Como de costumbre, llega diciembre y a todos les agarra la locura del fin. El fin de año. De un año que no es más que una contrucción temporal que existe en nuestra mente, porque convengamos que todos los días, semanas, meses y años son iguales a corto plazo.
¿Alguién recuerda qué diferencia al 2003 del 2004? Yo tampoco. Sin embargo la expectativa del graen final se vuelve más invasiva conforme el 31 de diciembre se muestra más cercano.
He observado que este fenómeno se manifiesta en varios factores:
Los balances.
Todas las boludeces que uno hizo o dejó de hacer durante los 11 meses previos al gran final parecen cobrar una importancia abismal durante el último mes del año. Como si la vida terminara cada doce meses, como si cada comienzo de año fuera un renacimiento.
Prueba de esto son los malditos balances que a todos les encanta hacer. De repente en diciembre son todos contadores, haciendo un enorme balance donde la vida amorosa, laboral y económica puede verse tan claramente como los libros contables de una PyME.
¿A qué se debe esta fascinación por otorgarle tanta importancia a los balances; al "qué hice este año" y al "tendría que haber hecho eso"? La vida no terminó, con lo cual, lo que no se hizo, puede hacerse, y lo que no se haga, bueno, sinceramente no creo que sea importante. A otra cosa, total nos vamos a morir igual, con o sin logros, y el resultado va a ser el mismo.
Lo mejor del año.
Esta costumbre es molesta en demasía. Programas de televisión y radio, revistas y hasta sitios web justifican el nulo interés en crear contenido nuevo haciendo un picadito de algunas de las cosas que mostraron durante el año y envolviéndolo con el clásico "lo mejor del año".
La verdad es que en Diciembre todos estamos tan cansados de laburar, estudiar, vivir y soportar, que simplemente nos importa tres carajos crear contenido nuevo. Nah, mejor resucitemos ideas usadas del pabellón de las agotadas musas poco inspiradas.
Los cohetes, las bombas y los pelotudos.
Nunca entendí la mentalidad de los que necesitan tirar dinero jugando con fuego cada 31 de diciembre; prendiendo fuegos artificiales, cohetes y estruendosas bombas que terminan quemando a más de un infeliz que los enciende.
Mi opinión es esta: si sos tan pelotudo como para jugarte a perder una mano, los dedos, un ojo o algo peor por un momento de "alegría" pirotécnica, la verdad es que merecés perder tus extemidades. Sos un pelotudo.
Quizá perdiendo una mano aprendas que no tenés que jugar con tu cuerpo. Quizá entiendas que no es divertido perder un ojo y quedar tuerto hasta el último de tus días. Quizá adviertas que te cagaste la vida para siempre, que con esos deditos menos no te vas a poder rascar bien el culo, que sin esa mano no vas a poder tocar a tu futura novia, y eso asumiendo que una mina te de bola luego de ver tu cuerpo mutilado resultado de tu increible pelotudés. Pero todo sea por prender la cañita voladora y el ruidoso cohete, no? Los dedos no importan, el cohetito sí.
Otro tema relacionado son las balas perdidas. Realmente odio a toda persona que dispara balas perdidas, demostrando la más sincera apatía por la vida de los demás.
Es decir, yo soy egoísta, egocéntrico y prácticamente cualquier cosa por el estilo, pero jamás pondría en peligro la vida de otro solamente porque ese otro me importa tres carajos. Que a mí me importes tres carajos no me da derecho a "celebrar" que doce meses pasaron disparando balas de verdad que serán las causantes de posibles muertes, entre las que podría estar la tuya.
La estupidez de las personas es siempre fuente de inagotable sorpresa. Pero su completa falta de previsión sobre las consecuencias de las cosas que hacen es alarmante. Cualquier idiota debería poder razonar lógicamente que toda bala que sube en algún momento bajará. Solo porque alguien dispara al aire y se olvida, no significa que la bala deje de existir al ser disparada. Esto debe ser una noticia para más de un idiota: una bala disparada al aire va a alguna parte. Seguirá su trayectoria, bajando en la cabeza de alguna víctima.
Me enferman estos pelotudos, y pienso sinceramente que los que disparan balas perdidas deberían "encontrar" una en su cuerpo para darse cuenta lo que se siente.
Lo peor es que todo seguirá igual, en este año y en los siguientes, porque la gente es estúpida y jamás comprenderá que cada vez que encienden cohetes y bombas de estruendo se juegan la vida. O que cada vez que disparan un arma, no sólo están "celebrando" sino poniendo en peligro a los demás.
Pero eso sí, todo sea por festejar, eh? Si, no te lo vayas a perder. Andá, prendete unas bombas, y agarralas bien, cosa de que la linda explosión multicolor te arranque todos los dedos de una y comtemples cómo tus arterias escupen chorros de ese espeso líquido carmesí que nada tiene que ver con el ananá fizz que estuviste tomando. No, no. Es sangre. Aquella que te anuncia la enorme cagada que te mandaste en el momento que sacaste el encendedor.
