Cagamos. Ya empiezan a llegar.
Sesenta segundos antes de las diecinueve.
La esperanza de encontrar aquello en lo que no creo realmente.
Subite al taxi de una vez y tomatelás.



La luz del Sol se mostraba incapaz de penetrar los sucios vidrios de la enorme estación Constitución. Su color amarillento oxidado hacía alarde de la desidia del personal ferroviario a la hora de limpiarlos, y la tenue luz que se colaba al lugar era la que pasaba por los que habían sido rotos. El andén en el que estaba sentado tendría más de cien metros y la misma cantidad de años. Destacaba el sólido piso de cemento en bruto, asemejándose a roca sucia por los miles de borregos día a día lo habrían pisoteado a lo largo de las décadas. A las 17:42 no parecíamos ser muchos esperando el tren a Mar del Plata. Quizá porque faltaba poco menos de una hora para la salida del mismo. La estación se asemejaba a un hormiguero en plena ebullición. Yo buscaba una posición cómoda en el duro asiento de cemento sobre el que me senté. Tenía una forma alargada y contaba con un duro respaldo, asemejándose a un sofá de cemento de tres piezas. Éstas estaban pintadas con colores llamativos que me sorprendieron. Y no de forma grata. Los extremos eran de un pálido color blanco y la pieza central estaba pintada con un tono verde claro que rogaba ser quitado de su miseria. Si acaso fuera poco, ese derroche-rococó-industrial-con-forma-de-sofá hacía alarde de una franja anaranjada que cruzaba todas las piezas a modo de grotesco corte. No podía continuar mirando ese despojo de estilo hecho cemento. Observé las dos valijas de cuero que tenía entre las piernas. Una era grande, de cuero blanco. Algo llamativa, lo admito. La otra mostraba un tono marrón oscuro y poseía una forma regordeta y más pequeña que la primera pero igualmente grande. Ya no se ven valijas así. Ahora es todo plástico oscuro adornado con rueditas negras. Esas viejas valijas de cuero marrón y blanco habían pertenecido a mis padres y ahora las utilizaba yo. Tenían más estilo en una sola fibra de cuero que cualquier valija moderna en toda su burda extensión. El quiosco de diarios ubicado cerca de los asientos de cemento me regalaba con su presencia y servía para atraer gente boluda a mi sector. Siempre se echa en falta. A lo lejos veía otros andenes similares al mío. Parecían realidades alternas. Como una sucesión de espejos puestos uno delante de otro donde en cada uno se muestra una escena mínimamente distinta. Gente corriendo de un lado a otro. Valijas, borregos, vías ausentes de trenes, pisos roñosos, y vidrios sucios o rotos en el tragaluz. Mismos que en otra época habrían —ostensiblemente— llenado el lugar de luz, y ahora sólo servían como vergonzoso recordatorio del atrofiado sistema ferroviario nacional.
CAGAMOS. YA EMPIEZAN A LLEGAR. A medida que la hora de partida se acercaba a los relojes, más gente iba apareciendo. Dos mujeres se sentaron a mi derecha. Las miré de reojo, como quien le echa el ojo a una colegiala de pollera tableada. Desgraciadamente, la visión no era ni de lejos tan agradable. Eran una vieja y una mujer que pasaría los treinticinco años de existencia. Ella sería nuestra boluda del día invitada. (Toda historia que se precie debe tener al menos un boludo invitado.) Estaba sentado en el centro del sofá de cemento con ellas a mi derecha. Mientras observaba los andenes del fondo noté de reojo que la boluda invitada se atrevió a echarme una mirada de desconfianza al tiempo que acercaba sus bártulos a las piernas. ¡Qué yegua! Como si le fuera a afanar algo. ¡Yo! ¡Papá! Pero por favor, dulzura, si llegué hasta el andén es porque pagué el pasaje y el guardia me dejó entrar. No tomé el tren para robar tus chucherías. Además, no sé si tu intuición femenina te lo habrá informado pero yo también tengo dos valijas. ¡Y son más lindas que las tuyas! Turra. Esperé, dirigiendo mi atención al heladero que lentamente caminaba al ritmo del típico "carrito fantasía" que todo maestro de las cremas heladas que se precie debe empujar. Este carrito emitía sonoros timbrazos agudos a medida que avanzaba. Sonaba igual que una bicicleta con campanita. Porque además no podés tener un carrito de heladero sin la campanita oficial de bicicleta para nenas. (Es como ser carnicero y no llevar el delantal blanco o ser policía y tener un peinado rasta. No da.) Mi atención fue robada por la lejana visión del tren, que parecía acercarse a mi andén. Al acercarse vi que el ferrocarril tenía los mismos colores chillones y feos de los sofás de cemento. Incluía la grotesca franja anaranjada cortando los colores de cada vagón. Era una inmundicia cocolichera, pero al menos combinaba. Aprecio el gesto. La boluda invitada se lo confirmó al mundo. Asomándose un poco sobre mí vio al tren aproximarse y sin perder un sólo segundo exclamó para las masas: "Ahí viene". Nunca se echan en falta estas personas con complejo de narradores frustrados que anuncian lo que vos claramente podés ver con tus dos ojos. Es tan jodido detectar que un tren enorme y ruidoso viene en tu dirección. Menos mal que ella estaba ahí para salvar el día. Se pagó sola la hija de puta esa. Sumado al poder de resaltar lo obvio, ella además tenía el de hacer predicciones boludas. O sea, si te quedaba alguna duda de que fuera la típica mujer argentina, chau, olvidate. Echó al mundo su pronóstico. (Agárrense.) "De acá a que frene y subamos…" —dijo, con tono de quien tiene todas las respuestas y no puede guardárselas para sí, debiendo compartirlas para beneficio de toda la humanidad. Por suerte yo no tendría que soportar su existencia un solo minuto más, porque al calcular que el tren se detendría en los siguientes segundos unos metros más