Hombre. Parada. Bondi. Dentista.
Primer piso: dentista. Segundo piso: ropa de hombres.
El deportista informático, el chico quieto y la dentista prófuga.
–"¿Leoanardo?" –¡¡¡Soy yo, acá, acá!!!



Esa soleada mañana de miércoles desperté tranquilo. Tras una noche relajada y sazonada de sueños que no logré retener al alcanzar la conciencia, me llegó la agenda mental del día. “Tengo que ir al dentista hoy.” Sin mucha emoción por el prospecto del día, salí del letargo mañanero y me vestí, encaminándome al baño y pensando si la utilidad de todo ese miércoles sería “ir al dentista”. En general tiendo a ver los días como me enseñó Hollywood a través de las películas: cada día tiene una utilidad, un tema central, y todo lo ajeno a ese tema no tiene la menor importancia, ni siquiera mereciendo ser contado. [1] Sin embargo, contrario a los preceptos hollywoodenses, en la vida real las cosas son un poquito distintas. Esto viene a cuento porque hice otras cosas antes de ir a mi consulta médica, mismas que en una película no aparecerían si el tema central fuera la aventura "dentística". Cabe entonces aclarar que hasta las seis –hora del turno– tenía planeado aprovechar el soleado día haciendo ciclismo.
Agarré las llaves y colgué el iPod de una hebilla saliente del bolsillo derecho de mi jean favorito. Montado en la bicicleta (me resisto a llamarla “bici”) [2] recorrí las calles que me acercaron a la Costanera. Con el iPod colocado y sorteando a los asesinos del volante –también conocidos como “conductores”– salí camino a la llamada Costanera. Por nombrarla de alguna forma. Nadie sabe concretamente a qué catso llamarle Costanera: si al borde de la costa, a Puerto Madero, al pasto, o a las calles que hay entre cada una de estas secciones. No se sabe. Es a piacere de cada uno. (En realidad uno va por ahí, donde “la Costanera” significa “todo lugar cercano a la costa donde vamos los boludos a hacer ciclismo sin que nos maten los asesinos de cuatro ruedas”.) Vi la construcción del dique 1 de Puerto Madero que hace tiempo vengo siguiendo atentamente cual solterona desesperada un hombre ligero de ropa. Es un lindo lugar, lástima la gente engreída que suele frecuentarlo y ni hablar de la que habita en los alrededores. Es como ir a un boliche de $30. Vos sabés que los chetitos inmundos y chetitas creídas van a abundar. La soberbia de esa juventud, a la que me siento avergonzado de pertenecer debido a mis breves años, es repugnante. Son una afrenta a la dignidad humana. Pero lo peor es que cuando crezcan, y hereden la fortuna de mami y papi, engrosarán las filas de creídos en Puerto Madero. Alcancé la vereda blanca enorme de la Costanera y la recorrí hasta el lado de la Aduana sorteando toda clase de obstáculos –algunos humanos, otros inanimados. En la calma de la tarde la entrada a la Reserva ecológica se mostraba más cercana a cada momento del rodaje.
A propósito de la Reserva, algo que siempre me intrigó es el adjetivo del nombre: ecológica. “Ecológica” nunca me pareció apropiado para describirla. Me suena a ecosistema. Ecosistema me suena a plantas y animales. Y he ahí el problema, señoras y señores: no hay animales en la Reserva ecológica. Es tan reservada que no nos quiere distraer con animalitos, la pobre. Hay algunos árboles, montones de yuyos, caminos de tierra, una costa de rocas salpicadas con el nauseabundo olor a mar revuelto y los clásicos infelices que no saben caminar, esparcidos aquí y allá. (Gente.) Ahora, animales, lo que se llama animales, bien gracias. Es decir, lo que se echa en falta son los animalitos estilo Zoo de Buenos Aires. Eso quiero. La jirafa, el león, el elefante que te manguea maní. Eso es un verdadero show de la naturaleza. (Siempre olvidando el pequeño detalle de que a los animales les cagaron la vida teniéndolos enjaulados toda su mísera y patética existencia cuyo mayor logro consiste en tener cría para que les den una mayor ración de alimento.) No debería entonces la Reserva ser clasificada como "ecológica" teniendo en cuenta esta considerable ausencia. Quizá técnicamente pueda estar bien que algo se denomine "ecológico" sin tener animales; yo no lo creo así. Es por eso que propongo llamarla Reserva forestal, Reserva silvestre, Paseo natural, o particularmente en el caso del mar, Costa vomitiva. Hay alternativas mejores que la actual denominación, por demás engañosa. Tan engañosa que ralla en artimaña. (Quizá para atraer y conformar con algo a los locos de GreenPeace que no asumen que el mundo no cambiará.)
