ubicados detrás de él. Se percató entonces de que ahora estaba solo en el bondi. El mismo dobló en Scalabrini Ortiz, para terminar en el Jardín Japonés. Era momento de detenerse.
COLECTIVEROS. Leonardo recogió su basura y se la llevó incómodamente en las manos. La puerta se abrió delante de él. Bajó con el bolso, el reproductor de mp3, y el cuaderno en la mano. El conductor, como muchos colectiveros, le tenía fobia al pedal de freno, con lo que tardó mil horas en detener el bondi por completo. Ellos pretenden que uno sea Indiana Jones y se tire para bajar, así pueden continuar su interminable marcha y no pierden ni un precioso segundo en detenerse. Para él estar apurado y llegar en hora eran cosas importantes, pero más lo era seguir vivo y de una pieza, con lo cual no arriesgaría su vida e integridad física por unos míseros segundos ganados. En todo caso, la aversión hacia el pedal de freno de los colectiveros –y conductores en general, por cierto– le molestaba sobremanera. Los conductores suelen vivir dentro de la burbuja que es su vehículo y les importa bien poco el mundo que les rodea, lo cual no tiene nada de malo, salvo cuando ponen en peligro la vida de los demás.
FRENTE AL PONJA GARDEN. Se acercaban dos hombres de aspecto mediocre. Por la trayectoria que tenían, parecían ir en curso de colisión hacia él. Ahora me matan estos lugareños, pero no, se fueron, siguiendo su camino. Ese camino no era otro que la vereda donde estaba él, y sobre la cual caminaría apenas terminara de guardar todos los trastos. Los que pasaron antes llevaban una cierta ventaja. Uno de ellos se rascaba el culo, para luego acomodarse la remera debajo de la camisa. Gracias por hacerme ver eso, ¿eh? Siempre veo justo cuando hacen estas cosas, parece que nos pusiéramos de acuerdo.”¡Hey, miren! ¡Me rasco, me rasco!” Infeliz. Mientras observaba esa desagradable escena, advirtió el parquecito enrejado a su izquierda, con la ya clásica reja que separaba la gente común de los que realmente tienen ganas de entrar al parque. Un empleado municipal daba mantenimiento al lugar, cortando el pasto. Tenía unas bandas de neón en las piernas –“ojos de gato”– que comúnmente se utilizan por los empleados recolectores de basura para ser vistos por los automovilistas durante la noche, momento en que trabajan. Evidentemente, de día y a pleno Sol, era un poco al pedo que llevara parches de neón en los pantalones. Para no verlo habría que tener miopía de grado diez. El señor pica y rasca delante de él tenía la mano enyesada. Al mismo tiempo, en la vereda de enfrente una vieja iba corriendo al ritmo de un viejo que iba en bicicleta. Esa escena era bizarra en muchos niveles. Pasaba por la calle a su derecha un mateo vacío. Ya se venía escuchando el clop-clop de los cascos del caballo unos segundos antes. Vio un 67 en la parada, y luego otro, que lo pasó. Leyó del cartel de uno de ellos que pasaban por Constitución. Mmm… podría tomarlo, ¿no? O podría tomar el 102. Hasta Constitución sería interesante. Caminó hasta la parada. Advirtió el cartel de publicidad de la parada: “Llegó Vaca Lechera Light. Caramelos con leche reducidos en calorías. 21 calorías por caramelo.” Acompañaba el slogan la foto de una mina que estaba agarrándose el pelo con una mano y con la otra sostenía uno de estos caramelos con expresión de felicidad total. El slogan súper creativo: “Volviste del quiosco y ya quemaste las calorías”. ¡Qué boludés! ¿Ese es el slogan? Por lo menos la tipografía el cartel es linda. Un caramelo, 21 calorías… está lindo, vamos a comprarlo. Cuando a él le gustaba algo, iba y lo compraba, sin hacerse más planteamientos. Si veía un producto nuevo debía probarlo, como el nuevo queso Finlandia formato postre con salsa de frutillas. No le importaba en lo más mínimo lo de las calorías porque no era de las personas obsesionadas con el peso. Me cago en Cormillot era su pensamiento más de una vez. ¿Cómo se llama? Vaca lechera… vamos a buscarlo. Es de Arcor. Recordó que su hermano dedujo una vez que Arcor significaba “Arroyito Córdoba”. En la cuadra de enfrente había otros mateos, cerca de la esquina. Parecía una mutual. ¿Existirá un sindicato de mateos? Seguramente si existe debe tener un nombre rebuscado, como el de los porteros, que se hacen llamar “encargados de edificios”. Dejate de joder, sos portero. Aceptalo con dignidad, que no tiene nada de malo. Es un trabajo como cualquier otro, no hace falta ponerle un nombre salido de Recursos Humanos para que suene más lindo.