adelante, tomé ambas valijas y encaminé mi esbelto cuerpo hacia el lugar señalizado para el vagón en el que viajaría. El coche 303 paró junto al cartelito homónimo. Formé "fila" —por llamar de alguna forma a ese desparramo de borregos y equipaje por doquier— para luego subir la incómoda y anoréxicamente pequeña escalera cuyos peldaños desafiaban las leyes de la física y me conducirían al interior del gran vagón. Habría que ser un nene de dos años para tener la suerte de poseer los piecitos que cupieran en esos peldaños liliputienses. Dejate de joder. Hacé peldaños grandes, corazón. Tomé las valijas que había dejado en el piso del vagón para poder ascender al mismo. Una ola de aire frío me golpeó al entrar, sin afectarme. No soy un tipo friolento, aunque aún si tuviera frío no lo demostraría. Puedo pararme a mitad de una avenida bajo la lluvia y el viento vistiendo una remera y un pantalón bermuda, y jamás demostrarte que tengo frío, aunque por dentro esté temblando. Supongo que no soportaría ser visto como alguien débil, mi orgullo lo impediría. Igualmente, reitero que no soy friolento. Tengo una suerte de habilidad contra el frío. Lo siento a mi alrededor, pero es como en esos comerciales de yogur donde al cuerpo nada puede entrarle porque el yogur es tan poderoso e increíble que crea un escudo protector alrededor de quien lo consumió. Yo soy así. A mí el frío no me penetra, pero puedo sentirlo a mi alrededor. Y no, no tomo yogur regularmente. (Tampoco necesito las “biopuritas” para cagar, gracias.) Muchos de los que recién entraban al vagón sintieron que el frío del interior les calaba los huesos. La gente entonces fue víctima de un momento de histeria colectiva invernal. ("¡A los pulóveres! ¡Ahh! ¡Esto es Siberia!") La locura invernal no se había producido sin un fundamento, y creo saber exactamente cuál era. Existe lo que llamo “la neurosis argentina del aire acondicionado”. Esta neurosis se produce cuando la gente instala un nuevo aire acondicionado. Lo que quieren es llevarlo al límite, a ver qué tanto frío puedo obtener. Si puedo lograr que se me formen estalactitas de hielo en el culo, bárbaro; tenemos el aire acondicionado de nuestros sueños. Pará un poco, dulzura. No es una cámara frigorífica, es un aire acondicionado. El objetivo del aire acondicionado es que no tengas calor, no que tengas frío. No se trata de tener frío. Se trata de no sentir el calor sofocante que trae aparejada la humedad. No lo entienden. Y entonces lo ponen a todo lo que dé, y les agarra frío. Se ponen un abrigo y cuando salen se cagan de calor. Llámenme ingenuo, pero… ¿No sería mejor, quizá, ponerlo a veinte grados? Es decir, ni frío ni caliente. ¿Es una idea tan descabellada acaso? Ponelo a temperatura media, corazón, no soy una milanesa de soja.
Caminé por el anoréxico pasillito central en busca del asiento diecinueve. Lo ubiqué rápidamente, comprobando además que estaba sobre la ventana. Lo cual sería magnífico de no ser por un pequeñísimo detalle: una persiana metálica cubría casi toda la ventana, impidiéndome ver el paisaje derruido y mugroso de la estación. Y aunque no lo parezca, eso era trágico. Según había sido informado en un viaje previo, la persiana permanecía baja durante los primeros kilómetros de viaje para prevenir que los negros del camino lastimaran a los pasajeros en caso de que una manada de ellos decidiera tirar piedras a las ventanas. Como en esta oportunidad ningún representante del ferrocarril Roca había venido hacer esa salvedad, asumí que los conflictos territoriales entre los negritos nativos y la gente del ferrocarril serían cosa del pasado. (Suena como una película sobre el lejano oeste, pero es el día a día de la Argentina. Parecemos colonos en una tierra que suda violencia, miseria y gente roñosa. Viva mi país.) Me dispuse entonces a subir la persiana metálica pero fallé miserablemente al primer intento. Quise hacerme el groso y subirla estando sentado, cuando semejante proeza es incómodamente molesta en semejante posición. Con poca esperanza remanente decidí realizar un intento más que resultó igualmente infructuoso. Finalmente desistí. "Bah, a cagar. Algo se ve." Esa actitud cobarde y conformista no me duró mucho. Enseguida recapacité. No iba a tolerar hacer todo el viaje así, teniendo el control de una ventana cubierta. Debía pararme para obtener la fuerza necesaria para levantarla. Dejando los bártulos a un lado, me paré; tomé la persiana con ambas manos, y la levanté como a un recién nacido. Demás está decir que cuando logré culminar la tarea me inundó el pecho una clara sensación de orgullo. Había superado el miedo repentino que me produjo antes la idea de tener que pararme atrayendo la atención —y las miradas inquisidoras— de los demás. La ventana que había sido revelada hacía segundos, se mostraba ahora húmeda. Tenía el "efecto vapor" que se hace en el vidrio cuando la temperatura de adentro es distinta a la de afuera. Observándola detenidamente noté que el vidrio estaba rayado. Y el “efecto vapor” parecía no quitarse. Más bien era un “efecto roña”. Casi todos los que estábamos sentados del lado izquierdo del vagón habíamos abierto las ventanas, mientras que los pasajeros del lado derecho no habían mostrado interés alguno en la tarea, dejando su sector un poco menos iluminado por la luz natural. Esto me hizo pensar cómo muchas veces hacemos las cosas porque alguien más se animó antes. Cuando ya no es uno quien debe tener la voluntad de ser el primero y lidiar con veinte pares de ojos mirando en nuestra dirección. Una vez se vuelve aquello “socialmente aceptado” todos los demás terminan por decidirse a hacerlo, a pesar de que antes los atemorizara o hiciera sentir incómodos.