Más de una vez he recorrido la Reserva, resultando un tanto repetitiva en cuanto a su escasa "variedad" de paseos. Al entrar en ese rejunte de tierra y aspirantes a maratonistas, me plantee la idea de tomar algún camino alternativo. Recordando las horas que nos llevaba a mi viejo y a mí recorrer el camino más largo cuando yo era tan solo un pequeño tímido con anteojos, deduje que buscar este paseo sería la manera más efectiva de matar la tarde hasta que la hora del dentista se aproximara. Frente a mí, a escasos diez metros de la entrada, dos vertientes se abrían. A la derecha, la apuesta segura. El camino recto que desembocaba en la salida del extremo opuesto de la Reserva. Era el sendero que había recorrido hasta ese día por mi cuenta. Un trayecto sin emociones fuertes, carente de sex appeal; ideal para caminar, hacer facha bajo el Sol –en caso de tener algo que mostrar– o boludear sin un plan específico (tomen nota los quinceañeros que viven al pedo). A la izquierda, la aventura. Un enigmático camino se abría hacia lo lejano y desconocido. Parecía conducir a otros caminos más largos. Brevemente consideré ambas opciones y elegí ir a la izquierda, adentrándome en lo prohibido. (Si hago este escándalo para elegir un camino de morondanga, imaginate las cosas que pienso cuando compro ropa o tengo que elegir los sabores de helado que voy a pedir.) Tres metros después mis ojos reconocieron un cartel con el mapa de la zona, mismo que mostraba todas las distintas ramificaciones de los caminos, quitándole el velo de misticismo a toda la aventura. El ideal romántico de lo misterioso, prohibido, lejano y desconocido se fue a la mierda. (Claro, me tomo el trabajo de ponerle emoción a la cosa y me salen con un cartel explicativo. Encima debo ser el único que lee los carteles, así que peor. A veces quisiera ser otro idiota masificado del montón.) Resignado a la falta de sorpresas, seguí el camino sorteando algunas personas. Vi la salida a la costa cuyo aroma a mar revuelto me recibió en todo su esplendor, revolviéndome el estómago en el proceso. Continué por el sendero relajadamente, prestando atención solo a la música. No puedo precisar exactamente qué, pero hay algo en el hecho de hacer ciclismo y escuchar música que no tiene paralelo. Esto lo dice el tipo que se hacía el dolobu en Educación Física para no tener que jugar al fútbol. (Todavía no juego, pero ciclismo hago. El profesor Pesce debe estar orgulloso desde su tumba. Si es que murió.)