EL AZÚCAR NO ES CHIC. Se acordó de la vez que fue a buscar el Planetario, y se perdió por las direcciones mal dadas de la gente. No sabía ni cómo volver, entonces buscó el subte frente a la Rural, y escapó por Plaza Italia. Me parece que es lo que voy a hacer ahora, estoy un poco aburrido. Hagámoslo. Estaba cruzando mientras algunos autos se le venían encima. Una 4x4 y un camión le perdonaron la vida, haciendo uso de extrema misericordia. La verdad, qué buenos son los conductores de Buenos Aires, encima que no te matan, uno se queja. Deberían poder ir por arriba de las veredas también, y si matan a alguien, bueno, mala suerte, total el que tiene auto/moto/camioneta/camión vale más que el peatón. Por eso está bien cuando frenan arriba de las líneas blancas, jodiendo a la gente que quiere cruzar. Bravo. Escuchó la turbina de un avión que pasaba a miles de metros sobre él justo antes de alcanzar el otro lado de la calle. Lo esperaba un edificio de paredes altas, como una fortaleza. ¿Es un cementerio? No creo, porque adelante hay una gomería, pero es un poco raro esto. A mitad de cuadra advirtió unas ventanas abiertas a la altura de la calle donde se veía gente revisando papeles en un escritorio dentro del edificio fortificado. Dedujo que sería una suerte de oficina. En la vereda de enfrente había un repartidor del supermercado Disco entregando un pedido. Le llamó la atención el Ford Sierra color rosa que vio en la cuadra siguiente. Era un rosa muy chillón, como el auto de los Simpson. Archivémoslo bajo “rarezas”. Parecía un auto de Barbie, pero con techo. Jugá con la nueva ‘Barbie clase media’ que no tiene para comprar un convertible. Incluye Ford Sierra para completar la ilusión. A lo lejos vio lo que parecía ser un 102. ¿Será el que va? ¿Será el que viene? ¿Será el que se va? ¿Será el 110? Tienen el mismo color, finalizó bajando la voz. La duda lo atormentaba. (Bueno, en realidad no, pero suena bien.) Mientras caminaba por la plazoleta se le cruzó una vieja cartonera con un changuito. Se preguntó de dónde los sacarían. Vendría bien para ir del chino. Recordó que ahora el chino Ricardo se había ido de su barrio, dejando a su hermano –el chino Mario– a cargo de todo. En un arranque de curiosidad, Leonardo le preguntó en una ocasión al padre de los dos chinos cómo se llamaba. La conversación había sido más o menos así: Le contestó algo raro, que sonaba como “jorsh” o algo así. Una cruza entre Jorge y George. Quedó Jorsh. Moderno. Seguramente se llama Hochimin y recidió en Timbuctú, pero no importa, todo sea por la ilusión de los nombres artísticos que se ponen los chinos para atender el súper del barrio. Un repartidor de comestibles de piel morena de Norte pasaba delante de él mientras hablaba por celular. Tenía un cel con tapa. Hasta los repartidores de comestibles hablaban por celular, y tenían de los buenos, con tapa, de esos que él tanto despreciaba por requerir el paso extra de abrirlos para poder usarlos. ¿Oyen eso? Es el sonido de un barrio adinerado. Vio una mujer en silla de ruedas. Algunos viejos hablaban en la pseudo-plaza. Parecía la plaza de la tercera edad, donde pobres y ricos se congregaban para hablar de sus múltiples afecciones, criticaban al mundo actual porque “antes era todo mejor”, y compartían interminables anécdotas y opiniones sobre el clima y sus derivados: la temperatura, la cantidad de Sol que podía apreciarse ese día y la clásica “sensación térmica”. Leonardo, a partir de la sensación térmica (hace diez grados pero se siente como si hiciera cinco grados) había inventado la “sensación temporal” (son las dos de la tarde, pero parecen las doce del mediodía), y hasta consideró la “sensación vestimental” (me visto en Stone, pero uso jeans rotos que parecen de una marca común y me siento un tipo común pero creo tener estilo) aunque esta última sensación no le gustó mucho. Tenía la esperanza de que algún día alguien dijera “che, esta sensación temporal me va a matar. Parecen las ocho, pero son recién las seis; yo me quería ir a casa” y se acordara que él inventó la sensación temporal, o al menos le puso nombre. Seguramente algún sorete le robaría el crédito por su descubrimiento. UNA HORA. Hacía casi una hora que había comenzado su aventura. Cincuenta y ocho minutos, de hecho. Al final de la pseudo-plaza vio un paredón formado por