Terminé de acomodar las dos valijas en el estante portaequipaje formado por varas de metal que se encontraba sobre todas nuestras cabezas. Sentado observé de reojo a mi compañero de viaje. Un treintañero vestido con una remera negra, un pantalón largo —también negro— y decorado con un feo bolso del mismo color. Parece una concepción general vestirse como el culo pero combinar los colores. En el caso de él era bastante sencillo, si tenemos en cuenta su vestuario monocolor. En definitiva, lo que yo llamo «un derroche de estilo». Los ojos se recuperaron de tan horrenda masacre al buen gusto cuando tuvieron la suerte de encontrarse en el camino con mi iPod. Previamente lo había cargado con doscientos cinco temas cuidadosamente destilados de mi librería musical. No es mi estilo ir en bolas o improvisar, salvo que se me antoje en el momento. Me gusta tener un plan, calcular las posibilidades y prever una posible contingencia. Me siento cómodo, en control. A las 18:28 seguía esperando. Debíamos salir a las 18:30. "No nos vamos más. Espero tener suficientes canciones" —pensé. Observé las pequeñas luces azules incrustadas a los costados del reducido corredor central al mejor estilo cine. En los cines las he visto rojas, pero nunca azules. Parecía algo sacado de uno de esos autos que la gente sin sentido del gusto pinta y retoca con varios colores chillones y caros accesorios para sentir que son corredores de carreras con su auto de calle. Luego se casan, tienen hijos y mueren. Cuando esos hijos crecen, venden el auto para repartirse la herencia y malgastarla con sus parejas, que los usan por el dinero de la herencia. Luego se divorcian para quitarles la mitad de los bienes y les dejan a los hijos como crías no deseadas que obtuvieron en repetidas noches de calentura sin previsión. Luego esas crías se repartirán la herencia de los papis cuando mueran. Y así el círculo de la vida florece. (Así es como —a grandes rasgos— yo veo la vida. Si no fuera tan cínico me darían ganas de llorar.) El tren no había arrancado y al menos dos vendedores y un chico pidiendo dinero habían desfilado por el infame pasillito central. El chico que pedía “una ayudita” evitó hablarme. Quizá debido a que no lo miré y me hice el boludo tras los audífonos del iPod, evitando al verlo tener que asumir su existencia. Creyendo que al no mirarlo su realidad dejaría de ser, él dejaría de ser porque yo no estaría viéndolo y yo no tendría que conocer su triste historia. Sí, ya sé que suena insensible, pero seamos sinceros. Los días de ese chico están contados. Bien podría haber muerto a esta altura. Y su realidad, al igual que la de todos los de su clase, no tiene arreglo. De modo que sólo veo dos opciones: o le doy la “ayudita” a cada pibe, viejo, madre, desnutrido, drogrado o enfermo que me la pide o bien, me enfundo con los audífonos del iPod para no tener que escucharlos y miro adelante. Y ante esas opciones no me avergüenza decir que cada vez que me cruzo con alguna de estas personas elijo seguir caminando al tiempo que subo el volumen del iPod y miro al frente, evitando hacer contacto visual.
Pasaron dos minutos de la supuesta hora de salida. Observé a través de la ventana humedecida —o roñosa— que un par de desubicadas corrían desesperadamente por el andén hacia su vagón. Nunca entendí a esa gente que llega tarde a todas partes, incapaces de hacer un cálculo preventivo. Lo he notado más en las mujeres, por cierto. Las minas no entienden el concepto de la puntualidad. Para ellas "a las tres" es "desde las tres en adelante". Para mí es a las tres. No es a las tres y diez. No es a las tres y cuarto. Y absolutamente no a las tres y veinticinco. Es a las tres. Y punto. Porque si querés llegar a las tres y cuarto simplemente decime “a las tres y cuarto”. No le veo lo complejo al concepto de fijar una hora de encuentro. Debo ser uno de los pocos, aparentemente. Tres minutos pasados de la supuesta hora de salida lo sentí. Un golpe arremetió en mi pecho, empujándome al feo asiento azul. La estación, afuera, parecía moverse sutilmente. Una carga eléctrica se apoderó de mí cuerpo. El aire estaba cargado de euforia y toda clase de fuertes emociones que desafiaban una precisa descripción. El tren había arrancado. Con el cambio de hora efectivo desde el primero de enero, había tanta luz que parecía difícil de creer que fueran las seis y media. Pero claro, teniendo en cuenta que en verdad eran las cuatro y media, todo el misterio parecía resuelto. Es bárbaro este país. Son oficialmente las seis, pero en verdad son las cinco y si te fijás un poco verás que de hecho son las cuatro. Nuestros maravillosos gobernantes tuvieron la genial idea de adelantar la hora dos veces en los últimos años. Con lo cual, a las ocho de la "noche" hay Sol. (Esta es una de esas cosas que te hacen sentir orgulloso de ser argentino.) A pesar de que en otras circunstancias habría Sol, el paisaje se mostraba nublado, cosa que aprecié mucho debido a mi preferencia por ese clima. Un mensaje de texto de mi hermano arribó al celular. Quería saber si había partido. Le respondí afirmativamente mientras observaba el mundo exterior dibujarse de derecha a izquierda en mi ventana, cada vez más rápido. Disfrutaba de la combinación de simples placeres terrenales que resultaba de tener el control absoluto sobre el apoya-brazo y la ventana. (Siempre me las arreglo para sentir que soy el dueño del lugar, aunque en el fondo sé perfectamente que no es así.) Algunos kilómetros después vi vagones oxidados. En medio de la distracción decidí crear alarmas en el celular para cada hora que pasara, pensando que quizás así el tiempo se pasaría más pronto. Igualmente no lo hice, solamente tuve la idea y me quedé sentado felicitándome por haberla tenido. Ni ganas de ponerla en práctica. Pasamos por Bansfield. No había nadie. Parecía una de esas ciudades fantasma de las películas western donde ya no hay más oro en las minas y todos se fueron a buscarlo a otra parte. Acá no estaba ni John Wayne. No había nadie en todo el andén. Era un tanto depre ver eso. Aunque me resulta preferible una visión de soledad ante la alternativa en más de una ocasión. Precisamente ese paisaje cargado de soledad, propio de la provincia, me obligaba a observarlo con mayor atención. Terrenos baldíos, caminos de tierra, autos viejos, feas casas de ladrillo. En fin, la provincia. No quiero sonar como el típico porteño para el que todo lo que no sea Buenos Aires es mierda. Pero honestamente, cada vez que paso más de cuatro minutos en la provincia siento la fuerte necesidad de volver a poner mi cuerpo en territorio porteño. Además de sentir lástima y temer por mi vida.