Adentrado en el camino noté algunas personas que esporádicamente aparecían y se alejaban de mi vista. Observé además las salientes a diversos caminos. Tomé uno de ellos saliendo hacia la derecha, asumiendo que pudiera acercarme a la salida. (Que –supuse– estaría en esa dirección.) Treinta minutos después me di cuenta que había dado una vuelta equivocada, volviendo a pasar por el mismo lugar por segunda vez. “Yo sabía que ese árbol era muy parecido al otro.” Y sí, no era que el árbol tenía un mellizo, simplemente tomé un camino alternativo que me devolvió al punto de origen. ("X0", como diría mi profesor de Física. Voy a pretender que también está muerto. Dios quiera.) Luego de hacer esa vuelta en círculo –la "calesita natural"– alcancé un tranquilo camino donde hacia un costado se apoyaba una saliente a modo de puente que terminaba en una construcción circular semejante a un enorme balcón de madera que hacía las veces de mirador. Dentro del círculo de madera había asientos a los lados, y podía admirarse el río/lago/lo-que-fuera-formado-por-mucha-agua emplazado allí. Puse la bicicleta delante de mí, protegiéndola de algún chorro que fuera de paseo a la Reserva (después de todo son gente también). Apoyé las manos en el barandal de madera observando la oxidada cadena de bicicleta que alguien había anidado al barandal, presumo que para sujetar el cartel que se mostraba colgado de él. Este cartel apenas era visible ya que el plástico que lo protegía estaba bastante sucio y no dejaba leer casi nada por debajo. Con el Sol en la cara me aventuré a elegir ese lugar para tomar Sol, creyendo ingenuamente que ningún hinchapelotas –léase persona– iría hasta tan recóndito paraje a joderme con su mera presencia. Adivinen lo que ocurrió. Un convoy compuesto por un viejo que hacía estiramientos, algunos curiosos y dos excursiones escolares de primaria me demostrarían lo cándido que puedo llegar a ser ciertas veces, cuando albergo una mínima esperanza en algo relacionado con otro ser humano. Pero vamos por partes, que se disfruta más. Al rato de sacarme la remera y colgarla del manillar de la bike para comenzar la tomada de Sol, escuché a lo lejos un temible sonido. Era el bramido de una división de primaria compuesta por ruidosos pendejos que surgieron de todos lados. Lo que era peor: los niños y su maestra se acercaban por el breve puente de madera con destino a mi lugar en el mirador. Preparándome para lo peor me aferré a la bicicleta como una madre a su recién nacido. Por supuesto, apenas llegaron los pibes empezó el show. Salió uno de no se dónde para pedirme permiso, haciéndome correr porque querían leer el cartel, el inútil cartel. Me corrí un poco para que el pibe/nena/hermafrodita/medusa/sirena/coso pudiera deleitarse con los secretos del cartelito. Cómo un cartel de morondanga podía despertar estas pasiones en un infante era algo más allá de mi entendimiento. Encima la maestra daba su clase magistral mientras yo esperaba que me dijera algo como "póngase la remera" para retrucarle "váyase a la mierda". Pero nada pasó. Era una situación por demás... incómoda. Yo, en cueros, rodeado de un montón de pibes y nenas de primaria mirando el lago, con la maestra hablando de fondo con voz en off. Digamos que si nos hubieran sacado una foto, no la usaría como postal. Al largo rato los pibes se habían ido y la paz se filtraba a través del silencio. Todo muy lindo, salvo que otro grupo de niños apareció para reactuar esa tristísima escena muda. La misma escena nuevamente. Otra docente, otros niños, otra espera para que se fueran, otra pose con la bike, y la misma sensación recurrente de incomodidad y amontonamiento. Volver a vivir. Igualmente este grupo no lo sufrí tanto como el anterior, y su estadía me pareció más breve. Me pregunté cuál sería la motivación que empujó a los directivos de un colegio a siquiera considerar la Reserva ecológica como un destino de excursión. En serio, mirá que hay lugares mejores. Tenés el zoo, el Jardín Botánico si sos más pobre, algunos museos y muchos paseos turísticos gratuitos que uno ni conoce. Realmente no hay excusa para llevar a los pobres niños a tan pedorra destinación. Ya imagino la conversación causante de esta desgracia: Pasé media hora tomando Sol y posando en el barandal, intentando que el bronceado quedara parejo. En realidad nunca me mató mucho la idea de tomar Sol. Me gusta como algo esporádico, no como una costumbre, no como una forma de hacer