¿Cómo, no compraste fuegos artificiales? A no temer! Agarrá un arma y dispará al aire como el pelotudo que sos, poniendo en peligro la vida de otra persona. Cosa de disparar la bala que justo le va a atravesar la frente a una nenita de 3 años en una villa aledaña a tu barrio.
¡Muy bien, no te lo pierdas! Que todo vale a la hora de celebrar. Tenemos el champagne, el ananá fizz, los turrones, la comida, los parientes, y claro, sólo nos faltan unos cuantos mutilados y chamuscados para completar la hermosa imagen festiva.
"¿Quién tiene ganas de ir con papi a comprar fuegos artificiales?" Yo, papi, yo.
Las expectativas irrealistas y los deseos que no se cumplirán.
Al terminar el año la gente siente en el pecho esta sensación que no pueden manejar, esta necesidad tan fuerte que les quita el sueño: cómo lidiar con aquello que se habían propuesto el fin de año anterior y no lograron. La solución es muy sencilla: proponerse ese hermoso deseo inconcluso para el año siguiente, pateándolo con la ingenua esperanza de que no será pospuesto hasta el otro fin de año, cuando por supuesto tampoco se cumplirá. Además, y ya que estamos en el espíritu, ¿por qué no nos creamos nuevas expectativas inalcanzables para el año que se viene? Es un clásico, nunca falla. Y nunca se logra, tampoco. Con esa mágica ilusión del "borrón y cuenta nueva" la gente cree o quiere creer que el año que viene podrán hacer de todo, desde escalar montañas hasta encontrar ese increíble trabajo que tanto soñaron y jamás obtuvieron. Ni obtendrán.
Soñar no cuesta nada. Pensar tampoco. Y sin embargo parece ser tan jodido encontrar un razonamiento lógico en toda esta alharaca de fin de año, repleta de risibles sueños y falsas esperanzas que no se cumplirán esta vez, como no se cumplieron ninguna de las las otras veces.
Los falsos que salen de sus escondites para saludar.
De repente aparece o llama para saludar esa misma gente desinteresada y apática que en la puta vida te llamó o se preocupó por vos durante el año.
Esa misma gente por la que vos ya no das ni dos centavos.
Esos inútiles, falsos, trepadores y siempre esquivos "amigos" y parientes que nunca estuvieron cuando los necesitaste.
Los mismos desgraciados que jamás demostraron el más mínimo interés en tu vida, de repente se sienten solos o no tienen con quién pasar las fiestas y resurgen de sus escondites, con el rabo entre las piernas, "a saludar".
Claro, ahora que ya se liberaron de todos los compromisos, ahora que ya no tienen otra "cosa importante que hacer", de pronto tienen tiempo para uno. Bueno, qué pena. Ahora soy yo el que no tiene tiempo para lidiar con estos pelotudos.
¿Cómo se los trata? Sencillito. Se los manda a cagar, o se los ignora, como los falsos interesados rastrera que son.
Hasta aquí los factores de cada fin de año. A continuación, mis conclusiones y reflexiones.
Por qué es imposible que todos los años nuevos sean prósperos y maravillosos.
El 31 de diiembre del año previo a la Primera Guerra Mundial, 1913, la gente brindó y auguró un gran año. Sin embargo murieron miles en 1914. Lo mismo pasó durante los años siguientes.
Desde que tengo uso de conciencia recuerdo que cada año surgen enfermedades, se extinguen nuevas especies de animales, los hijos o padres de alguien mueren u otra injusticia contra los derechos humanos sale a la luz.
Cada año. Entonces brindar por la paz en el mundo y el amor al prójimo cada año parece algo bastante hipócrita o ingenuo, cuando menos. Y de hecho, lo es.
Si en algún periodo de la historia hubiéramos cambiado, no tendríamos que estar deseando un mundo mejor cada doce meses.Solo porque yo esté probablemente bebiendo alcohol y mirando las estrellas deseando que sea un mejor año para mí, no significa que no muera nadie al otro lado del mundo –o a dos cuadras de mi casa–, que los ponjas no salgan a matar ballenas y los hinchapelotas de GreenPeace no crean que van a cambiar el mundo pidiendome guita para combatirlos, que no habrá más pobres y muchos más indigentes, que mientras algunos quieren ser los primeros en hacer turismo espacial, otros no van a nacer muertos o con enfermedades incurables que les quitarán toda esperanza de desarrollarse.
Esto es lo que veo año tras año. La humanidad no va a cambiar porque vos levantes la copita de sidra Real y hagas chin chín con tu suegra, tu mujer y los chicos. El mundo va a ser igual o peor. Como lo fue el año anterior, y como lo será el próximo.
–L.D.
Contenido que está de más.
Si sos un pobre optimista te recomiendo la canción El año cero. O en taliano, L'anno zero, que explora esta concepción esperanzada en un porvenir mejor. (Ni siquiera Nek logra mejorar mi ánimo con sus excelentes canciones sobre temas sociales. Eso no quita que sea una de las pocas personas dignas de mi respeto, aprecio y admiración.)
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