Una película comenzaba a ser reproducida en los diminutos televisores de forma redondeada que permanecían colgados del techo, a lo largo del pasillo central. Me daba igual, yo no pensaba verla. Tenía música en el iPod y podcasts en un reproductor de música pedorro que había llevado para tal fin. Como de costumbre, la música me proporcionaba la forma de escape al incesante parloteo de la plebe que me rodeaba. Otro tren se cruzó alertando al mundo a su estruendoso paso. Unos metros adelante vi el tránsito detenido para dejarnos pasar. Fue curiosa la sensación de "ser el tren" que pasaba y ver desde adentro los autos detenidos en la calle, tras la valla levadiza frente a los durmientes. La mayoría de las veces uno "es el auto" que tiene que parar para dejar pasar al tren. Ahora todos esperaban que yo pasara. (En realidad, esperaban que pasara el tren donde yo viajaba, pero no resisto la tentación de relacionar todo conmigo.) Era como sentir que había vivido ambas experiencias, había estado de los dos lados del espejo. Los incautos del cruce miraban al tren como si de una cura milagrosa para el cáncer se tratara. Ya imagino sus comentarios. “¡Guau, es un tren! Hace «chucuchú»". Esa gente necesita pasatiempos. Pronto. A las 18:50 nos detuvimos en territorio inhóspito. A la derecha se veían graffitis pintados con admirable precisión en una pared mugrienta. Del lado opuesto había una alambrada seguida más tarde de una pared de ladrillos. Ambas se mostraban testigos mudos de la desolada vista. El tren arrancó, adentrándose en un paisaje colmado de pasto, pasto, y más pasto. Era inbancable. Por lo menos para un citadino empedernido que cuenta entre sus pasiones la de caminar por la ruidosa ciudad de Buenos Aires, esquivando borregos. En realidad no es mi pasión esquivar gente boluda que no sabe salir del paso, sino en realidad caminar por la ciudad y descubrir nuevos lugares. (Que luego comparto con gente que me resulta cercana pero termina decepcionándome más tarde. Es lo hermoso de la amistad y el amor. No duran una mierda.) Se acercaron dos personajes por la pasarela de las estrellas. Uno tenía bigote y se parecía a Roberto Galán. El otro era un acomodador, subalterno del primero. Roberto Galán llevaba un saco beige tirando a mostaza. O "mostaza beisheoso", si preferís. (No hagamos de esto un debate sobre los colores que invariablemente termina en la típica frase «pero vos sos daltónico».) Ambos tenían la misión de pedir el ticket del boleto para controlar que no hubiera polizones. Cuando terminaron con mi vagón se perdieron en la misteriosa parte trasera del tren, que parecía ser un agujero negro al que la gente era atraida y del cual nadie retornaba. Cada tanto chequeaba la imagen del mini-televisor más próximo. En una de esas miradas furtivas vi al pelotudo de Ben Stiller. Maldito sea. No lo tolero. No me trago su ridícula actuación, no digiero su cara de infeliz y su sentido del humor me cae como una pataleta al hígado. Y sin pretender que esto suene como un anuncio de Hepatalgina sólo resta decir que lo detesto. (Por si quedaba alguna duda.) Seis minutos después estábamos en Adrogué. A propósito, a quién se le habrá ocurrido que la ropa deportiva es cómoda. ¿Es cómoda para quién? Yo me sentiría como un completo idiota si mi vestuario consistiera en un pantalón azul con franjas blancas verticales al costado, y alguna remera de equipo de fútbol. Sumemos a eso las insulsas zapatillas de plástico recargado que están en boga y denotan la falta de simplicidad que hace furor en la moda actual. Una cagada. Mientras tenía estas diatribas personales sobre el color del tapizado y la deprimente forma de vestir de la gente, veía pasar un desfile de borregos por el corredor central estilo “pasarela de Giordano”. Asumí que irían rumbo al carro comedor. Parecían aves migrando impacientemente al lugar de apareamiento.
SESENTA SEGUNDOS ANTES DE LAS DIECINUEVE. El tren se detuvo. No sólo eso, además retrocedió un poco. La paranoia se apoderó de mis pensamientos calculadores. "¡Vamos para atrás! ¡Está todo mal! ¡Nos van a desvalijar los negros! ¡Ahh!" Nah, solamente frenamos y los vagones rebotaron al tiempo que se reacomodaban entre sí. (Por cierto: Cuando digo «negros» no lo digo refiriéndome a aquellos de piel negra africana, sino a los negritos-sucios-villeros-con-olor-a-pata que pululan por todos lados cual plaga. Los africanos no me hacen nada, así que no tengo nada contra ellos. Los negritos villeros de acá sí me joden.) Una casa derruida por los años y abandonada de toda esperanza se mostraba indiferente al tren, cansada de las miradas prejuiciosas que los pasajeros le habrían otorgado a través de los años. Al retomar la marcha una nenita pasó saltando agarrada de la gorda mano de su rechoncha mami. Muy tierna la pequeña. Lástima que luego crecen y se convierten en víboras, trolas, boludas, falsas, traidoras o algo peor. (Admito la posibilidad de que pueda ser una gran mujer, pero no apostaría mis fichas a ese improbable número.) Esta nenita sería una trola en diez años, sino antes. Por suerte yo no tendría que lidiar con ella para entonces. Que se jodan las generaciones futuras de ingenuos hombres que creen en el amor. A las 19:06 estábamos pasando por Longchamps. Ese lugar que tiene en su haber un nombre que suena cheto, que chorrea lujo y opulencia, pero en realidad es todo lo contrario. Cuando vos escuchás por primera vez que alguien te dice "Longchamps" pensás «guau, debe ser lo más top, debe ser como Puerto Madero». No. Es una cagada. Parecía un conjunto de ruinas romanas a punto de caerse a pedazos, eso sin decir que el aspecto de descuido y suciedad era palpable por doquier. El tren se movía frenéticamente cual refugio de adolescentes libidinosos en una cálida noche de febrero, mientras nos aproximábamos a Glew unos quince minutos después. Glew fue, de todas las estaciones crotas que vi en el trayecto, la que menos me disgustó. El tren no se detuvo, pasando por el andén y dejándome ver a un viejo posando mientras hablaba con otra persona. Desde el asiento de atrás continuaban las sonoras risas del adolescente púber que disfrutaba los simples gags del actor que tanto desprecio. Pasaron dos hombres vestidos con el uniforme del carro comedor. Eran mozos que llevaban comida camino a algún lejano lugar. En la ventana opuesta se veía la autovía con algunos autos que nos pasaban sin demasiada dificultad. A mi lado el campo parecía ser el protagonista de todo el paisaje. Calles de tierra, algunas casas, reducidos grupos de árboles por doquier. Cómo haría esta gente para vivir así seguiría siendo un misterio para mí. Minutos después nos deteníamos nuevamente. La huida a Mardel y sus incesantes paradas comenzaban a tener semejanza con un viaje en colectivo. De hecho, ni siquiera parábamos del todo sino que desacelerábamos y retomábamos la marcha antes de frenar, como si desde la punta del ferrocarril bajaran la velocidad para tirar a los polizones a mitad del campo. (Probablemente era otra cosa, pero suena más dramático lo de los polizones.) A las 19:30 mi compañero de viaje fue vencido por el sueño en una lucha que no ofreció resistencia alguna. Había pasado una hora y las próximas cuatro se presentían interminables. Imaginé qué tamaño podría tener un reloj de arena de cinco horas y además notaba que mil masticadas en el pasado el chicle Beldent había tenido algún sabor, mismo que ahora no podía recordar. Me alegré de haber preparado la lista de canciones con anticipación. Era un éxito, no había tocado el botón de Siguiente desde que había salido de la estación. Eso sólo es prueba de una gran lista de temas. Cada tanto el paisaje se salpicaba con tímidas casitas, como nenas nerviosas por el primer beso. (Aunque esta analogía se presenta cada vez más errónea con la ingente cantidad de trolas que cada día nacen y pululan las calles que me veo obligado a caminar.)