sociales, no porque me haga el macho y me eche a posar para atraer miradas, sino únicamente porque odio tener la piel a dos tonos: el de la cara y el antebrazo que se exponen al Sol constantemente y el del pecho y el resto del cuerpo que casi siempre está cubierto. (No camino semi-en-pelotas ante el menor aumento de la temperatura, como algunos –negritos– y eso acentúa la diferencia del grado de bronceado en distintas zonas de mi cuerpo.) Terminada la sesión de Sol agarré la remera al tiempo que monté la bike (no voy a decirle "bici", no insistan), y robando los últimos sorbos de Ser Citrus [3] que tenía a mano salí del mirador de madera crujiente con la idea de retomar el camino que me acercara a la salida del intricando mar de sub-caminitos. Por otra parte, estos senderos no son tantos como yo quisiera. (A mí me gustaría un verdadero laberinto, con gente muerta en la ladera del camino, donde ves los huesos podridos y la ropa rasgada de los pobres aventureros que se adentraron valientemente en el corazón de la Reserva, buscando matar un domingo con los chicos porque "llevarlos a los jueguitos es caro".) Me las arreglé para "ciclear" por la tierra durante un buen rato hasta alcanzar la salida. Pasando la entrada llegué a la vereda de baldosas blancas y me mezclé con el tránsito. Las calles estaban ausentes de vehículos a esa hora, de modo que relajé la marcha en mi periplo de regreso al hogar, acompañado por el sonido de mis canciones, mismas que siempre logran evitarme el mayor problema que encuentro cuando no tengo nada que hacer: pensar. A pesar de que me encanta analizar las cosas, criticar al mundo y observar incesante el universo a mi alrededor (nótese lo egocéntrico que sonó eso) cuando escucho música tengo la suerte de que mi mente se va a "modo de bajo consumo" y puedo descansar sin detenerte a meditar en nada, solamente sintiendo y escuchando atentamente las vibraciones de la música. (Por eso cada canción de mi librería está cuidadosamente seleccionada, evitando tener que lidiar luego con canciones pedorras que nada aportan y sólo sirven para hacer uso descarado del botón "Siguiente" de mi iPod.) Las calles, los autos, los boludos que se cruzan sin mirar, las canciones y las poses de ciclista se sucedieron. Algunas decenas de minutos más tarde arribé a casa, donde aproveché para pegarme una ducha y vestirme el disfraz de salida. Me puse la camisa blanca con entramado de tenues líneas verticales. Eran cerca de las cinco de la tarde cuando encaminé mi voluntad hacia la parada del 102, a cuatro cuadras de casa.
HOMBRE. PARADA. BONDI. DENTISTA. En vez de tomar el 102 en la parada usual, y en un acto de aventura solo visto en ciertos documentales de National Geographic, decidí cambiar la rutina e ir hasta la siguiente. Al igual que el 39 o el 12, el 102 tiene la capacidad de hacerse desear como pocos. (Ni hablar del 70 o el 10, que aparecen cuando quieren, sin regularidad alguna. Son las divas del transporte público.) Esperé cerca de diez minutos hasta que el colectivo apareció. Aboné el boleto y busqué refugio en un asiento doble de la mitad posterior. Una vez más, con el iPod colgado de mi ropa controlaba al tacto las canciones que daban ritmo a mi viaje. [4] Algo de tráfico se interponía en el camino del colectivero. Y con justa razón, teniendo en cuenta la hora y los horarios laborales que me obligaban a ir contra la ola de oficinistas que volvían en mi dirección, atrapándome en el tráfico. Este tipo de situaciones son las que me hacen pensar seriamente que la gente estorba. Sinceramente, jode. Transcurrieron al menos treinta minutos de viaje hasta que alcancé la parada de llegada. Ubiqué el edificio y me aventuré a sus profundidades de consorcio cuando el "encargado" me retuvo con las típicas preguntas de portero metido sin un carajo mejor que hacer que andar interrogando a la pobre gente: – ¿A dónde vas?, inquirió él. Medité unos breves momentos. ¿Cómo podría saber él que debía ir al primer piso y esperar que me derivaran recién ahí al segundo? ¿Qué, es telépata el chábón? ¿De día es Cacho, el portero, y de noche un vengador enmascarado que sale a patearse las calles y combatir la injusticia usando sus poderes de telépata? Me debo haber perdido un curso de lectura de mentes impartido por Tusán, porque a mí esas noticias no me las dieron. Opté por hacerle caso al "portero maravilla", pero dudé de su consejo. "Esto es una trampa para robarme o violarme en el