rejas de las que una vegetación escapaba entre los barrotes. Parecía ser una suerte de parque, pero carecía de la vereda de tierra y las piedras anaranjadas típicas de todos los parques de la zona. Tres mujeres cruzaban la calle hacia la plazoleta gigante por la que caminaba. A cuarenta metros divisaba otra mujer, que paseaba al perro. Era voluntariamente esclava de un animal. Cuando pasó a su lado vio que en la mano tenía algo que pocas veces había visto en otros dueños de caninos: ¡la bolsita recoge-mierda! ¡Alguien lo hace! ¡Alguien se toma el trabajo de rebajarse para juntar la caquita del animal! Este lugar es re top. Top o no top, se cruzó delante un pibe vestido como el culo. Toda la idea de “es un barrio re top” se fue a pique luego de eso.
SNIF, SNIF… HUELE A ZOO. ¿A dónde ir? ¿Izquierda o derecha? Eligió ir a la izquierda, hacia la avenida. Mientras caminaba por la vereda, vio enfrente un portero haciendo facha, posando en la escalera de un edificio. Como el edificio tenía una escalera de poco menos de un piso para acceder a la puerta de entrada, el tipo posaba en el descanso, mirando a todos, como si fuera un nadador luciendo los músculos para la platea femenina en lo alto del trampolín. La vereda había visto mejores épocas. Era capa, tras capa, tras capa de asfalto. Como una cadena de olas en la costa. La mierda de los perros que brotaba de la vereda, la vegetación que salía de entre las rejas y el asfalto corrido en sucesivas capas formaban esa mini jungla. Esto huele a zoológico. Hay olor a animales en cautiverio. O sea, mierda. Obtuvo la confirmación al poco tiempo. ¡Es el zoo! Lo cual explicaba el aroma que venía de adentro, pero no el olor a mierda que había afuera; ese era por las cagadas de los perros. Recordemos que no todos los dueños llevan la bolsita recoge-mierda como esa pobre infeliz que vimos antes. Había cagadas por todos lados en esa vereda. Me atrevería a decir que había más cagadas de perro afuera del zoológico que cagadas de animales en general dentro de él. Hacía mucho que no iba ni cerca del zoo. Años. Desde que era un curioso chiquito con anteojos que quería saber y jugar con todo. Pensó en ver cuánto saldría ahora la entrada. Hartamente cansado de seguir caminando en esa vereda extra large –ninguna calle la cortaba durante trescientos metros– resolvió ir a la entrada del zoo para resolver el misterio del precio. Llegó a la esquina. De fondo se escuchaban las órdenes que alguien daba a los gritos “dale, dale, dale” como si un supervisor dirigiera algunos trabajadores para mover algo, o como si estuvieran mutilando un animal para venderlo en el mercado negro. ¡¡¡Venden carne, venden carne con los animales muertos!!! Ok, quizás no. Aunque nunca se sabe qué hacen con los animales muertos… ¿se los darán a los leones? Una ambulancia doblaba la esquina en ese momento y se adentraba en la calle que él había estado caminando. Al ver el cartel “ambulancia” pensó ¿por qué las ambulancias dicen “ambulancia” con las letras al revés, usando el “efecto espejo”? ¡Ya sé! ¡Para que se vea en el espejo retrovisor si la tenés detrás! Uno de esos momentos en los que respondía su propia retórica. Adelante se le acercaban un padre con su nena a upa. Colgada de los hombros del padre, la nenita miraba desde lo alto. Qué tierna. Espero poder hacer eso algún día si tengo una hija. El padre lo miró cuando paso por al lado. Le arrojó una mirada como de temor de que lastimara a su nena. En cierta forma, se sentía identificado con la postura del padre. Incluso cuando estaba de novio, no podía evitar pensar cómo actuaría él en el lugar del padre de la novia si la viera saliendo con un tipo como él. Es una de esas cosas que el universo hace para ajustarse: vos salís con la hija de alguien, y alguien sale luego con tu hija. De repente el cazador solo puede mirar a su hija siendo cazada. Es la justicia del universo, como él lo veía. (Por supuesto que este pensamiento jamás le impidió hacer nada con sus novias, tampoco iba a dejar de vivir por eso.) Había un micro abierto sin nadie cuidándolo. Es como si gritara “róbame, róbame”. Una chica joven, con anteojos, pasó a su lado, empujando un cochecito de bebé. Eso te hace pensar. Si la chica que parece ser la recatada intelectualoide tuvo un pibe, no hay estereotipo que aplique. Evidentemente, las