LA ESPERANZA DE ENCONTRAR AQUELLO EN LO QUE NO CREO REALMENTE. Más adelante vi pájaros blancos tomando vuelo. Eran de un color blancuzco fuerte. Parecían gaviotas, pero les estaba faltando el puerto; sin mencionar los pescadores y el olor a mar revuelto que te revuelve las tripas. En medio de ese campo no creo que lo encontraran. Pero si no eran gaviotas, qué serían. No logré ubicar la razón, pero había algo en el hecho de ver los pájaros volar libremente que me acarreaba una pesada sensación de soledad. De repente pensé cuán distinto hubiera sido el viaje de tener a alguien con quien compartirlo. Quizá mi mujer soñada estaría allí donde iba, quizá podría finalmente encontrarla y vivir el cliché romántico que la televisión y el cine perpetúan desde hace décadas y sobre el que basamos nuestras esperanzas amorosas. De repente lo recordé. Yo no creo en eso. No creo en toda esa patraña fabulosa e ideal del destino, el amor ideal y otras delicias alegóricas que sólo sirven para mantener vivo un ingenuo deseo que se alimenta de esperanza. Creo que la esperanza debe ser una de las cosas más viles que existen, porque no logro imaginar algo peor que el dolor de alguien que vive esperanzado en encontrar algo para luego darse cuenta de que vivió una vida vacía, marcada a la sombra de una muda esperanza que le iba quitando el aliento.
Eran las 19:41 cuando, resignado en mis pensamientos, vi el cartel de Coronel Brandsen. De fondo el adolescente púber reía alegremente, recordándome su miserable existencia, misma que sería posiblemente producto de una noche de calentura desprotegida entre mami y papi. Ah, el amor. Cuántos errores cometemos por él. Los peor es cuando esos errores comienzan a gatear. Comencé a notar que tenía la vista cansada. De hecho, sólo el ojo derecho era el cansado, el otro no. Los lentes de contacto tienen estos misterios inherentes a su modo de uso. A veces me pregunto qué pasará a nivel molecular cuando me coloco los lentes de contacto o cómo afectará al ojo tener algo ajeno encima de la retina. Los cruces de piernas y las poses se sucedían, tomando turnos. Bordeando las 19:46 era evidente que el fantasma del hambre le hacía «buu» a más de uno. Todos los borregos iban cual angurrientos indigentes al carro comedor, con la intención de tomarlo por asalto. Buscaban morfi por dondequiera. Un pibe que a lo sumo tendría mi edad o un par de años más —veintiuno o veintidós— pasó con unas latas de cerveza, siguiendo a su madre. Qué singular combinación. Iban rápido, como si el temor de que se les calentara la cervecita los hiciera apurar. Cuatro minutos después vi un camino de tierra a mi lado, junto a un paisaje teñido de amarillo debido a la afluencia de campos coloridos. Parecía un breve suspiro amarillo en medio de tantos pálidos marrones y verdes. Era una imagen bella en su simplicidad. Un minuto antes de las 20:00 bostecé. Dos viejos pasaron con dirección trasera. El hombre me resultaba interesante y curioso. Tenía una gorra decorada con un Sol enorme y la leyenda «Argentina». Llevaba un saco gris con parches en los hombros, y un bastón que no usaba, colgándolo de la muñeca. La señora lo llevaba del brazo en lo que parecía ser una expedición al baño. Más exploradores se aventuraban hacia adelante, teniendo como obvia destinación el carro comedor. Quizá ver las vacas a la izquierda les había abierto el apetito. Le resté importancia a mis observaciones cuando recordé la autovía tiene algo que siempre me gustó y es que te dice el número del kilómetro. En el tren no tenés eso, y es algo que eché en falta. La gente que no había sido atrapada por el éxodo al carro comedor parecía embobada con la película. Ante el panorama nublado y el campo decorado con algunas vacas y casitas rodeándonos, quién podía culparlos. A pesar de todo yo prefería perder mi atención en el paisaje que desperdiciar un solo segundo frente a una sosa película clase B. Un mozo pasó con cara de asustado hacia el fondo del tren a las 20:09. No quería ni imaginarme qué pasaría en el carro comedor en ese momento. Cerca de las ocho y cuarto el pobre infeliz que tenía a mi lado se fue caminando por el pasillito central con dirección sur, presumiblemente al baño. Con el curioso de mierda ido decidí buscar el líquido para los lentes de contacto en la valija de cuero marrón. Hice peripecias para bajarla, abrir el viejo cierre de metálico, buscar el líquido de los lentes de contacto y echarme unas gotas en cada ojo. Todo en tiempo récord, en una carrera contra la adversidad y por ninguna razón aparente. (Busco formas diversas de hacer más llevaderos los viajes largos.) Momentos después noté que el tren disminuía su velocidad. Le costó un minuto llegar a un estado de cuasi detención. Luego prosiguió nuevamente la marcha, como si hubiese cambiado repentinamente de opinión. Al rato vi un local publicitando la purina Proplan. Me pregunté a quién se le habría ocurrido la palabra “purina” y si habría sido inventada recientemente o era una palabra conocida antes del furor de la comida para perros. El tren seguía dando tumbos. Al otro lado se habían ido unos cuantos exploradores a la caza de alimento. Yo no tenía hambre y había ido al baño antes de salir, anticipándome a la posible necesidad de usar ese “baño” de tren, que de impoluto tendría poco y nada. Habían pasado dos horas a las 20:30. Preparé otra alarma en el cel: “Faltan tres horas”. Anticipando la eventualidad de que el tren descarrilara y fuéramos víctimas de un frenesí de escombros, metales fundidos y muerte por doquier, decidí no preparar las otras alarmas aún. Instantes después volvió mi compañerito de viaje. Mi amigo del tren. Mi conocido acérrimo. El boludo ese que se vestía como vampiro falto de gusto. La autovía