ascensor, pero no me va a agarrar desprevenido el guacho ese." Con una dosis de paranoia poco recomendable fui al ascensor, esperando una horda de chorros que saliera de algún recobeco para separarme de mi cuantiosa fortuna –los veinte míseros mangos que tenía encima. Aliviado y casi desalentado por la ausencia de una escena de acción y emociones fuertes, presioné ambos botones del ascensor y esperé que de una vez llegara alguno de los dos. Suelo hacer esto siempre que hay más de un ascensor disponible. Si el edificio tuviera ocho ascensores presionaría los botones de todos, daría tres pasos atrás para poder vigilarlos al mismo tiempo y subiría al primero en llegar. [5] Decía entonces que había presionado ambos botones del "llamador de ascensores" en un intento por ganar tiempo, a modo de ruleta azarosa. Uno de ellos arribó y al abrir la primera puerta noté que la misma tenía un diseño curioso. Había dos puertas, la primera era de madera adornada con un reborde de metal y se cerraba sola. La segunda era una puerta estilo acordeón que debía cerrar uno. Deduje que la idea detrás del diseño sería minimizar las probabilidades de que algún distraido dejara mal cerrado el ascensor, sin embargo no me atrapó mucho esa mezcla de estilos para las puertas; esa improvisada amalgama entre "cierra sola" y "cierra con ayuda".
PRIMER PISO: DENTISTA. SEGUNDO PISO: ROPA DE HOMBRES. Cuando bajé del ascensor de la muerte esperé para confirmar que la puerta "cierra sola" hiciera honor a su nombre. Caminé unos cortos pasos antes de advertir un cartel que, frente a mí, y al final del pasillo al que desembocaba el ascensor, mostraba los posibles caminos. A la derecha se podía ir para tratar algo relacionado con la Universidad Maimónides. Sobre lo que me ocurriría si elegía ir a la izquierda no decía nada. Igualmente me decanté por esta opción ya que a la oficina de la Universidad Maimónides no iria por ningún motivo salvo pedir que le cambien ese ridículo nombre de ogro de cuentos infantiles. ("¡Ahh! ¡Es el monstruo Maimónides! ¡Escondan a los niños y las vírgenes!") Feo nombre. Del lado izquierdo, al fondo del pasillo se veía una puerta abierta y una mujer entrada en años sentada dentro. Era un departamento que hacía las veces de consultorio odontológico. Con decisión pero cargado de prudencia –sobre todo después de lo del ascensor– entré sutilmente a la boca del lobo. (Una boca mentolada, en este caso, por ser la madriguera del dentista.) La manera más fácil de confirmar que es un consultorio es buscando una serie de elementos comunes a todos los consultorios: una recepcionista, filas de tres sillas pegadas entre sí, pilas de revistas viejas, gente pelotuda que te clava la vista apenas entrás y una sosa decoración que desde cada esquina de la habitación grita "no vivimos acá, solamente lo usamos para trabajar". Noté que una de las verdades absolutas que enumeré antes había sido salvajemente violada en los matorrales: no había una recepcionista, sino un recepcionista. Este individuo peinado con cantidades ingentes de gel pasaba la mayor parte del tiempo mirando su planillita de Excel al tiempo que asignaba turnos a las futuras víctimas del dentista. Todo lo sazonaba con un tono actual, utilizando expresiones populares. (Eso está muy bien, porque el lenguaje de oficina no lo tolero, y particularmente me molesta la gente que intenta parecer fina o pretender que tiene estilo y luego la ves comiendo un choripán en Lavalle vistiendo una remera negra con letras rockeras en la espalda. Falsos. Lo que es peor: falsos sin estilo.) Mientras el recepcionista del peinado plastificado atendía a una desorientada (por no decir pelotuda) que no sabía qué horarios le convenían para pedir el turno de su tratamiento de varios días, yo esperaba resignado en una de las sillas, porque de ninguna forma iba a esperar parado que la indecisa se decantara por algo. (Me enferman estas mujeres que no saben lo que quieren. Basta conocer una para detestar a todas las de la misma calaña.) De modo que continué mi eterna espera, con la ingenua esperanza de que la indecisa hiciera una elección y se dejara de joder de una buena vez. Lo que era peor, la mina no se daba cuenta de que su actitud molestaba. La gente jovial tiene un serio problema de actitud, todo les parece maravilloso y no caen en la cuenta de que joden. Si vos sos feliz, felicidades dulzura, pero no me jodas a mí, sacá el turno de una vez y dejame continuar con mi vida.