chicas intelectuales también tienen necesidades como todos nosotros. Tenía una cara de sufrida, la pobrecita. Ver su rostro mientras empujaba lastimosamente ese cochecito era la mejor publicidad de preservativos jamás creada. Al verla caminar casi se podía escuchar de fondo una voz en off que al oído murmuraba: “Cuidate boludo, te puede pasar a vos también.” Era un balde de agua fría, en más de un sentido. Un bebito con gorro de Navidad fuera de temporada estaba en brazos de su madre. Leonardo lo observaba. Yo siempre quise un gorrito navideño, ¿dónde lo compró? Todo era nuevo para el pequeño, tenía un gorrito navideño en julio, era llevado en brazos a todas partes… Qué suerte tienen algunos. Llegó a la esquina para cruzar al Jardín Botánico, que parecía haber sido arreglado como los parques que había visto. Olvidando entrar al zoo para preguntar el costo de la entrada, siguió caminando por la cuadra del Botánico hacia la entrada de subte de Plaza Italia. El misterio del valor de la entrada del Zoo de Buenos Aires continuaba vivo.
UNDERGROUND. Le pasaba que sin apurarse llegaba a la esquina donde los apuraditos estaban esperando el semáforo para cruzar, llegaba al andén del subte donde los impacientes habían estado esperando durante largo rato, alcanzaba al corta-boletos del cine sin tener que esperar que le cortara a alguien que estuviera antes. Había querido rectificar su forma de ser apurada e impaciente por naturaleza desde la vez que esperó un embotellamiento en el cine luego de apurarse todo el camino. (Lo vimos en la historia Sábado. Vamos al cine, ¿qué puede salir mal?) Una mina bajó apurada la escalera. Se escuchaba música por los violinistas clásicos que habían ido a la estación a regalar al mundo con su arte. En una estación de subte. (De dónde saca esta gente las ideas, es todo lo que pregunto.) La estación Plaza Italia representaba siempre un show para él, y era una de sus favoritas porque más de una vez le había dado la oportunidad de colarse. Culpaba de su accionar a un policía que en cierta ocasión se coló ahí mismo descaradamente y lo llevó a pensar si se cuela el cana, vamos todos. Desde la boletería no veían nada. Habían puesto un cartón que les impedía ver hacia la escalera de acceso a la estación y en particular hacia el acceso a los andenes subterráneos. Los molinetes invitaban a colarse. Casi podía escuchar la elocuente voz del tren llamándolo, como una sirena llevando seductoramente a los marineros del barco a chocar contra un faro. Y bueh… snif… tengo que hacerlo. Justo llegó el subte. (En esta estación se podía ver desde lo alto de la escalera si el tren se aproximaba.) Simplemente corrió la puertita que se ubicaba al lado de los molinetes y pasó. Entremos. No se apuró al momento de bajar la escalera. (Porque había aprendido la lección.) No tenía idea de cuál era el subte que debía tomar pero iba a subirse igual, había que huir pronto por si las moscas. Tomó el otro. Se pasó. En Carranza subió un vendedor ambulante que gritaba a los cuatro vientos los beneficios de su producto. Se bajó porque no se lo bancaba más. Se sentó en un banco de la estación y esperó al próximo tren. Es curioso cómo cuando vos llegás al andén, el tren que viene primero es el otro, nunca es el tuyo. Observaba el andén de enfrente. Había un tipo de pulóver verde claro sentado en una sillita al lado de uno de esos quioscos grandotes que contienen todas las revistas creadas por la raza humana. Nunca entendí la fascinación que tienen los diarieros de poner todos los contenidos habidos y por haber. El diariero en custión estaba moviendo el piecito que tenía estirado sobre el otro pie. Estaba cruzado de piernas a lo largo, desparramado en la silla, con los brazos cruzados sobre la cintura. Bajó un viejo al andén opuesto. De fondo, un cartel publicitando Pantene. ¿Cuánto harán estos quioscos por día? ¿Por semana? ¿Por hora? ¿Por mes? Otro hombre entró al andén opuesto, parándose al lado del viejo. Ahora los dos miraban los diarios que había en una mesita plegadiza abierta al lado del quiosco. Claro, como no hay espacio suficiente en el quiosco más escandalosamente enorme jamás visto, al lado hay una mesita para diarios. Ahora, si en la mesita están los diarios, ¿qué carajo puede haber dentro del quiosco entonces; revistas? En vez de ver el quiosco enorme ven