reapareció a la derecha del ferrocarril a las 20:35. La cantidad de luz había disminuido, pero se veía muy bien. Debe tener que ver con que ya adelantamos la hora dos veces en esta república bananera y en realidad eran las seis y media en el mundo civilizado. No es nuestro caso. Pequeños arbolitos se movían violentamente por el viento. A lo lejos otro campo de flores amarillas me resultaba monótono. Minutos después el mismo mozo con cara de asustado de antes volvió a pasar junto a otro, cruzando la misma puerta que antes, y ofreciendo café. ¿Cómo hizo para salir del mismo lado? No solamente la escalerita anoréxica para subir al vagón desafiaba la física en ese tren. Este tipo salía siempre por la misma puerta sin tener que cruzarla para entrar. Salía sin entrar. A menos que fuera McGyver, o en ese tren hubiera lo que en física cuántica se denomina «agujero de gusano» no tengo ni idea cómo pudo hacer semejante gracia. Se las daba de mago. Ver conejos y pañuelos de colores salir de él no me hubiera sorprendido a esa altura del viaje. Una decena de minutos después terminó la peli. Un cartel en la ruta de al lado decía "Castelli" aunque bien podría ser alguna clase de anuncio. No soy el experto en viajes que pude haberte hecho creer que era. Aún hay calles de mi barrio que sigo sin conocer por su nombre. Y además, nunca me interesó conocer las localidades circundantes a mi ciudad. Yo vivo en mi ciudad, el resto del país me importa poco. Los cafeteros que patrullaban los vagones hicieron acto de presencia a las 20:52. El tren seguía dando saltos de canguro en ciertos tramos. Me dieron ganas de una infusión pero las circunstancias saltarinas lo impedían. Decidí aventurarme al carro comedor, pensando que allí quizá habría un ambiente más tranquilo y apropiado para tomar un tentempié. Quizá ese vagón tendría mejor amortiguación, no sé. Algo mínimamente normal pretendía. Caminé por el anoréxico corredor central cruzando al menos cuatro vagones, abriendo y cerrando puertas, esquivando borregos y olfateando algún que otro sutil dejo a orina que surgía de los baños —por culpa de los típicos desconsiderados que no tocan el botón del inodoro cuando terminan de “hacer del uno”. Llegué y mesas de madera encontré. Unas seis mesas o más —de un material que pretendía ser madera de haya— convivían en el estrecho vagón. Había poca gente sentada allí. Sin embargo, al ver que el carro comedor no era inmune al bamboleo imperante del resto del tren, decidí abortar la misión cafetera y conformarme con degustar la Coca Cola que tenía preparada en la ya mítica valija de cuero marrón. Desfilé por el estrecho pasillo central rumbo a mi asiento, al tiempo que era víctima de algunas miradas curiosas y varios sacudones del pesado pero torpe tren. Bajé la maleta del porta-equipaje-aéreo apenas alcancé mi asiento, a las 21:00. Abrí la pequeña botella de Coca Cola lentamente esperando que el suave "fsshhhh" hiciera aparición, evitando una loca eyaculación de espuma y gases por parte de la botellita y su excitada efervescencia. Algunas gotas cayeron al suelo pero fue un éxito destaparla, casi sin hacer demasiada alharaca. Me enferman los curiosos que te acechan con la mirada cuando estás comiendo o tomando algo. Igualmente no tomé ni un sorbo de la gaseosa. La tenía lista para cuando el tren bajara la velocidad, cosa que no parecía pronta a ocurrir. Trece minutos después del juego de la botella —que de besos y chupones no tenía nada— noté que la noche casi había envuelto el tubo de metal en el que viajaba. Nos detuvimos. Aproveché para degustar la Coca finalmente. Coldplay me acompañaba en la espera a través de los audífonos blancos. Arrancamos nuevamente a las 21:22. Observé que las supuestas gotas de Coca Cola que habían caído al piso eran ahora una mancha. Sutilmente la oculté tapándola con la valija marrón. Mientras tanto las luces habían sido prendidas. Ya había algunas encendidas de antes, pero esas se apagaron para dejar lugar a las más tenues, otorgando una onda romántica al viaje. Aunque no vi parejitas acarameladas, sino familias y pendejos, así que no sé a quién beneficiaron con ese clima. Apenas pasadas las 21:25 otra película comenzaba. Afuera el cielo se había apagado. El verde se había fundido entre sí. Aunque quizá esta percepción se debía a que mi ventana estaba roñosa. Nunca se sabe si el mundo de afuera es poético o el personal ferroviario dejó de limpiar algo. Es la magia del ferrocarril Roca. Brindemos por él y quienes lo administran. (¡Chin-chín!) Gracias a las luces del vagón y la oscuridad exterior, observé a los pendejos echados en el asiento de atrás, reflejados en mi ventana panorámica. El boludo de la risa púber se hacía notar de nuevo. Me da pena por los mudos, ellos no pueden hablar y este pelotudo grita y rié. Y yo debo oírlo. Eso es lo que me enferma. Reíte para adentro, dulzura. Sonaba la alarma del cel, advirtiéndome que se habían cumplido tres horas de viaje. Preparé la siguiente alarma: “Faltan dos horas”. Mientras, pasaban algunos mozos, boludos y nenitas. El de al lado se rascaba mientras lo observaba de reojo, en caso de que fuera un asesino mal vestido a punto de degollarme. No toleraría que un ladronzuelo sin gusto me quitara la vida. Por lo menos que me degüelle alguien con ropa de Armani. Un Señor Asesino. Mínimo. Exijo calidad. Pasados cinco minutos advertí que ya no quedaba nada por observar, sintiéndome obligado a recurrir a la reserva de podcasts en el otro reproductor de música pedorro que había llevado conmigo para no quitar preciado espacio a mi música en el iPod. Durante más de una hora disfruté de la pausa, donde me interné en el mundo de mi podcast favorito sobre Apple. Además tomaba alternativos sorbos de Coca Cola.