EL DEPORTISTA INFORMÁTICO, EL CHICO QUIETO Y LA DENTISTA PRÓFUGA. Mientras esperaba comencé a observar a los distintos personajes que formaban parte del decorado, los extras que aparecen en la compleja trama que es mi vida. (Donde, por supuesto, soy el indiscutible protagonista.) Sobre el corredor principal del consultorio había un chico de no más de doce años que, contrario a la mayoría, esta quieto y tranquilo, esperando su turno. A su lado, dos asientos a la izquierda, un joven de dieciocho o algo así contemplaba la PDA que acababa de sacar de su mochila, absorto en la pedorra pantalla monocromo. Esperaba pacientemente, vestido sencillamente con unas chotas alpargatas negras híper básicas, una remera gastada y la antedicha mochila donde llevaría el cambio de ropa para hacer deporte. En su conjunto, todo el look de pobre diablo deportista denotaba su seguro desdén por la moda y un inexistente mínimo de buen gusto. Puedo entender que los deportistas se sientan obligados a cagarse en el estilo de la ropa, pero él llevaba la apatía por el buen gusto un paso más allá. Recordé, al revisar el papelito donde había escrito la hora del turno, que no me atendería un doctor, sino una doctora. En general he visto en los consultorios que hay una recepcionista y un doctor. En este consultorio, y quizá para intentar equilibrar un poco el universo, los papeles de cada sexo habían sido intercambiados. Había una doctora y un recepcionista. A decir verdad no me quejo, quizá debería haber sido así siempre. (No voy a empezar a ser machista a esta tierna edad, para eso tengo la vejez.) Cuando pude hablar con el recepcionista de peinado plastificado arreglé los pormenores de mi visita. Luego de tomarme los datos y pedirme el carnet de la obra social, me derivó a una de las sillitas donde mi espera cobraría mayor protagonismo. Esperé y esperé sin cesar. La sensación temporal de estos minutos fueron horas [7]. El pibe pre-púber que estaba super quieto empezaba a molestarme y el deportista con mal gusto era como un misterio de la ciencia para mí. Por una parte no era un idiota –parecía saber usar su PDA– y al mismo tiempo ese look de pobre diablo no me permitía otorgarle respeto. Yo veo un deportista y automáticamente veo un ser simple y aburrido. Lo sé, soy prejuicioso. Lo peor es que en general no me equivoco con los juicios que hago y he ahí el problema. La dentista seguía prófuga.