la mesita con más diarios todavía. Para eso no pongan un puesto de diarios, pongan la mesita y chau. La gente está enferma. Otro viejo se sumaba a la congregación en el andén de enfrente. Tenía algo en la mano, estaba comiendo. Se sumaban una mujer y un tipo con un cochecito. Sonaba el ruido lejano del tren. Es curioso cómo la gente llega cuando el tren se acerca, como si hubiera una conexión invisible entre ambas partes. Y por supuesto, desde el punto de vista de uno, siempre llega antes el otro tren. Llegó el de Leonardo un momento después. Lo tomó y se quedó parado en la puerta opuesta porque no le gustaba mucho sentarse en el subte. Le resultaba más cómodo estar parado, cerca de la puerta. De esta forma tenía mayor control sobre su situación. Si tenía que bajar no debía pedirle permiso a nadie que estuviese interponiéndose entre él y la puerta. Un tipo escribía con una pluma fuente sobre un cuaderno. Era bastante curioso, no solo por la notable prolijidad que demostraba al escribir –a diferencia de él en el bondi– sino también por ser otro excéntrico, que al igual que él, escribía en un transporte público. Sobre la prolijidad, hay que decir que el subte era mucho más silencioso y suave al desplazarse comparado al colectivo, lo cual le ayudaba considerablemente. Había un vendedor comerciando libretitas o agendas o algo así. Había llegado a destino. Un hombre maduro pasó a su lado, dejando una estela de olor a fruta a su paso. Era ese olor químico a durazno que todas las cosas tienen (caramelos, shampoo, etc). Llegó el tren. ¿Cuál? El opuesto, claro. Luego llegó el suyo. Mientras estaba frenando pensó que lo bueno de esa línea de subte era que no tardaba mucho en aparecer luego de que llegara el otro. Al menos ese día y a esa hora. Bastante raro. Definitivamente no era como la línea C. Subió. Había un tipo vendiendo lapiceras que incluían una lamparita en el extremo. Desde que había salido con el primer tren ya le habían querido vender eso, una agenda, y algo más. Creo que eran tres vendedores. Uno por cada tren que había tomado. Antes de llegar a Congreso de Tucumán, se produjo un momento de suspenso entre la vida y la muerte. El tren se detuvo. La gente no parecía exaltada. Dedujo entonces que tal demora sería normal en esa parte del recorrido. Estaremos esperando algo. Mientras esperaban, el vendedor del producto que cruzaba una lapicera con una linterna se sentó a contar la guita que había ganado. Era bastante. Está bien que era dinero chico, pero igualmente era bastante. ¿No tendrá miedo de que le roben? ¿Le habrán robado alguna vez? Todos sutilmente le echaban el ojo al botín del vendedor. Pasaron algunos minutos y el tren arrancó, como queriendo acelerar, deteniéndose segundos después. De nuevo, como un octogenario tomando fuerzas, arrancó, se movió un poco y se detuvo. Chau, ahora nos morimos todos, nos vamos todos a la reputa madre que nos remil parió. Pero no. No, no. No murieron. Todo bien. Pasó el subte opuesto por la vía contraria y el tren arrancó exitosamente. Se ve que debe haber una sola vía y debíamos dejar pasar al otro tren para entrar nosotros al andén. Bueno. Brindo por eso. Al bajar vio el tren de enfrente. Y no sabía cuál era el que lo iba a llevar a casa otra vez. Se acercó a él, dudando si debía tomarlo. Por otra parte, el tren que lo había traído se marchaba, ahora en dirección opuesta. Se dio cuenta que no tenía que haberse bajado porque como era el final del recorrido; ese mismo tren que lo había llevado hasta allí sería el que lo regresara y ahora lo había perdido. Debía esperar al próximo. El otro tren se posaba cómodamente sobre los rieles, como riéndose de él. Casi parecía estar celebrando haberlo alejado de su tren originario. No importaba, subiría igual, después de todo ambos lo podían llevar de vuelta porque era la terminal. Como tenía tiempo antes de que el tren saliera, caminó por la estación. Había un mostrador de recepcionista en medio del andén doble. No había señales de hubiese sido usado. No tenía nada encima, y no había ni una silla del otro lado. Estaba fuera de lugar, cual muebles luego de una mudanza. Pensando que el tren ya estaría por salir, subió, buscando un asiento. (Solía sentarse si tomaba el tren en la terminal, contrario a su costumbre habitual de quedarse parado posando cerca de la puerta.)
