Entre las muchas molestias con las que la vida me ha obligado a lidiar día a día -y formando una parte privilegiada del podio- se encuentran los debates.
De hecho, no los debates en sí, sino los que debaten. Me enferman estas personas que por alguna razón tienen la imperante necesidad de continuar hasta el hartazgo gritando al mundo sus insípidas opiniones en un intento banal de llamar la atención.
Desde mi punto de vista, tu opinión me importa tres carajos. Ahora bien, vos podés pensar distinto. Bien por vos, pero no me lo digas, ni te molestes, porque voy a ignorar tu ridículo pedido de atención como la burda necesidad de sentirte interesante que es.
No quiero leer más opiniones ajenas porque (a) en un debate nadie le cambia la opinión a nadie y (b) no hay necesidad de mostrarle al mundo que tenés una opinión.
Si tenés tan poca autoestima como para necesitar decirme o demostrarme que no sos un boludo, en realidad sos un boludo también. Si vos creés en algo, creelo, guardátelo en tu tierno corazón y no lo compartas, al menos conmigo.
Basta de andar jodiendo con las opiniones propias a personas ajenas. Lamento pincharte el utópico globo New Age, pero no es así como funcionan las cosas. Cuando a uno le dicen un argumento contrario, por más bueno que sea, se lo rechaza porque los humanos tomamos las críticas hacia lo que defendemos como críticas hacia nosotros mismos. Cuando vos atacás algo que me gusta, me atacás a mí. Y quien me ataca a mí, sinceramente, espero que se muera, porque yo intento no atacar a nadie.
De manera que la mejor forma de evitar conflicto es guardarte tu opinión en tu cabecita y dejarla ahí, muchas gracias.
No me la cuentes, no me la digas, no me la mandes por mail, no me la escribas repleta de coloridos emoticones estúpidos en el MSN, no me la quieras decir a modo de convencimiento, porque la actitud será -desde mi lado, y desde cualquier persona- ignorarte y seguir pensando lo que siempre pensé.
La verdad es que si adoptamos la postura del otro porque nos vino a convencer, nos sentimos disminuidos, sentimos que toda nuestra vida de creencias fue en vano (igualmente la vida misma es en vano, vamos a morir irremediablemente). De modo que jamás admitiríamos que cambiamos nuestra postura, ni siquiera si fuera verdad, cosa que jamás ocurre en la vida real. (Ya sé que es posible, pero es perfectamente improbable.)
Lo peor de esto es que la gente, o bien no se da cuenta, o bien necesita sentir que su opinión es escuchada, obligándome a oirla cuando tengo la desdicha de formar parte de una clase de alguna materia Humanitaria o algo por el estilo, donde abundan los izquierdistas utópicos que en la puta vida laburaron de algo y pretenden arreglar el mundo a modo de charla de café, colgando afiches con la única foto que tienen del Che y haciendo reuniones repletas de gente mal vestida, fea y sucia cuya mayor aspiración en la vida es la que ocurre en el extremo de un porro.
Estoy harto de los idealistas, de los dos mil millones de izquierdistas que no se ponen de acuerdo porque ni ellos saben lo que quieren, de los que necesitan llevar su ideología hasta para cagar, de los que desde cualquier tema de conversación terminan en románticas visiones de los grandes logros de Marx, el Che y algún que otro pichi con ideas hermosas que no son aplicables en el ámbito de la vida actual, en el mundo real. Ya saben, el mundo real, ese donde salimos a comprar y seguimos comprando, donde hay facilidades de crédito, donde tenemos que laburar para mantener nuestros bienes, donde las cosas son nuestras y de nadie más, donde el sueldo que uno cobra es en base al nivel de especialización y no cobramos todos lo mismo porque evidentemente no hacemos todos lo mismo, etc.
Para concluir: no quiero saber más de sus ideas. Me parece muy bien y muy lindo que las tengan, brindo por eso, se llama democracia, pero por el amor de Dios, no me jodan más. Guárdense sus opiniones, dejen de querer convencerme de que el mundo puede ser mejor bajo su ideología. No lo es, y no lo será nunca.
Sí, soy cínico y pesimista. Yo le llamo ser realista.