"¿Pero dónde está esa hija de puta?" formulé para mí, absorto en el pequeño espacio del mini pasillo en el que la serie de sillas donde yo estaba sentado ocupaba bastante lugar, dificultando el paso de la enfermera que no tenía nada mejor que hacer que cruzarse cada dos segundos, obligándome a correr las piernas que tenía cruzadas, en una de las variadas poses que surgen cuando me pudro de esperar a alguien. Algo irritado comencé a recaer en las conjeturas que hago cada vez que algo me saca de quicio. "Otra vez, yo llego puntual y tengo que esperar que la señora doctora se digne a atenderme. No sé para qué carajo me molesto. Cuando llegás tarde les molesta, pero si llegás temprano, te tenés que comer más de media hora de espera, porque los turnos están dados a la que te criaste, sin un mínimo de previsión." Si yo fuera el recepcionista, me encargaría de hacer un cálculo para ver cuánto tarda la pelotuda esa para atender a cada uno, y en base al promedio asignaría los turnos de forma que la gente no tenga que esperar innecesariamente durante decenas de incontables minutos. Si la queridísima doctora tarda con uno cuarenta minutos y con otro sesenta, entonces no podés dar turnos cada media hora. Yo sé que hay que facturar y está bárbaro ganar guita, pero no sirve de nada hacer entrar gente que se acumula al pedo y al final no es atendida porque no hubo tiempo y llegó la hora de salir. Continué generando odio por la yegua que no terminaba más de atender al que estaba antes. Viendo el reloj del cel pensé "si no me llama cuando sea y media, me voy". Sin embargo era casi la hora de mi desafío cuando consideré qué pasaría si me fuera. "Voy a tener que volver. Y esta boluda va a hacerme esperar de nuevo. Y si no es ella será otro doctor en otra parte, son todos iguales." Resignado asumí que la única vía de acción posible sería esperar hasta que alguna señal de vida asomara desde la oficina iluminada al fondo del breve pasillo que cruzaba el departamento.
–"¿LEONARDO?" –"¡¡¡SOY YO, ACÁ, ACÁ!!!" De repente mis ojos se maravillaron al ver que la puerta de la oficina de la doctora se abría. La luz de la esperanza cegaba mis ojos repletos de lágrimas emocionadas por la insuperable alegría que me oprimía el pecho. De acuerdo, estoy exagerando. Tenía las pelotas llenas de esperar a esa mujer y el hecho de ver abrirse la puerta era todo un consuelo por sí solo. Quería putear a la muy yegua. Luego de saludar a la dentista –ya nos tratábamos como los amigos de toda la vida que jamás fuimos– me senté y le conté el motivo de mi consulta. Como de costumbre, se puso el barbijo de tono blanco –al mejor estilo "pureza pasteurizada"– y comenzó a adentrarse en las profundidades de mis fauces para ver "cómo estaban los dientitos". Me dijo que estaba todo bien y aprovechó para currarme una limpieza dental con la que se entretetuvo durante quince minutos mientras me ordenaba escupir los restos de la limpieza repetidas veces en la piletita de la camilla/portavaso/pileta multiuso típica de todo dentista que se precie. La luz de la lámpara –que también estaba integrada a la completísima camilla– me pegaba en plena cara. Observando la forma del vidrio y el tubo que conectaba la lámpara con el resto del armatoste que era esa silla de dentista, pensé en la similitud que la lámpara tenía con el extraterrestre de una película que hace años vi en un canal de aire. No recuerdo el título pero se trataba de un chico que era navegante de una nave espacial extraterrestre y este ser de otro planeta tenía la forma exacta de la lámpara de la silla del dentista. [8] De hecho, no era la primera vez que al ir al consultorio me preguntaba "¿y si el tipo que escribió el guión tuvo la inspiración en una visita al dentista?" Decidí dejar este enigma de la ciencia a los intelectuales.