OJALÁ HUBIERA UN PROGRAMA DE MILLAS FRECUENTES EN EL SUBTE. Unos hinchapelotas se habían puesto a hablar a su lado durante la mayor parte del viaje sobre la facultad y sus problemas. Uno contaba que estaba con la novia en el cine y vio a la ex con un tipo y se hizo el boludo. Luego empezó a criticar al tipo. Digo, ¿no la olvidaste ya? ¿Entonces por qué los celos? A mí me parece que ella te dejó y odiás al tipo porque está con “tu” novia… Hablaban de tópicos musicales. Los fones o fonos, los decibeles y no-se-qué mierda. En Catedral hizo la combinación con la línea A. Estaba extrañamente oscuro. Lo que le gustaba de la línea A era que si se asomaba desde el borde amarillo del andén podía ver a lo lejos del túnel debido a que no había casi ninguna curva. A veces se veían las luces de la estación más próxima. Como la ley universal de transporte de Leonardo lo dicta, el otro subte llegó primero. Siempre es el subte que no vas a tomar el primero en llegar. También es la fila más lenta del súper la que te tiene a vos entre sus participantes. Ni hablar del colectivo que te lleva a esa cita urgente para la cual no podés llegar tarde: te toca el colectivero más tranquilo y relajado del mundo, que agarra todos los semáforos. Una voz femenina con dejo seductor informaba: “Metrovías está probando el sistema de audio”. Era una voz tan sexy que podría decirme “arriba las manos” y yo feliz lo haría por ella. (Seré el narrador de esta historia, pero también tengo que vivir.) La seducción se disipó rápidamente cuando advirtió que el mensaje era repetido ad nauseum. Se volvía molesto. Igualmente la “voz femenina con dejo sexy” lo hacía más llevadero. Era el tipo de voz que deberían tener las enfermeras que informan a los pacientes con enfermedades terminales sobre su condición. “Vos… tenés cáncer.” Dicho con una voz femenina sexy… es otra cosa. Tomar un tren de la línea A es como viajar en el tiempo hacia la época de la Revolución Industrial. Estaba lleno de madera por dentro. A veces se podía oler a madera quemada, y en más de una ocasión las superficies de madera crujían, quejándose por los años que no habían pasado sin dejar huella. Era muy pintoresco. Plaza de Mayo. Bajó del tren y caminó hacia el quiosco más próximo donde preguntó por los caramelos de la Vaca Lechera: Leonardo estaba parado delante de un pequeño asiento semicircular pegado entre el respaldo de un asiento y una de las puertas del vagón. El guardia, que además abría las puertas y tocaba el silbato para avisar que el tren podía continuar su marcha luego de cada parada, le había pedido que se corriera. Puso algo que parecía ser na linterna en el pequeño asiento semicircular. El maquinista conversaba con otro hombre. La cabina del maquinista era la unión de dos puertas de madera que en cada curva se soltaban y movían hacia todos lados. 15:50. Perú. Increíble la ingente cantidad de borregos que subía. Había alcanzado Lima cuando, pasando junto a otro quiosco de revistas gigante, se encaminó hacia un monumental quiosco de golosinas, decidido a preguntar una vez más por los caramelos de la Vaca Lechera. Al salir a la superficie batalló con el envoltorio de plástico transparente del caramelote y se dio cuenta que era un poco incómodo de masticar. Le molestaba cuando los caramelos blandos se volvían duros. Era como si negaran su propia naturaleza. Estaba peleando para abrir una golosina, eso no es vida. Sin mucho