Volví a las andadas alrededor de las 22:50, cuando había terminado de escuchar el programa y pensé que el arribo a la estación del tren de Mar del Plata sería inminente. Creí a las 23:00 que llegaríamos, sin embargo deduje que algo andaba mal cuando vi un peaje muy iluminado en la autovía de la izquierda. Era una clara señal de que faltaba un largo trecho por ser recorrido. Mis cálculos parecían haber sido erróneos, lo que obviamente nos llevaba a una sola conclusión: faltaba aún más para llegar. Contemplando el paisaje solitario noté que el infeliz de al lado emprendía la partida nuevamente, dirigiéndose hacia atrás. No creo que fuera al baño. Supongo que no estaría viajando solo. Tenía una doble vida el muy mierda. Por eso iba tanto al fondo. Iba a ver a alguien. El problema que tengo con admirar el paisaje es cuando lo que estoy viendo es tan monótono que cometo el grave error de detenerme a pensar en mi vida. Invariablemente termino autocriticándome y deprimiéndome; pensando cuán mejor podría ser mi existencia y qué poco probable es que eso suceda realmente. Un sentimiento de soledad me oprimió el pecho. Unido a la visión de las luces en la ruta, y lo pequeño e insignificante que me hizo sentir la inmensidad del paisaje en movimiento, recaí en uno de esos momentos de introspección que mayormente me deprimen. A las 23:01 me dije «estamos un minuto atrasados». Aunque luego de haber visto el peaje momentos antes, no me sorprendía. Imaginen la alegría que se apoderó de mí cuando confirmé mi teoría de que faltaba un buen trecho para llegar, y que la supuesta hora de llegada era en realidad a las 00:20. Mis cálculos habían sido erróneos. El viaje en tren hace años tardaba cuatro horas y media, cinco o algo así. Ahora estaba tardando casi seis horas. ¿Por qué? [1] Tanto que había estado pendiente de la hora y las alarmas; todo había sido en vano. Entre el paisaje oscuro, la gente medio dormida a mi alrededor, la frustración de tener que esperar otra hora para llegar y mi reciente depresión, demás está decir que ya no estaba de humor para continuar con ese periplo sobre rieles. Pero qué podía hacer. No había escape posible. Debía aprender a esperar en el espacioso y feo asiento azul a medida que el tren se acercara inevitablemente a la ansiada meta. Si es que no moríamos en el trayecto. (Lo que me gusta de este país es que el sentido de la aventura no es algo que haya que salir a buscar, te acecha en cada esquina. Es adorable.) Recurrí de nuevo al iPod, mi único amigo de verdad. Un compañero de aventuras, mi fiel seguidor. Un aparato que no habla, no opina, no jode, sólo emite los sonidos que yo le permito emitir en el volumen que yo dicto y puedo manejarlo a mi antojo. Ojalá el resto de la gente fuera así.
Con el tiempo de viaje alargado me vi forzado a romper la promesa de no ir al baño, cuando alrededor de las cero horas caí en la cuenta de que toda esa Coca Cola había ido a parar a alguna parte. Fui hasta el principio del vagón, cruzando de nuevo por el corredor central. Ubiqué la puerta y me adentré en el pequeño cubículo que se mostraba oloroso, feo y húmedo. El estrecho inodoro carecía de agua porque contaba con un práctico agujero que daba a los durmientes que pasaban a toda velocidad por debajo. Ergo: se orinaba sobre la vía del tren. De modo que al utilizarlo no sólo podía uno sentir que liberaba sus necesidades sino también que algunos kilómetros del trayecto Buenos aires—Mar del Plata le pertenecían, tras marcar el territorio. Pintoresco. Ecológico. Único. Quizá hasta entretenido. Se me ocurren algunos adjetivos. Sin embargo “agradable” no es uno de ellos. Sin embargo, ante la imperante necesidad me dije «a la tierra que fueres» y lo utilicé. Marqué mi territorio durante algún kilómetro, pensando que jamás podría reclamar mi tierra. Salí advirtiendo a la señora que esperaba afuera que el "baño" estaba húmedo. No me entendía la vieja. "¡Está mojado, guarda, está mojado!" (Sorda.) Esto me pasa por querer ayudar al prójimo. [2] La gente es boluda y cada tanto me compadezco de algunos. Incluso yo olvido en ciertas oportunidades que la gente que ayudes hoy mañana no la verás más. O estará muerta en algunas décadas. Y teniendo en cuenta que nada de lo que hagamos va a cambiar ese fatídico destino que irremediablemente nos espera con la mayor paciencia, qué poco sentido tiene entonces la vida. Y sin embargo vivir es lo único que queremos hacer. Me atormenta no poder entender este dilema. Volví a ocupar mi trono junto a la ventana para colocarme unas gotas más en los lentes de contacto. Última vez que los uso en un viaje tan largo. Realmente, no sé para qué carajo me los puse. Bah, en realidad sí lo sé. Para hacer facha, lo admito. Ahora, digo, en un tren donde no salgo de mi asiento salvo para ir al baño, con quién podría hacer facha. No había muchas chicas de mi edad cerca y aunque las hubiera, tampoco tenía ganas de sacar conversaciones boludas por un número de cel o un MSN. No valía la pena. La pregunta era entonces por qué fui incapaz de prever eso antes. Maldije mi ingenuidad y falta de previsión. Boludo. La paciencia se estaba acabando más rápido de lo que una quinceañera gasta maquillaje en una noche de sábado. Se veían esporádicas luces pasar y algunos niños jugueteando, gritando y jodiendo a altas horas de la noche. Qué le dan a los chicos. Paren con el azúcar, papis. Dejen de darle tanto Actimel al nene. Están hiperactivas las crías estos días. Es de noche; por el amor de los caramelos, duérmanse de una vez. Otra razón para no tener hijos. Si es que hace falta alguna más que esta: cuando tu precioso vástago crezca será otra mierda, como lo es la mayoría de la gente. Suerte con eso, la vas a necesitar cuando te metan en un geriátrico. Esa es la recompensa que recibís por criarlos y cuidarlos. Bebés hoy. Víboras mañana. (Es casi imposible para mí no ver las cosas con la perspectiva del futuro.) Las canciones melancólicas de Coldplay y otros amargados del mismo estilo no mejoraban mi humor. Parafraseando a mi vieja: la verdad es que si estoy parado en una cornisa, me ponés un tema de esa banda y salto. Ella preferiría música que le levantara el ánimo. Yo busco rock, pop y cosas melancólicas. (Así estoy.) Podrido de la espera, con las piernas cansadas, viendo mi reflejo brillante en la ventana estampado en la abrumadora oscuridad y presionando el botón del cel para ver la hora cada minuto, finalmente me resigné. No sólo a esperar el arribo sino a la idea de que una posible soledad absoluta nublara el resto de mis días. Eran las doce más o menos cuando vi al acomodador bajarle la valija a alguien en preparación de —lo que asumí era— un inminente arribo. Siguiendo a alguien y cansado de estar sentado posando como modelo intelectual agarré las valijas de cuero y encaminé mi esbelto cuerpo a la puerta más próxima del vagón, la de atrás, al fondo. Una nenita parada sobre el asiento a mi izquierda jodía, hablaba, hacía comentarios a los gritos y llamaba la atención a más no poder. La ignoraba, pero la verdad es que era una nenita hermosa, y ni siquiera yo puedo enojarme con una nenita. En realidad sí puedo, pero no con una hermosa. Si hubiera sido un escracho me habría molestado. Igualmente por más tierna que fuera bastarían unos segundos para recaer en la idea fija «cuando crezca se convertirá en una trola del montón o en una pelotuda que no podrá ver más allá de lo que le digan las amigas, como la mayoría». Por más vueltas que le quieras dar, siempre llegamos a la misma conclusión. Luego de lo que me viví como un fragmento interminable de tiempo, el tren parecía desacelerar lentamente. Las valijas que tenía en cada mano me impedían sacar el celular del bolsillo para ver la hora. Convengamos además que en ese momento lo que más quería era revolear las valijas a la mierda y bajarme de una vez. Tenía las pelotas llenas de tanto viajecito en tren. A vos te dicen “viaje en tren” y una imagen que denota placer, distendimiento, tranquilidad y calidez te viene a la mente. Bueno, no te quiero pinchar el globo, pero si vivís en Argentina, andá sacándote esa imagen de la cabeza. Apenas bajé los anoréxicos escalones pisando tierra firme, sortee la oleada de borregos lo mejor que pude, agarrando el cel y haciendo todo tipo de malabares para chequear la hora. Eran las 12:16. “Llegamos temprano”—pensé.