Ya en la etapa final de la consulta, y cumpliendo con una de mis pocas rutinas, comencé a matar el tiempo que debía esperar mientras la doctora llenara unas planillas haciéndole las típicas preguntas de interés general que me encanta discutir con estos profesionales. Lo hago porque soy curioso y quiero comprobar que las cosas que veo en la tele son mentira. Por otra parte lo hago porque tengo la creencia de que si estoy pagando por la consulta, durante el tiempo que dure puedo exprimir a ese profesional hasta el hartazgo, exigiendo sus conocimientos al límite. En esta oportunidad le pregunté si las pastas dentífricas blanqueadoras realmente blanquean. "No. Lo que hacen es mantener el blanqueamiento previo de un tratamiento de blanqueado." O sea, los de Colgate Whitening son unos chantas. Observé a la doc mientras continuaba arreglando el consultorio y limpiando los utensillos. Me pregunté qué habría sido de su vida años antes de recibirse de dentista. ¿Habría sido una chica alocada? ¿Un ex-novio le habría hecho perder la ilusión del amor? Cuántas veces habría cambiado de carrera antes de decidir que las dentaduras eran lo suyo; si es que acaso no estuviera dudando de su carrera en ese preciso momento. Luego le pregunté si la pasta dental que me había recomendado otro dentista era buena o no, y quedó satisfecha. "¿Esa te recomendó? ¡Seeh, es buena!" Ok, bien. Re feliz la mina con eso. En realidad se lo pregunté para matar el tiempo, porque sinceramente me importa tres carajos el dentífrico, en tanto sirva de algo y prevenga las caries estoy satisfecho. Al aproximarse la hora de salir me preparé mentalmente para el típico sermón de doctores: "hay que cuidarse", "hay que hacerse chequeos", etc. Nunca entendí la fascinación de los doctores con los chequeos y su incesante insistencia. Debe ser por cuestiones legales, a mí no me digas que realmente creen que alguien les hace caso. Uno va al médico cuando está enfermo, no para hacer turismo. (“Córdoba, un destino” o mejor “El Borda… tiramos la casa por la ventana. Junto con nuestra cordura.”) Llegó la despedida, y solo por esta vez, en lugar de haber besos y abrazos hubo un simple y emotivo saludo cargado de buenos deseos y típicos consejos de doctor en los que me cago siempre:
–L.D.
[1] Sobre la utilidad del día basta decir que es una teoría mía cuya idea principal es que si la vida de cada uno fuera como una serie de televisión donde interpretáramos distintas escenas, cada día debería ser tomado como un episodio. Pensémoslo por un momento: en una serie de televisión, como en una película, surge una dificultad, un problema o percance que el protagonista debe resolver o sortear para alcanzar su meta. Lo que nunca se ve en una película o serie es qué hace el protagonista durante todo el día cuando no tiene que salvar al mundo. O qué piensa mientras está en el baño haciendo del dos porque la comida le cayó mal. Es decir, las películas hacen ver como que el protagonista apareció, tuvo un problema (secuestraron a la hija del presidente, terroristas internacionales quieren matar a Dumbo, o algo peor) y el tipo se pasó cada una de esas 24 horas o más con ese problema, obviando que quizá haya ido al baño, llamado su mujer, visto a su hijo en la calle rateándose del colegio con una colegiala que tiene un pésimo gusto al vestir o cosas peores. Las películas simplifican la visión de la vida de los protagonistas con el afán de contar una historia. (Por otro lado, si querés ver cada detalle de la vida de un protagonista, tenés Gran Hermano. Pero claro, ver un montón de parásitos haciendo huevo día y noche sin ningún objetivo concreto en la vida tampoco es muy atrapante que digamos. “Me pagan por rascarme en TV. Soy un groso, viste?”) [▲Volver] [2] Tampoco me acostumbro a decir “peli”. Odio las abreviaturas boludas: peli, bici. Pero las incorporé de todas formas a mi día a día, como "cel". [▲Volver] [3] Ya sé que en otra ocasión comenté que no soy fana de los productos Ser. Sin embargo, en los últimos tiempos descubrí que me gustan el postre Ser Lemon Pie (es de limón, no me jodan con esos nombres de mentirijillas) y el agua Ser Citrus. [▲Volver] [4] Por eso no soporto los iPods que tienen pantalla. Yo no quiero ver nada, quiero escuchar. [▲Volver] [5] Así lo hice una vez en el edificio de La Nación, cuando creía que Ariel Torres me contrataría como escritor del suplemento de informática. Ja! Qué ingenuo era en esa época. Fue hace unos meses, de hecho. No me hagan acordar. [▲Volver] [6] Siempre que no haya un asesino de la KGB arrojando ladrillos desde el piso 30. ("Diez noches de la bestia".) [▲Volver]
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Tarde de bronceado y dentista.