apuro caminó por Avenida de Mayo, hasta que dobló en otra calle. Compró una Coca Cola en un quiosquito de mala muerte a mitad de cuadra, donde una vieja que ya había perdido sus mejores años de vida hacía las veces de empleada. Un hombre se acercó a la parada. Leonardo estaba apoyado sobre el Ford Ka estacionado a sus espaldas. De lejos se veía venir el bondi. Cuando el colectivo llegó a la parada, el hombre que había llegado último se apuró a hacer el gestito para que se detuviera. Era de esos impacientes de mierda que serían capaces de hacer malabares agitando ambos brazos cual señal para helicóptero seiscientos metros antes de que el colectivo frene, solo para estar seguros de que se va a detener y los va a dejar subir. Leonardo había hecho el gesto de detención colectivera una milésima de segundo después, sin mucho escándalo, extendiendo su brazo derecho y sacando tres dedos o los dedos índice y medio. (Era su gesto clásico. Paraba colectivos, taxis y saludaba a la gente algunas veces con ese gesto.) Advirtió que el bondi estaba lleno. El apuradito de mierda también se había dado cuenta, y por esta razón se acercó a Leonardo diciendo, y acentuando con un ademán: “¡subí!” como haciéndole el favor de dejarlo pasar antes. En realidad aquí no había ningún favor. El pelotudo ese se había metido adelante a detener el bondi, y como no quería ahora subir porque estaba lleno, se quiso hacer el magnánimo dejando pasar antes a nuestro protagonista que estaba en todo su derecho de subir antes. Su tono era imperativo. Propinaba una orden disfrazada de propuesta. Como él había parado el colectivo antes se sentía en la obligación de tomarlo, pero como Leonardo había llegado antes, el infeliz pretendía que se subiera como cordero para el sacrificio, dejándole cancha libre para esperar al siguiente colectivo. Con esto dejaría satisfecho al colectivero, al tiempo que evitaría sentirse como un boludo o un forro por haber parado un bondi que no iba a tomar. Pero Leonardo lo cagó. Cuando el infeliz le hizo la “sugerencia” de subirse con tono dictatorial, Leonardo lo ignoró. Lo miró despectivamente, sin hablarle siquiera. En el calor del momento, el infeliz se puso nervioso. No sabía qué hacer. El conductor miraba desde su asiento la escena. El ventajita infeliz tuvo que subirse al colectivo lleno. El mismo que él había parado, por ser impaciente y maleducado. No sólo obtuvo su merecido por sorete, sino que además le ahorró a nuestro protagonista la supuesta vergüenza de parar el bondi y luego no tomarlo. Por supuesto que Leonardo no sentía tal vergüenza porque los colectiveros que había conocido eran en general una basura. (Lo cual no es nada desconocido por el grueso de la gente: Te tiran el colectivo encima, no te dejan bajar en algunas partes, te obligan a subir con el bondi repleto, no levantan pasajeros porque están fuera de servicio pero pasan por las mismas calles, no esperan a que bajes para arrancar, no frenan, etc.) No les tenía ningún respeto o aprecio. Conocía lo que era la vida de un peatón en la ciudad de Buenos Aires, plagada de colectiveros –y conductores en general– que consideran basura a todo el mundo que los rodea, y actúan acorde a ese preconcepto. Debe haber algo en los vehículos que hace sentir poderoso a quien los conduce. Pareciera que las calles estuvieran llenos de asesinos en potencia, incapaces de detenerse ante nadie porque “les gusta manejar”.