La fila para el taxi no era demasiado larga. Sólo algunos bastardos me habían ganado de mano. A esa altura estaba tan feliz de haber terminado el eterno viaje sobre rieles que esperar en esa fila no me afectaba. Finalmente había llegado. Se sentía como alcanzar la cima del Everest. Tantas horas vividas como una lerda agonía habían finalmente muerto. Presencié la escasez de taxis del día. Es algo curioso. Estaba seguro que habría miles de tacheros dando vueltas como pelotudos sin levantar a nadie a lo largo de todo Mar del Plata. Acá que eran necesarios no había uno ni que te murieras. Típico. A pesar de esto, algunos taxis aparecían cada tanto, derivando en que la fila de a poco se acercara a la línea de llegada, el punto en que un tipo con ropa de sucio te llamaba un taxi. Todo muy pintoresco. En esa espera de turnos una mujer apurada tropezó con la valla de contención ubicada cerca de la entrada al sector de equipaje de la estación, donde hacíamos la fila para el taxi. Los policías cercanos fueron a su rescate, ayudados por algún que otro samaritano del lugar. A pesar de la triste escena no desvié la atención de mi equipaje. En momentos así cualquier chorro te puede arrebatar las cosas. Y dudo que los policías se dieran cuenta si permanecían ayudando a la mujer a incorporarse. Luego de ese sketch humorístico y trágico noté que la fila delante se acortaba. Mientras tanto, al ver un perro echado cerca de la puerta un tipo que se la daba de cómico comenzó a proclamar «¿Es de alguien este perro?» a los gritos, atrayendo algunas risas del público formado por todos nosotros. La ansiada meta se mostraba seductoramente más cercana a cada momento. Otro hombre gritaba a intervalos regulares: “Combi al centro, al Faro, [y no-sé-qué-carajo-más]” incesantemente. Una y otra vez. Tenía ganas de decirle: “Ya te entendimos, no lo digas más. Basta. Si nadie subió hasta ahora, entonces no se va a subir nadie más. No rompas más las pelotas, corazón.” Obviamente no lo hice. Sólo lo pensé, al tiempo que tenía la vista intermitente entre la fila del taxi y el tipo con pinta de mugriento que los paraba para la gente. (Porque es muy necesario que otro ser humano te detenga el taxi. Vos no lo podés hacer solo.) Con los brazos algo cansados por el peso de ambas valijas de cuero observé que sólo quedaba alguien más en la fila antes que yo. No tardó mucho en aparecer un nuevo grupo de taxis que quizá fueron alertados del arribo del tren. Pero aún con este exuberante contingente de taxis —tres— no parecía hacerse más rápida la cosa. La impaciencia parecía haberme ganado nuevamente. Juraría que los boludos de adelante, los taxistas y el negro-acomodador-de-gente-con-pinta-de-roñoso eran parte de un complot para tardar más en una tarea que a mi entender resultaba sencilla: meter gente en los taxis y rajar lo más pronto posible. La verdad es que no era tan jodido todo el plan, pero lo hacían ver como si de un trabajo demasiado penoso se tratara.
SUBITE AL TAXI DE UNA VEZ Y TOMATELÁS. Finalmente los de adelante se fueron, dejando el último auto para mi deleite. El tachero bajó algo apurado, dirigiéndose a abrir el baúl para dejarme poner las valijas. Con el temor implícito de que el taxista fuera un vulgar ladrón mal vestido (ya cumplía con la mitad de esas condiciones) deposité rápidamente las valijas de cuero y lo vigilé mientras cerraba el pequeño baúl —típico de los autos modernos. Una vez dentro del vehículo le indiqué la dirección a la que iba, al tiempo que la gente que permanecía detrás de mí en la fila me lanzaba miradas cargadas de envidia, olvidando que yo también debí esperar y no fue grato hacerlo para mí tampoco. De todas formas las opiniones y miradas que pudieran tener me resbalaban en ese momento. Sentir el auto arrancar y ver la estación quedar atrás hacía que todo el viaje en tren pareciese algo que había ocurrido hace años, como un sueño casi olvidado del que sólo remanecía un confuso borrón. Con la vista cansada pensé cómo el viaje se pudo haber pasado tan pronto. —L.D.
[1] En el viaje de vuelta —semanas después— un empleado del ferrocarril me confesó su teoría: las vías están tan hechas mierda como los trenes. Entonces para que no salte tanto el tren, los conductores van más despacio. O sea que los saltos ecuestres que dimos no eran nada comparados a lo que podríamos haber experimentado. Hay que elegir entre llegar pronto —a saltos de canguro— o en seis horas —a saltos de reptil. ¡Ese es mi país, carajo! Qué orgullo. [▲Volver] [2] No puedo creer que dije eso. La educación religiosa del colegio primario y secundario me persigue. Es como un cáncer de bondad e ingenuidad en un mundo repleto de maldad y oportunismo. Salís como un boludito lleno esperanzas y te encontrás con la cagada que es realmente el mundo y su gente. Es un golpe enorme. Por suerte el cinismo ayuda a sobrellevarlo. [▲Volver]
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Crónica de un viaje en tren.