SI VOS TE CANSASTE DE LEER, QUÉ TENDRÉ QUE DECIR YO, QUE SOY EL QUE ESCRIBE. Empezaron a llegar algunas personas. El 168 hizo su aparición y, como de costumbre, una mujer se quiso meter antes. ¿Por qué hay mujeres que consideran tener una suerte de “pasaje platino” que les permite adelantarse a cualquiera? Ya sea porque son viejas, embarazadas, mayores o simplemente porque son mujeres. Si al final todos van a subir al colectivo, qué importa el orden de entrada. Y lo peor son las que creen que es una obligación dejarlas pasar antes, cuando en realidad es un favor. Que quede claro: es un favor. Algo completamente distinto es dejarles el asiento. De eso sí hay obligación. Pero de dejarlas pasar antes, no. Tomá. Si no es ley, no hay obligación de actuar “de forma correcta”. Si la mina está embarazada, bueno, se entiende quizás, te da pena porque está gorda y tiene que llevar ese pibe que seguramente ella no buscó. Ok, la dejamos pasar. Pero todas las demás minas que se meten por ser minas, que se vayan a la mierda. ¿A qué hombre se le ocurriría intentar semejante cosa en un lugar público? “No, querida, yo paso antes porque tengo testículos, vos no tenés, pasás después.” ¿Ven qué retrógrado y estúpido suena eso? Bueno, cuando una mujer se quiere meter delante de alguien por ser mujer, se ve igualmente mal. De hecho está peor, porque si buscamos igualdad de sexos, prediquemos con el ejemplo. Que las entradas al boliche cuesten lo mismo para los hombres que para las mujeres. Que los hombres se jubilen antes, como las mujeres. Que las mujeres cobren el mismo sueldo que un hombre por la misma tarea. Está bárbaro todo el tema de la igualdad, pero precisamente, la clave está en no cagarnos entre nosotros. Si yo estaba antes que vos esperando el bondi, no te me cueles, corazón, esperá tu turno, como lo esperaría yo si estuvieras vos delante de mí. La cagué. Entré primero, como debía ser. Pagó y caminó hacia la mitad del colectivo, donde estaba la puerta de salida a su espalda. “Boludo, boludo, boludo” era el vocablo preferido de la pareja de pendejos que estaban detrás, compuestos por una pendeja sentada hablando con un pibe parado delante de ella, en el barral que estaba en la puerta del medio. Hablando fuerte contaba al amigo –y al mundo– que el día anterior ella iba con su prima de 14 años por Caminito y casi se cayeron al Riachuelo. (La edad de la prima no tiene cabida en esta anécdota. ¿Te diste cuenta que las mujeres tienden a dar muchos detalles al pedo cuando cuentan algo?) Ojalá se hubieran caído pensó Leonardo, harto de soportar el molesto griterío de la pendeja.
COMO PODRÁN VER, A SU DERECHA TENEMOS LAS PUTAS. Todos –mujeres, hombres, niños, jóvenes, adultos, viejos, viejas, ancianos– haciendo alarde de una increíble carencia de sutileza, miraban detenidamente a la chica de pollerita corta súper hot. La gente era siempre muy sutil cuando pasaban por ese sector. Uno pensaría que luego de varios años de ver prostitutas posando ya estarían cansados de ver lo mismo, cual estudiante de secundaria harto de ver porno al llegar al último año de estudios. Nah. Eran como moscas volando directo hacia la mierda. Algunos eran tan evidentes que a medida que el colectivo iba pasando, mantenían la cabeza fija en el objetivo (la puta) y la giraban lentamente a medida que el bondi iba pasando, cosa de no perder ni un detallecito de la imagen. Parecían monjes franciscanos haciendo turismo en Las Vegas. Luego de que la pendeja le sabía contado a todos su día, le tocaba el turno al pibe. Era como una sesión de terapia grupal, donde la gente se sentía alentada a compartir sus experiencias personales para deleite del público. Leonardo se sentó en un asiento doble, cerca de la puerta del medio. El hombre-bestia sentado detrás de él bostezó, agregando efectos especiales al bostezo. Hizo un “eeoooeeoo” mientras bostezaba. Cada cual tiene su gracia. Al momento de hacer la escala en Constitución, la pareja pendeja cambiaba de lugar, dirigiéndose a los asientos de atrás para sentarse juntos. Cuando pasaron a su lado percibió un olor a chocolate proveniente de la chica. En ese momento el tipo que estaba sentado a su derecha quería bajarse, obligándolo a pararse para dejarlo pasar. La pareja pendeja no tuvo mejor idea que sentarse justo detrás de él. Se acomodó ahora en el asiento contiguo al suyo, en la ventana donde estaba antes el hombre que le había pedido permiso para bajarse. La mujer de adelante se apoyaba sobre la ventana, descansando. Parecía dormida. Él corrió la ventana, y movió a la mujer de adelante que lo miró con odio.
LA PRÓXIMA TOMO UN TAXI. El sol iluminaba exclusivamente la senda peatonal, como si se tratase de un camino sagrado en cuyo extremo opuesto se encontraba su hogar. Faltaban veinte para las cinco, era casi la hora del té. -L.D.
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Pasillo o ventanilla.